5 de noviembre de 2013






Mi casa está deshabitada, y conmigo, tan perro, tan crudo, atrapado dentro.
Están los estantes llenos y llenos de mí en cursivas y pandeoro; desnudo, elevado.
Está todo fregado, todo dispuesto, para visitas y encuentros; como pan, como seda.
Está la cama hecha/deshecha, abierta/cerrada, allí/aquí, en el centro del cuarto como un ataúd.
Como una terraza de sol y plantas y paisajes.
Están mis fotos, conmigo, siempre como extraídas absurdamente de una onírica pinacoteca. 

Observándome.
Está todo
Dolorido, conmigo, aún dentro.
Como si nunca hubiera pasado nada.
Como si en cualquier corral no hubiera gallinas y algún gallo.

Y tú callas;
Desde tan lejos que tu silencio llega grande como una emboscada de ramas húmedas y coces de bestias… un silencio bravo, macho, destructor… y mi piel recoge lo que de mí hay
Cada vez que mi semen se derrama sólido como arenilla; y grita como yo grito,
Conmigo muy apretado dentro. Conmigo en recuerdo y evanescencia.

Y tú surges, como allí, toda envuelta en encarnado color, entre un ramillete de rojas rosas;
Diva, risueña. Cuando aquella ciudad donde no nos vimos, donde no nos encontramos,
Nos tuvo a los dos. Y separados seguimos. Y sintiéndonos próximos.
Y entrado el otoño, encanecidos los cabellos… la tersura de tus labios; ¡al menos eso…!


Carlos Pereira 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

ENTRADAS