3 de abril de 2014

El asno más insigne

Alguien en algún momento impreciso y precipitado de mi infancia decidió que yo iba a ser rico. Tal propósito no supone reprobación pero tampoco en sí resulta encomiable. Y eso sin disgustarme no acabó por suponer un gran acicate en mi vida. Pero también dijeron: serás un caballero. Nunca sobra, ni hoy en día, ser apreciado por esa condición. Pero es que además añadieron: y te amará una princesa. Y en mi candor eso último supuso un arrebato de tenacidad que me predispuso a ello. Porque una princesa es siempre una mujer singular. Y veréis yo entonces aseveraba que ese tipo encumbrado de persona que parece colgar de las esferas celestes sin más, que ni hoya el suelo, que parece levitar -porque así me hablaban ficción y realidad que eran estas distinguidas damas blancas- no eran sólo figuras entrevistas en almenas y torreones, qué va.

Pero la vida es larga y nos acomoda en el mundo, a pesar que con ello nos agoste también. Así, por accidente o por destino, mi trato se fue dando al encuentro con ellas –las princesas-; y ahora puedo explicar que sí, es cierto que todas están a menudo en un tétrico o lóbrego torreón, que todas o bajan la vista tozudamente o la elevan en arrebatos místicos, que sus manos son alas puras y refulgentes como de palomas blancas… En fin que sí, es cierto cuanto el arte y la imaginación muestran de ellas. Pero también –y con ello prevengo a otros- que son lo más parecido a una cabra del monte. Que tozudamente persisten en colgarse de riscos y peñascos, que como cabras montesas saltan y dan cabriolas por esas alturas, y no cejan en querer llegar a la luna. Yo puedo deciros que si soy un caballero –o al menos lo aparento- es porque tras muchos fracasos, ya no hallo paciencia de amarlas tanto como debiera; quizá todo se deba a falta de temperamento, a poca disciplina, a una innegable condición en último término plebeya. Es como si la luz del día me obligara a ser ceniza. Ya muchas veces las contemplé áulicas, incluso con sus espléndidos colmillos y zarpas a la vista. Y con esa insistente mirada desdeñosa que las caracteriza y las hace invulnerables. También con el fuego tibio de su corazón preso entre sus mentadas manos blancas y finas. Pero pasaron entre mis días o por mis recuerdos para luego verlas irse siempre alejando de mí; sólidas, leves, altas, dignas. Yo, tras estos persistentes traspiés míos, percibo ese caballero que dicen que iba a ser; que hasta parece bruñido acaso sólo por el hábito de pensarlas… y entonces colijo: no sé si una vida más llana hubiera sido para mí menos dolorosa, más festiva, más carnal. Como si mi existencia hubiera sido sometida a un férreo destino incumplible. No sé si todo desde mi infancia a hoy ha sido un tránsito furtivo a la santidad, en débito de una carencia de heroísmo, y se tuviese que resumir en una fría y estúpida espera de desenmascaramientos y ensoñaciones, como si en la mano me hubieran plantado, ya entonces, una flor, y esta se estuviera marchitando lentamente; y así sufriese yo una estúpida decadencia de pergeñado épico personaje. O sea, patético.

En fin… que fui invitado a salones y músicas. Entré, vi, bailé, comí. Pero entre mis dedos se escapa la arena del tiempo y con él… aquellas supuestas prometidas dichas. Y bueno, por supuesto, de dinero, yo, nada.

Carlos Pereira

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