16 de enero de 2012

El silencio de las sirenas


La historia de las sirenas es uno de los episodios más conocidos de la Odisea, poema épico del siglo VIII a. d. C. atribuido a Homero. Las sirenas son unos seres mitológicos, mitad mujer, mitad ave y son mencionadas por primera vez precisamente en la dicha epopeya. Según ésta las sirenas eran dos. Otras tradiciones posteriores señalan que eran cuatro: Teles, Redne, Molpe y Telxiope. Las sirenas son famosas por su habilidad musical y algunos mitógrafos les atribuyen los papeles propios de cada parte de un cuarteto. Según Apolodoro, una tocaba la lira, otra cantaba y otra tocaba la flauta.
Según la leyenda las sirenas habitaban en una isla del Mediterráneo y atraían con su música a los marineros de los barcos que pasaban por allí y que, al acercarse peligrosamente a la isla, se iban a pique y eran devorados por estos genios marinos.
En la Odisea, al pasar por la zona habitada por las sirenas, Ulises mandó a los marineros de su nave que se tapasen los oídos con cera y él, deseando experimentar los placeres de la música, se ató con cadenas al mástil, con la orden de que nadie lo desatase. Cuando empezó a oír el canto de las sirenas, Ulises quiso ir a su encuentro, pero sus compañeros, siguiendo sus instrucciones, lo mantuvieron atado. 
A continuación reproduzco un relato de Frank Kafka en el que reelabora este mito para crear una nueva historia sobre la aventura de Ulises.

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Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación. He aquí la prueba:
Para protegerse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bien quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con alegría inocente.
Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas.
En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas, les hizo olvidar toda canción.
Ulises (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él estaba a salvo. Fugazmente, vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo más acerca de ellas.
Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises.
Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó.
La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo. 


Bibliografía: 
Diccionario de mitología griega y romana / Pierre Grimal .-- Barcelona, Buenos Aires, México : Paidós, 1984.


2 comentarios:

  1. "Sirenas (...) mitad mujer, mitad ave". Y yo que creía que eran mitad mujer, mitad pez. Para esa otra visión más divulgada de las sirenas, para su plasmación en relatos del siglo XX, propongo "La sirena" de G. T. di Lampedusa, está disponible en este lugar: http://www.escrituracreativa.com/escrituracreativa/word/ligea.pdf

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  2. Anónimo1/17/2012

    Yo también pensaba lo mismo, y además creía que eran muchísimas.
    Muy interesante.

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