28 de julio de 2013

Las élites veneran la lectura en papel

Por: Miriam Garcimartin

Los medios de comunicación se encuentran en una fase de transición del papel a Internet. Pero aún hay públicos que demandan versiones impresas de las publicaciones, como las autoridades, los anunciantes o los inversores. Las élites del poder veneran la lectura en papel.

Al igual que los amantes de la música siguen comprando vinilos en la era de iTunes, los medios de comunicación podrán seguir publicando sus ediciones en papel mientras haya un público que lo demande. Aún quedan fetichistas del papel, tanto por su facilidad de transporte en el caso de los lectores, como por el valor añadido que los actores de las informaciones consideran que tienen las publicaciones impresas.

Como publica la web Erwanngaucher, para las élites políticas francesas son más importantes los 281.757 lectores que compran Le Monde que los 2’1 millones de usuarios diarios de su página web.

Michel Francaix, diputado francés, ha declarado que si tiene que elegir entre que una entrevista suya aparezca en el periódico o en la web, elige sin duda el papel, aunque en Internet recibiera millones de visitas. Este comportamiento está muy arraigado en la clase política. Las razones argumentadas son irracionales, ya que la idea de que lo que aparece impreso en un papel queda y en Internet es efímero, es falsa. En realidad, el papel desaparece, pero las huellas digitales permanecen para siempre.

Entonces, ¿por qué tanto apego a los medios impresos? Quizás es una cuestión de confianza en un formato que les ha acompañado desde sus comienzos, durante las campañas electorales y en sus victorias. Parece que los dirigentes confirman el refrán “más vale malo conocido que bueno por conocer”. Los medios digitales son demasiado nuevos y aún no dominan sus reglas, no conocen en profundidad su funcionamiento ni los intereses que pueda haber detrás de ellos. El poder es conservador y prefiere manejarse en terrenos que le sean más familiares.

El gusto de los políticos por el papel se traduce también en millones de euros. Las ayudas públicas siguen destinándose fundamentalmente a la prensa escrita, en detrimento de los medios digitales. También los inversores que financian proyectos periodísticos se decantan por hacerlo con medios impresos. El argumento esgrimido es la supuesta mayor credibilidad de las informaciones publicadas en papel, razón que para los inversores tiene mayor peso que las dificultades económicas por las que atraviesan los medios impresos, la caída de las ventas y la disminución de los ingresos.

Los anunciantes regionales, por su parte, también prefieren centrar sus estrategias en el papel, mientras que apenas gastan en banners. ¿Por qué no invierten en un medio que supera con creces en audiencia al impreso? Quizás aún no han encontrado la fórmula más adecuada para promocionar sus productos en este formato.

Mientras que las élites del poder sigan dotando al papel de un valor inmaterial e intangible, a los medios digitales no se les dará el lugar que les corresponde en la práctica. Y la realidad es que cualquier político y anunciante que quiera que su mensaje llegue a un mayor número de electores o clientes, cualquier inversionista que quiera establecerse en un nuevo mercado o cualquier periodista que quiera que su trabajo tenga mayor repercusión, tendrán que mirar en digital.

Pero las élites por definición quieren diferenciarse de las masas y elegir sus propios medios de comunicación. En su caso, la apuesta es por el papel frente a los medios digitales, más democráticos en sus versiones gratuitas y a los que puede acceder cualquier lector.


Fuente: Medios


25 de julio de 2013

Los lobos y la especulación inmobiliaria




Ordenando libros en la biblioteca en la última hora de trabajo, encontré un ejemplar del que había oído hablar hace algún tiempo: Cuentos infantiles políticamente correctos, de James Finn Garner.
Entre ellos he seleccionado el que sigue, que se hace eco de algunos de los tópicos que se manejan en determinados sectores.




Los tres cerditos

Había una vez tres cerditos que vivían juntos en armonía y mutuo respeto con el entorno que les rodeaba. Sirviéndose de los materiales propios de la zona que habitaban, se construyeron cada uno una hermosa casa. Un cerdito se la construyó de paja, otro de madera y el último de ladrillos fabricados a base de estiércol, arcilla y zarcillos y posteriormente cocidos en un pequeño horno. Al terminar, los tres cerditos se sintieron satisfechos de su labor y siguieron viviendo en paz e independencia.
Pero su idílica existencia no tardó en verse desbaratada. Un día, pasó por allí un enorme lobo malo con ideas expansionistas. Al ver a los cerditos, se sintió sumamente hambriento, tanto desde un punto de vista físico como ideológico. Cuando los cerditos vieron al lobo, se refugiaron en la casa de paja. El lobo corrió hasta ella y golpeó la puerta con los nudillos, gritando:
-¡Cerditos, cerditos, dejadme entrar!
Pero los cerditos respondieron:
-Tus tácticas de bandidaje no te servirán para amedrentar a unos cerditos empeñados en la defensa de su hogar y su cultura.
Pero el lobo se negaba a renunciar a lo que consideraba su destino ineludible. En consecuencia, sopló y sopló hasta derribar la casa de paja. Los cerditos, atemorizados, corrieron a la casa de madera con el lobo pisándoles los talones. El solar en el que se había alzado la casa de paja fue adquirido por otros lobos para organizar una plantación bananera.
Al llegar a la casa de madera, el lobo volvió a golpear la puerta y gritó:
-¡Cerditos, cerditos, dejadme entrar!
Pero los cerditos gritaron a su vez:
-¡Vete al infierno, condenado tirano carnívoro e imperialista!
Al oír aquello, el lobo se rió condescendientemente para sus adentros. Pensó para sí: «Va a ser una lástima que tengan que desaparecer, pero no se puede interrumpir la marcha del progreso.»
A continuación, sopló y sopló hasta derribar la casa de madera. Los cerditos huyeron a la casa de ladrillo con el lobo pisándoles nuevamente los talones. Al solar que había ocupado la casa de madera acudieron otros lobos y fundaron una urbanización de recreo en multipropiedad destinada a lobos en período de vacaciones, diseñando cada unidad como una reconstrucción en fibra de vidrio de la antigua casa de madera e instalando tiendas de recuerdos típicos de la localidad, clubes de submarinismo y delfinarios.
El lobo llegó a la casa de ladrillos y, una vez más, comenzó a aporrear la puerta, gritando:
-¡Cerditos, cerditos, dejadme entrar!
Esta vez, y a modo de respuesta, los cerditos entonaron cánticos de solidaridad y escribieron una carta de protesta a las Naciones Unidas.
Para entonces, el lobo comenzaba a irritarle la obcecación de los cerditos en su negativa a contemplar la situación desde una perspectiva carnívora, por lo que sopló y resopló y volvió a soplar hasta que, de repente, se aferró al pecho con las manos y se desplomó muerto como consecuencia de un infarto producido por el exceso de alimentos ricos en grasas.
Los tres cerditos celebraron el triunfo de la justicia y realizaron una breve danza en torno al cadáver del lobo. Su siguiente paso consistió en liberar sus tierras. Reunieron a un ejército de cerditos que se habían visto igualmente expulsados de sus propiedades y, con su nueva brigada de porcinistas, atacaron la urbanización con ametralladoras y lanzacohetes y dieron muerte a los crueles opresores lobunos, transmitiendo con ello un mensaje inequívoco al resto del hemisferio de no entrometerse en sus asuntos internos. A continuación, los cerditos fundaron un modelo de democracia socialista dotado de educación gratuita, un sistema universal de seguridad social y viviendas asequibles para todos.


Nota del autor: El lobo de este relato representa una imagen metafórica. Ningún lobo real ha sufrido daño alguno durante la redacción de esta historia.


FINN GARNER, James: Cuentos infantiles políticamente incorrectos. Barcelona: Circe; 1996.

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