5 de noviembre de 2013

No todo está en los libros


"El otro día escuchaba a una bibliotecaria hablar sobre la evolución de su trabajo. Señalaba que cada vez es más exigente. Su gremio, decía, es uno de esos, y aquí pensaba yo también en la enseñanza pero ustedes pueden añadir otros y me temo que la lista acabará siendo hermosa, a los que se les va pidiendo más y más competencias y un servicio más cualificado y versátil.

Al colectivo en cuestión se le supone los conocimientos y destrezas definidos en los manuales de biblioteconomía sobre gestión de libros, discos, películas y otras formas de archivo y transmisión de la información, el conocimiento, la literatura y el entretenimiento. Obviamente, esa capacitación pasa por la puesta al día continuada para adquirir las habilidades que demanda a buen ritmo la era digital y hay que añadirle una buena provisión de psicología y lo que podríamos llamar en un alarde de poco ingenio y condenable por innecesaria extranjerización -seguro que tiene un nombre mejor pero no lo conozco- destrezas como bookcoach. El personal pide asesoría a medida y claro, no todo el mundo busca ni necesita lo mismo. Una parte nada desdeñable quiere además pegar la hebra con personas agradables que brinden un rato de intercambio que exceda lo profesional y utilitario, aporte empatía, si puede ser complicidad, y (solo ocurre excepcionalmente pero qué gusto) resulte un encuentro en los principios, rutas y preferencias lectoras. Las y los bibliotecarios llegan a ser un referente tan cercano como la cajera del súper o la pediatra o el farmacéutico.

Les toca tratar con gente encantadora que valora su labor y bregar con seres desconsiderados, impacientes o antipáticos, con morosos que hay que perseguir y personas que comen mientras leen bocatas de chistorra bien untados a juzgar por cómo devuelven los libros, con subrayadoras compulsivas o redes organizadas de secuestradores de periódicos, con monadas de críos que no alcanzan el mostrador con la nariz y saben esperar su turno y pedir por favor y asilvestrados que se pelean, se revuelcan en el suelo, desordenan que es un primor y van a casqueta diaria, con quien entiende el carácter público y comunitario de la biblioteca o con sátrapas comarcanos. También tienen que hacer de eventuales profesores de nuevas tecnologías con usuarias y usuarios primerizos y salir al paso de necesidades que van más allá de la lectura.

El otro día veíamos una pequeña guía elaborada en la biblioteca de Berriozar que, aprovechando las fechas, proponía lecturas variadas para facilitar a adultos y críos hablar de la muerte y entender o enfrentar el proceso de duelo, una realidad que no por alejarla o maquillarla en términos fantásticos deja de presentarse en toda su crudeza. La guía puede consultarse en la red y es un ejemplo de buen hacer. Eso se agradece."

Maite Pérez Larumbe


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