15 de diciembre de 2014

El Greco y Somerset Maugham


Andaba yo leyendo La servidumbre humana, una novela de aprendizaje escrita por Maugham, cuando me encontré en sus páginas con un pasaje en el se analiza con sutileza por protagonista sobre la obra pictórica de Doménikos Theotokóulus, conocido como el Greco. 
A Philip, nombre del protagonista, no le es ajeno el arte, pues durante unos cuantos años ha estado preparándose en academias de París para convertirse en pintor. Con gran sutileza describe Maugham la esencia del arte del pintor, del que este año se celebra el 400 aniversario de su muerte. Desde estas líneas, le rendimos en el Rincón también nuestro homenaje.



Philip miró la serie de retratos de caballeros españoles con la rizada gola y la barbilla en punta: el rostro pálido sobre la negrura del vestido y la oscuridad del fondo. El greco era el pintor del alma. Aquellos caballeros pálidos y demudados, no por cansancio físico, sino por contrición moral, con los cerebros atormentados, parecían atravesar el mundo sin ver su belleza.

Sus ojos miraban sólo en su corazón y aparecían como anonadados ante el esplendor de lo invisible. Ningún pintor ha mostrado más claramente que la tierra es únicamente un lugar de paso.El alma de aquellos a quienes pintó El Greco revela a través de la mirada su extraña nostalgia; sus sentidos gozan de una milagrosa sensibilidad, no para aprender sonidos, perfumes o colores, sino para asir los sutiles matices del alma. El noble caballero lleva dentro de sí un corazón de monje, y sus ojos ven, sin asombrarse, lo que los santos ven desde sus celdas. Sus labios no son labios que sonríen.
Philip, todavía silencioso, volvió a contemplar la fotografía del cuadro de Toledo, que le parecía la obra más impresionante. No acertaba a librarse de su encanto. Tenía la extraña sensación de que se encontraba en las márgenes de un Nuevo descubrimiento. (...) El cuadro que tenía antes sí era rectangular y en él se veían unas casas agazapadas en lo alto de una colina; en un ángulo un muchacho tenía un plano de la ciudad y en otro una figura clásica simbolizaba el río Tajo, en el cielo aparecía la Virgen circundada por los ángeles.


Era un paisaje que chocaba con todas las nociones de Philip, el cual había vivido en un ambiente donde se adoraba el más exacto verismo. Sin embargo, el joven veía en el cuadro una realidad mucho más grande que la de los maestros tras cuyos pasos había intentado humildemente caminar. Oyó a Athelny decir que el cuadro era tan exacto que los habitantes de Toledo habían reconocido sus casas.
El pintor había pintado precisamente lo que veían sus ojos, pero había mirado con los ojos del espíritu. Había algo ultra terreno en aquella ciudad de un gris pálido. Se hubiera dicho una ciudad del alma vista bajo una luz fría que no era la del día ni la de la noche. Sobre una colina verde, de un verde irreal, aparecía circundada por muros macizos y baluartes que ninguna máquina inventada por los hombres podía abatir: sólo la plegaria y el ayuno, la contrición y la mortificación de la carne. Era una fortaleza divina. Aquellas casas grises estaban construidas con una calidad de piedra desconocida de los albañiles. Había en su aspecto un no sé qué de aterrador. Se tenía la sensación de una presencia invisible, pero manifiesta a la sensibilidad interior. Una ciudad mística en la que la imaginación tropezaba como tropieza el que pasa de pronto de la luz a la oscuridad.El alma caminaba desnuda, conociendo lo incognoscible, extrañamente consciente de la experiencia, profunda aunque inexpresable, de lo absoluto. Y sin producir asombro, en aquel cielo azul, veraz, con una veracidad que solo el ojo del alma percibía, con sus nubes pintadas con una brisa misteriosa hecha de gritos y suspiros de almas perdidas, podía verse a la Santa Virgen con una túnica roja y un manto azul, circundada por ángeles alados. Philip tuvo la sensación de que los habitantes de la ciudad hubieran contemplado la aparición sin maravillarse, agradecidos y reverentes, y hubieran continuado alegremente su camino.



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