29 de mayo de 2012

Nueva York en la poesía española


Había una anécdota... Juan Ramón pasea por un sendero por Central Park junto a Cenobia. 1946, 'habíamos perdido la guerra'. De pronto, Pedro Guillén se cruza en dirección contraria por esa misma vereda. Los dos poetas hacen como que no se ven o que no se conocen y no se saludan. "Yo no sé si es verdad o es un chascarrillo de esos que se cuentan sobre los poetas. Pero es cierto que pudieron coincidir y que, si lo hicieron, probablemente se ignoraran. Si no es verdad, 'è ben trovato'", explica Julio Neira, catedrático de Literatura Española de la UNED y ex director del Centro Cultural de la Generación del 27 de la Diputación Provincial de Málaga.

La historia hace sonreír, aunque sea un poco penosa, y, ahora, sirve para ilustrar Historia poética de Nueva York en la España contemporánea (editado por Cátedra), el libro con el que Neira ha querido estudiar la ciudad de Nueva York como tema poético. "Hace unos años, me invitó la Universidad de Dickinson , en Pensilvania, a dar una charla en su semana poética sobre ese tema, más o menos. Entonces, se me ocurrió pensar en lo que a todos: Lorca, José Hierro... Pero empecé a tirar del hilo y encontré que había muchísimos más poetas, de muchas generaciones, épocas y tendencias que han escrito sobre Nueva York".

Por ejemplo: Guillén, Cernuda, Alberti, Benítez Reyes, Fonollosa, García Montero, Martín López Vega, Francisco Brines, Martínez Sarrión, Blas de Otero, casi todos los Panero, Ana María Moix, Ana Rossetti, Gloria Fuertes, León Felipe, Dionisio Cañas, Jorge Urrutia, Luis Antonio de Villena, Antonio Lucas... Y más nombres, en fila, hasta la extenuación.

¿Y qué tiene de particular Nueva York que no tengan París o Roma, o incluso Londres, los referentes clásicos de la cultura española 'de siempre'? "Nueva York es la metáfora perfecta de la sociedad contemporánea, del mundo capitalista. Ofrece una doble imagen: por un lado la atracción por la belleza, el progreso y el vértigo. Y por otra, la repulsión por la sociedad que consume a los habitantes. Esa idea ya está en Lorca y, en realidad, existe desde siempre: la pueden ver en Metropolis, de Fritz Lang, y en Tiempos modernos, de Chaplin. Hasta Rubén Darío tiene un poema de 1914 en esa línea".

Eso es más o menos fácil de entender. Lo malo es que, a estas alturas, Nueva York nos parece a todos un lugar amable y reconfortante (se puede recorrer a pie, se ven barrios de clase media, es fácil comunicarse en español o en 'broken english' y ni siquiera es terriblemente cara) comparada con las ciudades del Golfo Pérsico o las del Sureste Asiático.

"Después, a partir de los atentados del 11-S, la poesía española sobre Nueva York ha sido mucho más empática con la ciudad, ha descubierto las relaciones humanas de sus habitantes, han añadido su punto de vista a esa metáfora que es Nueva York con referencias al cine, la música, la cultura literaria de la ciudad... Hay poemas sobre Taxi driver, sobre Desayuno en Tiffany's, sobre Charlie Parker".

"Nueva York", continúa Neira, "ha acabado por ser el viaje iniciático, la prueba de la capacidad de los poetas españoles. Si viajas a Nueva York tienes que que escribir sobre la ciudad, porque si no, no vales.


Más información: El mundo

28 de mayo de 2012

Los días contados

Es probable que Sócrates tuviera razón al afirmar  de su persona "sólo sé que no sé nada". En mi caso es absolutamente cierto. Cada vez que creo conocer, al menos de oídas, la mayoría de las obras clásicas de la historia de la literatura, hago un nuevo descubrimiento entre las estanterías de la biblioteca.Quién me iba a decir hace unos meses que el nombre de Transilvania iba a evocarme no sólo la figura del conde Drácula, sino también la de Miklós Bánffy. Sin embargo, gracias a la editorial Libros del Asteroide he podido conocer a este curioso escritor de la nobleza transilvana, autor de una trilogía centrada en la caída del Imperio Austro-Húngaro.
Miklós Bánffy fue un hombre que vivió intensamente: noble, político y diplomático, participó intensamente en la vida cultural de Transilvania, a través de su dedicación a la música, la pintura y el teatro. A pesar de todos estos aspectos, Bánffy será conocido en la historia sobre todo por su contribución a la literatura de su país con su Trilogía transilvana, compuesta por los libros Los días contados, Las almas juzgadas y El reino dividido.
En Los días contados el autor nos cuenta la vida del imperio a través de la vida de dos primos: Bálint Abády, un joven que, tras acabar su carrera diplomática en el extranjero, regresa a Transilvania para tratar de contribuir con sus conocimientos en la vida política y social de sus compatriotas; por otro lado aparece la vida de László Gyeróffy, un prometedor artista que se mueve en los círculos de la música y del arte, tratando de labrarse un nombre dentro de la profesión. Muy pronto se ve cómo el país está en un proceso de desintegración:
Entre los miembros de la alta sociedad de Budapest, sólo unos pocos se dedicaban en cuerpo y alma ala política. Había otros asuntos más importantes, o al menos igual de importantes. Por ejemplo, la competición hípica, que era tan interesante y apasionante como la cacería otoñal. Para convocar el Parlamento, una reunión de partidos o el comité del casino, en verano había que tener en cuenta la caza de la perdiz, en septiembre la del ciervo, a principios de verano la del faisán, y en primavera los días de carrera, para poder intercalar las asambleas entre estos acontecimientos.
La vida de los dos protagonistas también se mueve al hilo de esta desintegración: no son unos personajes que triunfen en sus vida. László, enamorado de una prima suya cuya familia le rechaza por sus orígenes poco aristocráticos, comienza a caer en una espiral de juego y desenfreno que le conduce al desastre en su vida profesional. Por su parte Bálint descubre de forma tardía su amor por Adrienne, su amiga de la infancia, que en la actualidad se encuentra casada con un hombre trastornado que le hace la vida imposible. 
El comienzo de la obra es magistral, marca su estructura tripartita y anuncia el tono general de la misma. Lo primero que encuentra el lector es una  cita del libro de Daniel que anuncia la ira de Dios ante los desmanes del rey Belsasar:

...El rey dio un gran banquete a mil de sus príncipes; bebieron vino, alabaron a sus dioses de oro, de plata, de madera y de piedra; y se burlaron los unos de los otros, y discutieron por los dioses de cada uno.
En aquella misma hora aparecieron unos dedos de mano de hombre que escribieron  delante del candelabro, sobre el yeso de la pared del palacio real. Y la palabra que escribieron fue "Mene: tu reino ha sido contado...". Pero nadie vio la escritura porque estaban embriagados por el vino y la ira, y porque estaban peleándose por sus dioses de oro, de plata, de metal, de hierro, de madera y de piedra..

El segundo volumen de la trilogía comienza por el siguiente párrafo de la historia bíblica, en el que se aparece la palabra "tekel" que significa "has sido pesado en la balanza y hallado falto de peso" y el tercero por aquel en el que se menciona "peres" o lo que es lo mismo "tu reino será repartido entre los medos y persas"; todo ello aplicado en esta obra a la caída del gran imperio europeo.
Por su parte cada uno de los volúmenes, y en concreto este que nos ocupa, se divide en varias partes, cada una de las cuales se centra en uno de los dos personajes centrales que hemos nombrado. Los días contados se inicia con una descripción magistral de algunos de los personajes más importantes de la novela. El autor narra cómo Bálint se dirige a una fiesta que tiene lugar después de una carrera de caballos. Su calesa se ve adelantada por diferentes vehículos, cada uno con personas cuya personalidad e historia va evocando el narrador. De este modo, Bánffy convierte lo que podría haber sido una sencilla descripción, en una pintura llena de movimiento.
Por otro lado, los dos primos, Bálint y Lászlo, le sirven a Bánffy para retratar dos ámbitos complementarios y destacados de su sociedad: el de la nobleza  y el de los artistas mostrándonos  en  ambas esferas  todos sus aspectos: los mejores y los más sórdidos.
La rigurosidad de la información histórica y política que se ofrece en la obra se ve aligerada por las dos grandes historias de amor que aparecen en la obra. El amor casi imposible de Laszló por Klara y el fuego de la pasión arrebatadora de Bálint por Adrienne llenan de sensualidad y erotismo algunas páginas de la novela. 
Una novela escrita con un gran estilo, con rigor histórico, llena de dramatismo y humor,  dirigida a personas que busquen una narración histórica de calado que no se quede en detalles superficiales.

22 de mayo de 2012

Fantasma tradicional






En mitad de la noche, la sábana se despertó y salió a trabajar.

Mandrini, Eugenio, en Galería de hiperbreves.

14 de mayo de 2012

Don Quijote en su biblioteca


Mientras avanzo por una novela histórica sobre la caída del imperio austrohúngaro, he estado investigando un poco sobre el día del libro. Como es bien sabido, esta fecha no se fija de un modo aleatorio sino que, como se indica en wikipedia "corresponde al fallecimiento de los escritores Miguel de Cervantes, William Shakespeare e Inca Garcilaso de la Vega en la misma fecha en el año 1616. En esta fecha también fallecieron William Wordsworth (en 1850) y Josep Pla (en 1981). La Unión Internacional de Editores propuso esta fecha a la Unesco, con el objetivo de fomentar la cultura y la protección de la propiedad intelectual por medio del derecho de autor. La Conferencia General de la Unesco la aprobó en París el 15 de noviembre de 1995, por lo que a partir de dicha fecha el 23 de abril es el "Día Internacional del Libro y del Derecho de Autor".  Si tenemos en cuenta que Cervantes es el creador del Quijote, un personaje caracterizado por ser un lector empedernido, que pasa las noches de claro en claro leyendo, y los días de oscuro en oscuro hasta que enloquece debido a su pasión por las novelas de caballerías, también deberíamos concederle a este caballero ser el adalid de los lectores.  Esto es algo que ya han hecho numerosos pintores, quienes se han aventurado a colarse en la biblioteca del hidalgo para plasmar luego sus impresiones. Algunos de estos pintores, como Goya o Doré, son de sobra conocidos. Otros son artistas cuya obra he conocido navegando por internet. En cualquier caso, todos reflejan sus sentimientos y afinidades con este lector empedernido con el que alguna vez nos hemos sentido todos identificados.

Goya



Doré





Doré



Doré




Eugene Delacroix




Javier Jiménez, (artblog)




Rosa Cáceres (escritora)




Desconocido




Desconocido

13 de mayo de 2012

Pájaros






Para mi hermana





Las ramas se poblaron de pájaros. Sonó un disparo y el árbol cayó pesadamente.


César Antonio Alurralde, en: Puro Cuento, núm. 23, 1990

11 de mayo de 2012

Escribir





Escribir escribir y escribir sin ton ni son es ejercicio de ablande. En cambio el psicoanálisis no, el psicoanálisis es ejercicio de hablande.

Luisa Valenzuela (Argentina)

10 de mayo de 2012

Don Quijote cuerdo






El único momento en que Sancho Panza no dudó de la cordura de don Quijote fue cuando lo nombraron (a él, a Sancho) gobernador de la ínsula Barataria..

Marco Denevi

7 de mayo de 2012

Al faro



Como si fuera James Ramsay, hoy puedo afirmar desde la última página de la novela -roca desde la que se ilumina toda la obra con un rayo esclarecedor- ¡misión cumplida!; ¡he leído con gran placer Al faro! Hace unos años, esta frase hubiera suscitado en mí cierta incredulidad pues esta novela de Virginia Woolf me parecía una prosa bastante inaccesible.

Tratando de hacer una pequeña aproximación a lo que considero una auténtica obra de arte de la literatura del siglo XX, me gustaría trazar una serie de pinceladas que faciliten el acceso a esta novela. En primer lugar, cabe señalar que es una obra que debe leerse en el momento interior y exterior apropiado. Para un lector que busque una narración desenfrenada, llena de aventura, será un suplicio enfrentarse a este relato, en el que el relato se aparte de los hechos para centrarse en la pintura de caracteres.
Al faro fue dividida por la propia escritora en tres secciones con título propio. La primera, titulada "La ventana", nos presenta a los personajes de la obra. Será una decepción infantil, de esas que marcan profundamente el alma y condicional el carácter personal, la que sirve de desencadenante de ese retrato.
James, el hijo pequeño de los Ramsay, se siente profundamente emocionado cuando su madre asegura que al día siguiente irán de excursión al faro. Sin embargo, su padre, el realista señor Ramsay, no deja que el niño sueñe mucho rato, apresurándose a desmentir la promesa hecha por su mujer con la afirmación de que el periplo será imposible debido al tiempo. La ira se desata en James, que observa con rencor a su padre, mientras que en su alma se avivan las brasas de amor hacia su madre. Resulta impresionante cómo la escritora consigue retratar el modo en que el estado anímico. influye en la percepción de la realidad. 
-Si el tiempo es bueno, por supuesto que iremos -dijo la señora Ramsay-. Pero tendréis que levantaros con la aurora -añadió.
Fue muy grande la alegría que aquellas palabras causaron en su hijo menor, como si ya hubiera quedado decidido que la expedición era cosa segura y que la maravilla que anhelaba desde hacía tanto tiempo -años y años, se diría- se hallaba, después del breve paréntesis de la oscuridad de una noche y de una jornada de navegación, al alcance de la mano. Dado que a los seis años pertenecía ya a la gran familia de quienes son incapaces de separar un sentimiento de otro, y están obligados a permitir que las esperanzas futuras, con sus alegrías y sus penas, oscurezcan la realidad presente, y dado que para tales personas, incluso cuando no son más que niños, cualquier giro de la rueda de las sensaciones tiene poder para cristalizar y fijar el momento sobre el que descansa su sombra y su luz, James Ramsay, sentado en el suelo mientras recortaba las ilustraciones del catálogo de los Almacenes del Ejército y de la Marina, dotó, mientras su madre hablaba, de una felicidad supraterrena a la imagen de un refrigerador. Era un aparato aureolado de alegría. La carretilla, la segadora de césped, el ruido de los álamos, la palidez de las hojas antes de la lluvia, los graznidos de los grajos, el raspar de las escobas, el frufrú de los vestidos: cada una de aquellas sensaciones tenía en su mente un colorido tan nítido que constituían ya un código privado, un lenguaje secreto, aunque él, con su frente alta y sus despiadados ojos azules, impecablemente cándidos y puros, fruncido el ceño ante el espectáculo de la fragilidad humana, pareciera la imagen de la severidad más inflexible y absoluta, por lo que su madre, al verlo guiar sin vacilación las tijeras en torno al refrigerador, se lo imaginó, todo de rojo y armiño, administrando justicia o dirigiendo una importante y delicada operación financiera durante alguna crisis de los asuntos públicos.
-Pero no va a hacer buen tiempo -dijo su padre, deteniéndose delante de la ventana de la sala de estar.
Si hubiera tenido a mano un hacha, un atizador para el fuego o cualquier otra arma capaz de agujerear el pecho de su padre y de matarlo, allí mismo y en aquel instante, James la hubiera empuñado con gusto. Tales eran los abismos de emoción que el señor Ramsay provocaba en el pecho de sus hijos con su simple presencia.
La madre de James es una mujer de belleza excepcional, que con su intuitiva percepción de los sentimientos de los que le rodean, logra superar y triunfar en las situaciones más complejas de la vida cotidiana, algo fundamental en el seno de una familia con ocho hijos a la que se han unido una serie de amigos algo peculiares para pasar las vacaciones de verano: entre ellos destaca Lily Briscoe, una joven e insegura pintora, Minta, el filósofo descreído Tansley y  un poeta en ciernes llamado Carmichael. 
A lo largo de esta parte todos los personajes, a través de monólogos interiores, van trazando su peculiar visión del señor y la señora Ramsay. A través de esos retratos y de las pinceladas cruzadas que los personajes van trazando sobre su forma de ser, el lector acaba de forjarse, a través de diversas perspectivas hábilmente entretejidas, su idea sobre cada uno de ellos.

La segunda parte de la obra, "El tiempo pasa", refleja en su título el tema que ocupa esta sección de la novela. En ella se describe cómo afecta el transcurso del tiempo a los objetos inanimados, la naturaleza y a la familia Ramsay y sus amigos.
Implacable, apenas visible, el tiempo va moldeando la realidad sin que nadie ni nada pueda detenerlo. Los personajes desaparecen casi por completo en este apartado de la narración, en el que la autora otorga el papel principal de protagonista a esa realidad impersonal y que tan hondamente afecta a los seres humanos, y reflexiona sobre él.

Pero, ¿qué es una noche, después de todo? Un periodo muy breve, sobre todo cuando la oscuridad se difumina tan pronto, y enseguida canta un pájaro, un gallo, o en el fondo de una ola se aviva un verde casi imperceptible, semejante al de una hoja que nace. A una noche, sin embargo, le sigue otra noche. El invierno almacena toda una baraja y reparte las cartas equitativa, uniformemente, con dedos infatigables. Las noches se alargan y se oscurecen. Algunas sostienen en lo algo nítidos planetas, láminas de claridad. Los árboles otoñales, asolados como están, conocen el brillo que enciende a veces los estandartes hechos jirones en la penumbra fresca de los panteones catedralicios, donde letras doradas y páginas de mármol describen la muerte en combate y cómo los huesos se blanquean y arden muy lejos, en las arenas de la India. Los árboles otoñales relucen bajo el amarillo claro de la luna, bajo las lunas de la recolección, la luz que dulcifica la energía del trabajo y alisa los rastrojos y hace que la ola se vista de azul para lamer la orilla. 
Era como si, conmovida por la penitencia humana y por todos sus esfuerzos, la bondad divina hubiera descorrido la cortina para presentar tras ella, únicas, inconfundibles, la liebre erguida, la ola al romperse, la embarcación  balanceante, realidades todas que, si las mereciéramos, serían nuestras para siempre. Pero, desgraciadamente, la bondad divina, tirando de la cuerda, cierra la cortina; la divinidad no está contenta; cubre sus tesoros con una lluvia de granizo, con lo que los destroza y los confunde hasta que parece imposible que puedan nunca recuperar su calma ni que podamos recomponer un todo perfecto ni leer en los fragmentos desperdigados las claras palabras de la verdad. Porque nuestra penitencia sólo merece una visión momentánea; nuestros esfuerzos tan sólo una tregua.
Las noches están llenas de viento y destrucción; los árboles se agachan y se inclinan y sus hojas vuelan atropelladamente hasta que cubren el césped, se amontonan en las cunetas, atascan los canalones y se desparraman por los senderos húmedos. También el mar se agita y se rompe y, en el caso de que algún durmiente, con la esperanza de encontrar en la playa respuesta para sus dudas, o un compañero para su soledad, aparte la ropa de la cama y descienda solo para pasear por la arena, ninguna imagen con apariencia de servicio ni de divina presteza acudirá de inmediato para poner orden en la noche ni para hacer que el mundo refleje los puntos cardinales del alma. La mano se acorta en su mano; la voz le ruge en el oído. Casi se diría que, en medio de semejante confusión, es inútil hacerle a la noche esas preguntas sobre causas y motivos, sobre el cómo y el porqué tientan al durmiente a abandonar su lecho en busca de respuesta.
[El señor Ramsay, al tropezar en un corredor una mañana oscura, abrió los brazos, pero, como la señora Ramsay había muerto de manera bastante repentina la noche anterior, las brazos abiertos siguieron vacíos]
La narración concluye con El faro: en esta sección se vuelven a reunir los miembros de la familia vivos y varios amigos en la casita de la costa, para recordar a los difuntos con una excursión al faro. En esta parte el punto de vista se va turnando entre cuatro personajes: el señor Ramsay, más autocompasivo y exigente que nunca, Lily Briscoe, quien ha logrado cierto equilibrio y convicciones interiores y los hijos de los Ramsay Cam y James. Esta pintora reflexiona sobre el matrimonio Ramsay y las cuestiones que debido a su relación con ellos se ha planteado: ¿cuál es el sentido de la vida?; ¿qué es la belleza?; ¿qué es la verdad?; ¿qué relaciones existen entre ellas?; ¿es posible encontrar un puesto en la vida fuera de los socialmente establecidos?
Así las personalidades opuestas del señor y la señora Ramsay no son finalmente las que logran la victoria en su existencia: es la insignificante Lily la que, gracias al arte y su sensibilidad, consigue triunfar sobre el paso de los años gracias a su obra. Ni la belleza arrebatadora ni la verdad inexorable y dolorosa obtienen un hueco en la eternidad. Es la artista, con la conciliación amorosa y humilde de ambos la que consigue una visión cabal de la existencia y con ello una cierta permanencia en la existencia.
Una novela que invita a la reflexión sobre grandes temas existenciales y sobre los más delicados destalles del día a día, con una prosa llena de poesía, pausada y a la que no sobra ni falta nada. Imprescincible

3 de mayo de 2012

Mientras leo...


Mientras leo Al faro y me dejo invadir por la poesía gris marino de la prosa diluida en el agua del mar de Cornualles por Virginia Woolf, noto en torno a mí la densa presencia de unas ausencias salobres, mediterráneas y amarillas. Algunas eternas, de los que ya partieron para siempre. Otras, dispuestas a disolverse con el líquido elemento del tiempo, en sólo unos días o unos meses.

Dedico esta cita de la autora de Las olas, Al faro y El Orlando  a dos amigas: a una  apasionada y continua relectora de Virginia Woolf que lleva unos meses al otro lado del Atlántico,  y a  otra, que acaba de descubrir el placer de esta prosa adictiva.



El nerviosismo provocado por la presencia del señor Ramsay le había hecho equivocarse de pincel, y el caballete, clavado en el suelo con tanta agitación, no tenía la orientación adecuada. Una vez que hubo rectificado todo aquello y que, al hacerlo, dominó las cosas improcedentes e inoportunas que distraían su atención y que le hacían acordarse de quién era y de las relaciones que tenía con la gente, tomó posesión de su mano y alzó el pincel, que,por un momento, permaneció temblando en el aire, en un éxtasis doloroso pero estimulante. ¿Dónde tenía que empezar? Esa era la cuestión; ¿en qué punto daría la primera pincelada? Una línea trazada en el lienzo creaba innumerables riesgos, provocaba decisiones no por inevitables menos irrevocables. Todo lo que parecía simple en teoría, se convertía en complicado cuando se llevaba a la práctica; de la misma manera que las olas, aunque simétricamente distribuidas cuando se las ve desde lo alto del acantilado, están sin embargo separadas por profundos golfos y crestas espumeantes para el nadador que se debate entre ellas. Hay que correr el riesgo de todos modos; hay que dar la primera pincelada. 
Con una curiosa sensación, sintiéndose empujada y retenida al mismo tiempo, adelantó el pincel, con rapidez y decisión, hasta apoyarlo sobre la tela. Un temblor marrón dejó sobre el lienzo blanco una señal en movimiento. Luego repitió el gesto una segunda y tercera vez. Mediante pausas y temblores alcanzó un ritmo de danza, como si las pausas fuesen una parte del ritmo y las pinceladas otra, ambas relacionadas; de ese modo, por medio de pausas y de pinceladas ligeras, rápidas, Lily cubrió el lienzo de nerviosas líneas marrones en movimiento que, apenas trazadas, encerraban un espacio (cuya importancia sentía crecer a cada momento). En el hueco de una ola veía la siguiente, alzándose cada vez más alta por encima de la primera. Porque, ¿qué podía ser más formidable que aquel espacio?  Allí estaba de nuevo, pensó, retrocediendo para mirarlo, apartada de las conversaciones intrascendentes, apartada de la vida, separada de la gente y en presencia de su antiguo y formidable enemigo personal: aquella otra cosa, aquella verdad, aquella realidad, que de repente se apoderaba de ella, que surgía desnuda por detrás de las apariencias y exigía su atención.  
Lily se sentía dispuesta y reacia a medias. ¿Por qué tenía siempre que quedarse sola y ser arrastrada? ¿Por qué no se la dejaba en paz, por qué no dedicarse a hablar con el señor Carmichael en el jardín? Se mirara como se mirase, se trataba de una relación agotadora. Otros objetos venerables se contentaban con la veneración; hombres, mujeres, Dios mismo, todos permitían que el fiel se postrara de rodillas; pero aquella realidad, aunque sólo se tratara de la forma de una pantalla blanca por encima de una mesa de mimbre, exigía un combate perpetuo, desafiaba a una confrontación de la que inevitablemente se salía derrotado. Antes de cambiar la fluidez de la vida por la concentración de la pintura, Lily pasaba siempre (no sabía si achacarlo a su manera de ser o si era consecuencia de su condición de mujer) por unos instantes de desnudez en los que parecía un alma non nata, un alma separada del cuerpo, que se debatiera en alguna cumbre ventosa, expuesta sin protección al azote de todas las dudas. ¿Por qué lo hacía entonces?
Contempló el lienzo levemente rayado por líneas en movimiento. Lo colgarían en los dormitorios de los criados. O lo enrollarían y acabaría debajo de un sofá. ¿Qué sentido tenía hacer aquello? Oyó una voz diciendo que no sabía pintar, diciendo que era incapaz de crear, como si estuviera atrapada en una de esas corrientes habituales que, al cabo de cierto tiempo, la experiencia forma en la mente, de manera que las palabras se repiten sin saber ya quién las dijo por vez primera.
No saben ni pintar ni escribir, murmuró monótonamente, meditando, inquieta, cuál debería ser su palabra de ataque. Porque los volúmenes se alzaban ante ella, sobresalían, sentía su presión en los ojos. Luego, como si ya hubiera segregado espontáneamente la sustancia necesaria para lubrificar sus facultadas, empezó, insegura, a mojar el pincel entre los azules y los ámbares, moviéndolo de aquí para allá, aunque ahora el trabajo resultaba más pesado y avanzaba más despacio, como si se acompasara con algún ritmo que Lily recibía al dictado (seguía contemplando el seto y el lienzo) de las cosas que veía, por lo que, si bien su mano se estremecía de vida, aquel ritmo era lo bastante constante fuerte para arrastrarla con él en su corriente. Y al mismo tiempo que perdía conciencia de las cosas exteriores, así como  de su nombre, su personalidad, y su aspecto, y de si el señor Carmichael estaba o no allí, su mente seguía arrojando a la superficie, desde lo más profundo, escenas, nombres, frases, recuerdos e ideas, como una fuente arroja líquido, sobre aquel resplandeciente espacio blanco, espantosamente difícil, mientras ella lo moldeaba con verdes y azules.




 Al faro / Virginia Woolf -. Alianza Editorial

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