7 de mayo de 2012

Al faro



Como si fuera James Ramsay, hoy puedo afirmar desde la última página de la novela -roca desde la que se ilumina toda la obra con un rayo esclarecedor- ¡misión cumplida!; ¡he leído con gran placer Al faro! Hace unos años, esta frase hubiera suscitado en mí cierta incredulidad pues esta novela de Virginia Woolf me parecía una prosa bastante inaccesible.

Tratando de hacer una pequeña aproximación a lo que considero una auténtica obra de arte de la literatura del siglo XX, me gustaría trazar una serie de pinceladas que faciliten el acceso a esta novela. En primer lugar, cabe señalar que es una obra que debe leerse en el momento interior y exterior apropiado. Para un lector que busque una narración desenfrenada, llena de aventura, será un suplicio enfrentarse a este relato, en el que el relato se aparte de los hechos para centrarse en la pintura de caracteres.
Al faro fue dividida por la propia escritora en tres secciones con título propio. La primera, titulada "La ventana", nos presenta a los personajes de la obra. Será una decepción infantil, de esas que marcan profundamente el alma y condicional el carácter personal, la que sirve de desencadenante de ese retrato.
James, el hijo pequeño de los Ramsay, se siente profundamente emocionado cuando su madre asegura que al día siguiente irán de excursión al faro. Sin embargo, su padre, el realista señor Ramsay, no deja que el niño sueñe mucho rato, apresurándose a desmentir la promesa hecha por su mujer con la afirmación de que el periplo será imposible debido al tiempo. La ira se desata en James, que observa con rencor a su padre, mientras que en su alma se avivan las brasas de amor hacia su madre. Resulta impresionante cómo la escritora consigue retratar el modo en que el estado anímico. influye en la percepción de la realidad. 
-Si el tiempo es bueno, por supuesto que iremos -dijo la señora Ramsay-. Pero tendréis que levantaros con la aurora -añadió.
Fue muy grande la alegría que aquellas palabras causaron en su hijo menor, como si ya hubiera quedado decidido que la expedición era cosa segura y que la maravilla que anhelaba desde hacía tanto tiempo -años y años, se diría- se hallaba, después del breve paréntesis de la oscuridad de una noche y de una jornada de navegación, al alcance de la mano. Dado que a los seis años pertenecía ya a la gran familia de quienes son incapaces de separar un sentimiento de otro, y están obligados a permitir que las esperanzas futuras, con sus alegrías y sus penas, oscurezcan la realidad presente, y dado que para tales personas, incluso cuando no son más que niños, cualquier giro de la rueda de las sensaciones tiene poder para cristalizar y fijar el momento sobre el que descansa su sombra y su luz, James Ramsay, sentado en el suelo mientras recortaba las ilustraciones del catálogo de los Almacenes del Ejército y de la Marina, dotó, mientras su madre hablaba, de una felicidad supraterrena a la imagen de un refrigerador. Era un aparato aureolado de alegría. La carretilla, la segadora de césped, el ruido de los álamos, la palidez de las hojas antes de la lluvia, los graznidos de los grajos, el raspar de las escobas, el frufrú de los vestidos: cada una de aquellas sensaciones tenía en su mente un colorido tan nítido que constituían ya un código privado, un lenguaje secreto, aunque él, con su frente alta y sus despiadados ojos azules, impecablemente cándidos y puros, fruncido el ceño ante el espectáculo de la fragilidad humana, pareciera la imagen de la severidad más inflexible y absoluta, por lo que su madre, al verlo guiar sin vacilación las tijeras en torno al refrigerador, se lo imaginó, todo de rojo y armiño, administrando justicia o dirigiendo una importante y delicada operación financiera durante alguna crisis de los asuntos públicos.
-Pero no va a hacer buen tiempo -dijo su padre, deteniéndose delante de la ventana de la sala de estar.
Si hubiera tenido a mano un hacha, un atizador para el fuego o cualquier otra arma capaz de agujerear el pecho de su padre y de matarlo, allí mismo y en aquel instante, James la hubiera empuñado con gusto. Tales eran los abismos de emoción que el señor Ramsay provocaba en el pecho de sus hijos con su simple presencia.
La madre de James es una mujer de belleza excepcional, que con su intuitiva percepción de los sentimientos de los que le rodean, logra superar y triunfar en las situaciones más complejas de la vida cotidiana, algo fundamental en el seno de una familia con ocho hijos a la que se han unido una serie de amigos algo peculiares para pasar las vacaciones de verano: entre ellos destaca Lily Briscoe, una joven e insegura pintora, Minta, el filósofo descreído Tansley y  un poeta en ciernes llamado Carmichael. 
A lo largo de esta parte todos los personajes, a través de monólogos interiores, van trazando su peculiar visión del señor y la señora Ramsay. A través de esos retratos y de las pinceladas cruzadas que los personajes van trazando sobre su forma de ser, el lector acaba de forjarse, a través de diversas perspectivas hábilmente entretejidas, su idea sobre cada uno de ellos.

La segunda parte de la obra, "El tiempo pasa", refleja en su título el tema que ocupa esta sección de la novela. En ella se describe cómo afecta el transcurso del tiempo a los objetos inanimados, la naturaleza y a la familia Ramsay y sus amigos.
Implacable, apenas visible, el tiempo va moldeando la realidad sin que nadie ni nada pueda detenerlo. Los personajes desaparecen casi por completo en este apartado de la narración, en el que la autora otorga el papel principal de protagonista a esa realidad impersonal y que tan hondamente afecta a los seres humanos, y reflexiona sobre él.

Pero, ¿qué es una noche, después de todo? Un periodo muy breve, sobre todo cuando la oscuridad se difumina tan pronto, y enseguida canta un pájaro, un gallo, o en el fondo de una ola se aviva un verde casi imperceptible, semejante al de una hoja que nace. A una noche, sin embargo, le sigue otra noche. El invierno almacena toda una baraja y reparte las cartas equitativa, uniformemente, con dedos infatigables. Las noches se alargan y se oscurecen. Algunas sostienen en lo algo nítidos planetas, láminas de claridad. Los árboles otoñales, asolados como están, conocen el brillo que enciende a veces los estandartes hechos jirones en la penumbra fresca de los panteones catedralicios, donde letras doradas y páginas de mármol describen la muerte en combate y cómo los huesos se blanquean y arden muy lejos, en las arenas de la India. Los árboles otoñales relucen bajo el amarillo claro de la luna, bajo las lunas de la recolección, la luz que dulcifica la energía del trabajo y alisa los rastrojos y hace que la ola se vista de azul para lamer la orilla. 
Era como si, conmovida por la penitencia humana y por todos sus esfuerzos, la bondad divina hubiera descorrido la cortina para presentar tras ella, únicas, inconfundibles, la liebre erguida, la ola al romperse, la embarcación  balanceante, realidades todas que, si las mereciéramos, serían nuestras para siempre. Pero, desgraciadamente, la bondad divina, tirando de la cuerda, cierra la cortina; la divinidad no está contenta; cubre sus tesoros con una lluvia de granizo, con lo que los destroza y los confunde hasta que parece imposible que puedan nunca recuperar su calma ni que podamos recomponer un todo perfecto ni leer en los fragmentos desperdigados las claras palabras de la verdad. Porque nuestra penitencia sólo merece una visión momentánea; nuestros esfuerzos tan sólo una tregua.
Las noches están llenas de viento y destrucción; los árboles se agachan y se inclinan y sus hojas vuelan atropelladamente hasta que cubren el césped, se amontonan en las cunetas, atascan los canalones y se desparraman por los senderos húmedos. También el mar se agita y se rompe y, en el caso de que algún durmiente, con la esperanza de encontrar en la playa respuesta para sus dudas, o un compañero para su soledad, aparte la ropa de la cama y descienda solo para pasear por la arena, ninguna imagen con apariencia de servicio ni de divina presteza acudirá de inmediato para poner orden en la noche ni para hacer que el mundo refleje los puntos cardinales del alma. La mano se acorta en su mano; la voz le ruge en el oído. Casi se diría que, en medio de semejante confusión, es inútil hacerle a la noche esas preguntas sobre causas y motivos, sobre el cómo y el porqué tientan al durmiente a abandonar su lecho en busca de respuesta.
[El señor Ramsay, al tropezar en un corredor una mañana oscura, abrió los brazos, pero, como la señora Ramsay había muerto de manera bastante repentina la noche anterior, las brazos abiertos siguieron vacíos]
La narración concluye con El faro: en esta sección se vuelven a reunir los miembros de la familia vivos y varios amigos en la casita de la costa, para recordar a los difuntos con una excursión al faro. En esta parte el punto de vista se va turnando entre cuatro personajes: el señor Ramsay, más autocompasivo y exigente que nunca, Lily Briscoe, quien ha logrado cierto equilibrio y convicciones interiores y los hijos de los Ramsay Cam y James. Esta pintora reflexiona sobre el matrimonio Ramsay y las cuestiones que debido a su relación con ellos se ha planteado: ¿cuál es el sentido de la vida?; ¿qué es la belleza?; ¿qué es la verdad?; ¿qué relaciones existen entre ellas?; ¿es posible encontrar un puesto en la vida fuera de los socialmente establecidos?
Así las personalidades opuestas del señor y la señora Ramsay no son finalmente las que logran la victoria en su existencia: es la insignificante Lily la que, gracias al arte y su sensibilidad, consigue triunfar sobre el paso de los años gracias a su obra. Ni la belleza arrebatadora ni la verdad inexorable y dolorosa obtienen un hueco en la eternidad. Es la artista, con la conciliación amorosa y humilde de ambos la que consigue una visión cabal de la existencia y con ello una cierta permanencia en la existencia.
Una novela que invita a la reflexión sobre grandes temas existenciales y sobre los más delicados destalles del día a día, con una prosa llena de poesía, pausada y a la que no sobra ni falta nada. Imprescincible

4 comentarios:

  1. Me costó leerla, pero si hubiese tenido estos comentarios tuyos, habría sido más fácil su lectura. De todos modos, vale la pena entrar en el mundo de "Al faro" cuando se está con el ánimo adecuado. Gracias.

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  2. Anónimo5/09/2012

    Gracias por tu comentario, Susana. No es, efectivamente una novela fácil, pero es preciosa.
    Hay un aspecto que se me olvidó señalar en el post y es la forma en que se trata el tiempo. La primera parte, la más extensa en número de páginas, dura dos días, si no me equivoco. La segunda, que abarca años, es la más breve de todas. La última sección abarca unas horas. Esto puede permitir que nos formemos una idea sobre la obra: una pintura, es la palabra que mejor describe la obra.
    Marian

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  3. Anónimo5/16/2012

    Me encanta la primera imagen, de dónde la has sacado, de que autor es?
    Eugenia Llull, pintora

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  4. En este sitio http://www.bygart.com/FichaArticulo~x~Suenos-infantiles~IDArticulo~2136.html

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