8 de septiembre de 2012

La novela gótica

Dentro del movimiento romántico, enclavado casi en su totalidad a lo largo del siglo XIX, se desarrolló fundamentalmente un subgénero literario al que se ha llamado Novela Gótica, aunque si somos rigurosos abarca cuentos y poesía. El Romanticismo fue frente a la Ilustración y el estilo Neoclásico un movimiento que pretendía al menos ser menos racionalista y prestar casi una absoluta atención al mundo de las emociones y los sentimientos, anteponer pues frente a la razón el corazón. Se puede decir que pretendía llevar al ser humano a un estado de enajenación, como si en esa profunda crisis interna se pudiese obtener un conocimiento más auténtico del yo, que pasó a ser el centro de atención de todos los creadores del momento, en contraposición a lo que por entonces se suponía que eran los demás individuos o ciudadanos de la sociedad, mitigados o alienados por las convenciones sociales y las normas y leyes tanto tácitas o naturales como aquellas derivadas del establecimiento prioritario del orden que todos debían acatar. Los románticos eran o pretendían a veces de forma impostada ser rebeldes y eran los modernos de su época. La naturaleza convulsa, el alma insondable, la honda melancolía… eran elementos propios del romántico que vivía en permanente depresión y sujeto a una exacerbada atención de sí mismo y sus cuitas que dirían ellos, y buscaban tozudamente respuestas en absoluta soledad, o en aparatoso enfrentamiento a la sociedad, o denostados por ella, o contrariados por no alcanzar sus idealizaciones de belleza y amor.

La novela gótica surge pues dentro de esa idiosincrasia que identifica al movimiento, al siglo y a tales modernos. Se trata de novelas de terror. Así de simple se podría resumir lo que esas narraciones pretendían, convertir el terror en algo sublime. Esos textos que abarcan una amplia diversidad en realidad se ajustan en gran medida a esos términos. Tres son los principales elementos que las inspiran: el medievalismo, el exotismo y el orientalismo. Es decir en ellas es fundamental y cobra una relevancia de primera magnitud dónde sucede la acción: castillos con criptas y pasadizos, viejos monasterios de la época feudal, el paisaje como en todo el periodo romántico es fundamentalmente reflejo del estado atribulado de los protagonistas: espesos bosques umbríos, pantanos cenagosos, remotos parajes cubiertos por la niebla, roquedos deshabitados y ventosos… en fin sitios donde poder asustarse más o más fácilmente. A su vez suele pesar en la trama de estos relatos oscuras leyendas o maldiciones familiares, elementos que casi condenan de por vida a sus protagonistas estigmatizándolos, siendo con mayor frecuencia mujeres jóvenes –que en algún momento cumbre de la narración se desmayan acrecentado su vulnerabilidad ante el peligro- las que padecen el rigor de las mismas. En general en el romanticismo hubo una atención desmesurada hacia los temas de ultratumba y lo esotérico, que estas narraciones no dejan escapar. La muerte pasó a ser un tema menos tabú y se habló y escribió en prosa y en verso sobre él con un casi insano deleite de atracción por ella. Porque los románticos decían sufrir y solían ensalzar lo gozoso de ese sufrimiento. Quizá esa postura moral y anímica los hacía sentirse diferentes de sus predecesores y por tanto más adaptados al porvenir, porque es evidente que en muchos de ellos se trata de una actitud insoslayablemente de moda, que aun así hizo que muchos muriesen demasiado jóvenes y no siempre por causas naturales. En los relatos aparecen entonces fantasmas, espíritus, almas que no encuentran el eterno descanso fruto de algún mal hecho en vida.

¿Pero quiénes cultivaron el género? Fue algo de lo que se ocuparon en cierta medida autores en toda Europa y en la pujante Norteamérica. Sin embargo los maestros y mayores cultivadores del mismo fueron los anglosajones. Desde la segunda mitad del siglo XVIII aparecieron en Gran Bretaña títulos ya de este género. Pero hoy en día, los ejemplos que más perduran en nuestra memoria son posteriores: “Frankenstein o el moderno Prometeo” de Mary Shelley; “Drácula” de Bram Stoker; diversos trabajos del bostoniano Edgar Allan Poe (“El cuervo”, “la casa Usher” etc.), del escocés Stevenson (“Olalla”, “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde” por ejemplo), “Una vuelta de tuerca” de Henry James etc. En esta relación deben incluirse también los cuentos del francés Guy de Maupassant por citar sólo algún autor de otra lengua que no sea la inglesa. Y también en España muy modestamente se trabajó este género: “Las Leyendas de Bécquer”, y algunos autores de la época con diversos cuentos o poemas.

Surgen desde las páginas de esas historias todo un conjunto de seres que no han dejado de fascinar al lector: vampiros, hombres lobo, otros ya más arraigados de antes como las brujas y los demonios. Y con ellos se introducen elementos de una incipiente ciencia-ficción, como es el caso de la obra de Mary Shelley, o de alguna de las obras de Julio Verne que también pueden incluirse en este género de relatos. Además en estas obras subyace un erotismo soterrado, que justifica acaso el gran interés que suscitan desde su aparición. Es frecuente que estas narraciones sean a menudo breves, no pasando incluso del cuento que por tanto desde la prosa medieval no conoció mayor esplendor, y si se constituyen en novela lo son de pequeño tamaño frente a los trabajos de otros autores como los realistas por ejemplo considerados en todo momento de mayor enjundia o empaque. Debe señalarse que incluso estos mismos trabajos a veces se afrontan desde el campo de la poesía algo que incluso los mismos autores que narran hacen, sea el caso de Poe, Stevenson, o nuestra Rosalía de Castro o Zorrilla etc. Convirtiendo la lírica en un vehículo con el que contar este tipo de historias fantásticas.

En resumen se puede concluir que la literatura gótica nació a expensas de los intelectuales del momento y atendiendo a sus gustos y preocupaciones logrando un género popular con la ambición de entretener y acaso resultar impactante, que aunque partía de elementos comunes estaba alejado de las historias del folcklore tradicional de las distintas tierras, pues era premeditadamente elaborado y sujeto a unos principios estéticos y literarios muy marcados. Algo que parece que hayan conseguido.







Carlos Pereira

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