19 de agosto de 2013

Agua, sol.... y un mar de libros

Cuando me dispongo a hacer a maleta hay siempre un elemento que no falta: un libro para leer durante el viaje y, si la estancia va a ser prolongada, otro para disfrutar en el destino elegido. Esa constante se debe a que en muchas ocasiones es difícil encontrar libros durante los desplazamientos o en los lugares a los que me desplazo especialmente en las vacaciones.
La falta de librerías o el hecho de que las bibliotecas estén cerradas y que sea necesario hacerse un carné para sólo una semana hacen imprescindible llevar el libro desde casa.
Éste año sin embargo, me he llevado una sorpresa. El lugar que elegimos para ir a descansar fue Noja, un conocido pueblo de Cantabria.
 Allí, en la playa de Tregandin, bajo el puesto de los socorristas, en una especie de quiosco que al principio tomé por un chiringuito, estaba la Biblioplaya, donde un amable bibliotecario prestaba a los bañistas prensa y libros, con la única condición de que luego los devolvieran. Semejante muestra de buena voluntad y la afluencia de público me conmovieron. Todos los días por la tarde, desde las cinco, allí está en su puesto, puntual, dispuesto a regalar diversión adicional a los veraneantes.

Las sorpresas que me deparaba Cantabria no terminaron en la biblioplaya de Tregandin. Uno de los días que amaneció bajo una fina capa de lluvia y un mar de niebla, nos hicimos un recorrido por los alrededores para terminar en Isla, una municipio disperso, en cuyo núcleo urbano me sorprendió encontrar un lugar que hará las delicias de cualquier bibliófilo que se se acerque por allí.

En un local de piedra, cerca de la Iglesia de San Julián y Santa Basílica está El almacén de los libros olvidados, una sucursal de una librería de Baracaldo con cincuenta y un años de historia,  que cuenta con un fondo catalogado de sesenta y tres mil ejemplares y algunos libros más sin catalogar. Allí es posible encontrar libros de Puck y de los Cinco en la sección infantil, novelas de Heinrich Böll, manuales de cocina o tratados de Teología junto a libros antiguos, vinilos y colecciones de monedas, todo ello controlado por un profesional de biblioteconomía y dos libreros con años de experiencia. Allí compré un libro de Hoffmann y un ejemplar de La familia del Robinson suizo en inglés que hicieron mis delicias durante el resto de horas durante las cuales siguió cayendo la lluvia.


Si te ha gustado esta entrada, quizá te interese también
Las librerías más bonitas del mundo


No hay comentarios:

Publicar un comentario

ENTRADAS