15 de febrero de 2012

Diario de un invierno


Fuente: Babelia
Siguiendo la estela elegíaca o nostálgica de otras aventuras otoñales de grandes narradores contemporáneos en busca de la propia identidad y liberados a través de la confesión ficcional, -Pelando la cebolla o La caja de los deseos de Günter Grass, Hombre lento de Coetzee, Elegía de Philip Roth, Se está haciendo cada vez más tarde de Tabucchi, Calle de las tiendas oscuras de Modiano-, Diario de invierno completa, con impudor, ironía e introspección elevada a la enésima potencia las tentativas autobiográficas que Paul Auster inició con El cuaderno rojo (1993) y A salto de mata. Crónica de un fracaso precoz (1997) y que trazan la vida de este chico judío y cosmopolita pero sumamente americano que, como Nabokov, Henry Roth o Richard Ford, quiso también compartir con sus lectores una versión novelada de su verdadera vida, una historia verdadera como la que proclamaba en El cuaderno rojo
La sofisticada retórica de la segunda persona elegida por el autor de Leviatán controla un discurso monológico que formalmente quiere presentarse, literalmente (y literariamente), como un diálogo de Auster consigo mismo, pieza teatral en un acto en el que Mr. Auster recuerda a Paul desde su tierna infancia en Nueva Jersey hasta su vida feliz con Siri Hustvedt en su residencia de Brooklyn, un desdoblamiento al parecer inevitable a juzgar por lo que el propio Auster escribió en Experimentos con la verdad, a saber, que "en el proceso de escribir o pensar sobre uno mismo, uno se convierte en otro". Y Diario de invierno, su esmerado autorretrato con retoques, como los de Beckmann, Hockney o Lucian Freud, en ocasiones un diario personal consigo mismo por persona interpuesta y por momentos unas memorias en toda regla, podría verse con las mismas lentes con las que Auster observó que su novela La invención de la soledad no respondía a una autobiografía propiamente dicha, sino a "una reflexión sobre ciertas cuestiones, conmigo como personaje central". 
¿Qué cuestiones son las que se abordan aquí? Su condición judía, su condición cosmopolita (un trotamundos de Nueva York a Nueva York con escalas en medio mundo y años de trasterrado en París como un rezagado escritor bohemio de la Generación Perdida de Dos Passos), su condición humana (la sexualidad adolescente, retratada aquí de forma convencional, sin que el talento venza al tópico; la pertenencia a un árbol genealógico de cuyas ramas cuelga un asesinato; la tristeza por la pérdida de los progenitores; su educación sentimental, la felicidad conyugal y paterna, la conciencia de la decrepitud física), su condición de inquilino de veintiuna sedes inmobiliarias listadas y descritas à la mode de Perec, como especies de espacios, y su condición de escritor, esto es, de lector, que ya avanzó en A salto de mata y en su novela alegórica Viajes por el Scriptorium, y que se encarna en su máquina de escribir Olimpia, su tesis con Edward Said o sus novelas de éxito. Al fondo se percibe su condición política, de izquierdas, of course (lo que sea que signifique eso para el Tío Sam).
Bienvenidos al paraíso de la memoria afectiva de la mano de esa bendita impostura literaria que juega a las cartas con la verdad y acaba siempre venciéndola. 

Más información: Babelia

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