28 de octubre de 2013

Mendel, el de los libros



Los caminos que nos conducen a los diversos; y la mayoría han sido experimentados por los que sienten la pasión por la lectura: si un autor nos sobrecoge con los hallazgos del lenguaje artístico que logra en una obra, es más que probable que intentemos leer otros productos de su labor literaria, en busca de esa expresión literaria que nos hemos descubierto; si con un manual accedemos a un tema que despierte nuestra inquietud intelectual por una materia, trataremos de buscar en otros libros más información sobre la misma.
En ocasiones es el boca a boca el que nos lleva a un ejemplar o nos aparta de él. Otras veces los paseos interminables entre las estanterías de las bibliotecas y librerías, los que hacen que nuestros ojos se posen por cualquier motivo en un ejemplar.
Llegué a la lectura de Mendel, el de los libros a través de un cruce de algunos de estas rutas. Terminaba de echar una ojeada a Maus , un cómic sobre el holocausto nazi, cuando me sentí tentada a releer una novela sobre este mismo tema, que me impactó profundamente: Sin destino, editada en España por primera vez en la editorial Acantilado.
Esta editorial siempre me ha gustado por su cuidado en los pequeños detalles que hacen agradable el libro: las portadas, la calidad del papel, las escasas erratas de los textos, el acierto en el descubrimiento de nuevos autores entre otros motivos. Así que decidí leer un libro  publicado por esta editorial de un autor que me suele gustar bastante: Stefan Zweig.
En Mendel, el de los libros, el autor austriaco, rinde homenaje -no sin una pizca de ironía- al mundo del estudioso del libro, al bibliófilo que disfruta consiguiendo obras extrañas y raras para una clientela escasa.
Mendel prácticamente vive en un café de Viena, donde el narrador entra para guarecerse de una tormenta que le sorprende por las calles de la ciudad. Allí le llama la atención la presencia de un personaje extravagante, que está en una mesa rodeado de libros y papeles. Poco después, la necesidad de conseguir un libro que se encuentra fuera de los circuitos habituales del comercio librario, hace que lo conozca personalmente y empiece a admirar a este personaje, que vive de café y letras.
En esta obra, de argumento muy sencillo que no contaré, se alaba el mundo de las letras, no sin advertir la necesidad de no perder el contacto con el mundo que nos rodea. Un mundo que justifica y asegura la inmortalidad.

Después me marché y sentí vergüenza frente a aquella anciana y buena señora que de una manera ingenua y sin embargo verdaderamente humana, había sido fiel a la memoria del difunto. Pues ella, aquella mujer sin estudios, al menos había conservado el libro para acordarse mejor de él. Yo, en cambio, me había olvidado de Mendel, el de los libros durante años. Precisamente yo, que debía saber que los libros sólo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido.

Mendel, el de los libros / Stefan Zweig; traducción de Bertha Vías Mahou. Barcelona : Acantilado. Colección: Cuadernos del Acantilado. 

De Susana Benet

Aunque hace tiempo que no sabemos de Susana Benet, esto no es una señal forzosa de inactividad. Antes bien, esta maravillosa escritora de poesía y acuarelista destacada no para. Damos cuenta de su último libro, que tendremos que comprar, según lo que de él dice Antonio Rivero en su blog Fuego con nieve.


Vino aquí hace unos días con unos haikus publicados en la revista Palimpsesto, y ahora vuelve a hacerlo con motivo -qué gozoso motivo- de la aparición de su libro La durmiente, en Pre-Textos. En esta ocasión no se trata de una colección de haikus, esa forma en la que es maestra; integran el volumen poemas de otra arquitectura que sin embargo traen mucho de lo ya mostrado en aquellas composiciones breves: la visión lírica, la percepción de los milagros sencillos, la expresión feliz e inmejorable con las palabras precisas.
El sueño, no tanto en su componente onírico como en suspensión de la vigilia, de la vida, es principal protagonista. Y lo subrayan sendas citas de Juan Ramón Jiménez y Emily Dickinson. No pocos poemas lo frecuentan, y el puñado de los escritos a la memoria de alguien hablan de esa otra forma de sueño que es la muerte.
Sé que el lector de recomendaciones literarias suele ser un santo Tomás que pide pruebas, palparlas. Pero miedo me da tocar estos pétalos, la posibilidad de mancharlos. Uno, que es todo menos Cristo, pide fe para esto que digo: busca, lector, "Quietud" o "No hay temor". Aunque estos son solo dos de los poemas de tan hermoso libro signado por un tono elegíaco y serenísimo, y lleno de páginas dedicadas, señales, como las halladas en "Escalera", de que su autora no, no está sola: además de a personas queridas, aquí o en las regiones del sueño, tiene las estrellas, los gatos. Y eso que es necesario para asombrarnos: el asombro.

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