25 de noviembre de 2011

En recuerdo de Edgar Allan Poe

Recuerdo perfectamente mi primer encuentro con la obra de Edgar Allan Poe. Tenía yo 12 años y habían llegado las deseadas vacaciones de verano. Sin embargo, al cabo de un mes, debido al exceso de tiempo libre en una ciudad de la que habían huido la mayor parte de mis amiga me aburría. Y eso no podía ser. A grandes males, grandes remedios y el mejor que yo conocía era la lectura. Así que me las arreglé para engatusar a mis padres -que por otro lado siempre se mostraban partidarios del fomento de la lectura- para ir a una librería y comprar dos libros. Los dos eran de la editorial Anaya y se titulaban respectivamente El misterio del cuarto amarillo y El gato negro.Si el primero no me causó ninguna impresión, el segundo me conmocionó profundamente. Los relatos de Edgar Allan Poe producían horror. No daban miedo, pero su lectura suscitaba en el inconsciente, de un modo misterioso una sensación de inquietud. En algunos casos la resolución de la trama era sencilla -como en el de El entierro prematuro- en otros, se resolvía favorablemente, como en El pozo y el péndulo. Sin embargo, en todos reinaba una atmósfera oscura que me impedía conciliar el sueño con tranquilidad. Además de la maravillosa escritura de Poe, que no dejaba una sola palabra al azar, ayudaban a producir este efecto desazonador  las ilustraciones de Harry Clarke. En blanco y negro, en unas hojas de color brillante, que hoy veo ligeramente amarillentas, las imágenes del ilustrador irlandés que tan honda impresión me causaron. 
Este año, la editorial Edelvives ha publicado Cuentos macabros, una re-edición de varios cuentos de Poe, ilustrados por otro maestro del dibujo, Benjamín Lacombe. Por desgracia todavía no poseo ese libro, aunque espero poder pedirlo a los Reyes. 
A continuación pongo a vuestro alcance los dibujos del libro con el que conocí al escritor norteamericano, así como la información que he conseguido sobre el nuevo libro de Edelvives.

El gato negro
El entierro prematuro
El pozo y el péndulo





Ligeia
El barril de amontillado                                                     Descenso al Maelstrom
Berenice
Los tiempos han cambiado y la editorial Edelvives ha empleado la informática para anunciar su nuevo libro, cuyas ilustraciones, más coloridas, no dejan por ello de tener un efecto lúgubre.











Entradas relacionadas: El cuervo, Aniversario de Edgar Allan Poe, El entierro prematuro

21 de noviembre de 2011

Líbranos del bien



Göteborg. Suecia. En un parque de la ciudad es encontrado un cadáver descuartizado y completamente irreconocible.
El hecho de que el cuerpo no contenga sangre y que no exista el más mínimo rastro en la nieve caída  la noche anterior dejan perpleja a la médico forense Karin quien, junto con el departamento de policía de la ciudad dirigido por el detective  Nils Knöve, se encarga de un caso que se complica cuando se descubre que el cadáver es el de una modelo rusa, cuya desaparición se encuadra en el de un supuesto tráfico de órganos en el norte de Suecia.
Para colmo de males, el trabajo de Karin y el detective Knöve se complica por los problemas familiares del detective que está tramitando su divorcio.
Este resumen sería perfectamente aceptable para un lector del siglo XXI, acostumbrado a la continua publicación de novela negra nórdica, caracterizada por casos  sangrientos, ubicados en escenarios algo lejanos, llenos de hielo, sin luz, en los que la vida de los personajes se desenvuelve en un ritmo de trabajo que llena el tiempo más íntimo y en el que la familia termina resintiéndose por ello.
En este sentido, las novela novela de Donna Leon que hoy reseño, Líbranos del bien, presenta un caso muy distinto: no hay cadáveres, la acción se sitúa en Venecia y el encargado de resolver el caso es un comisario felizmente casado desde hace 25 años.
La trama comienza cuando unos de carabinieri encapuchados irrumpen a las tres de la madrugada en casa de un pedriatra y su esposa y después de propinar al médico una brutal paliza, les arrebatan a su hijo, un bebé de tan sólo dieciocho meses, acusándolos de haberlo comprado en el mercado de niños existente en el sur de Italia.
El comisario Brunetti, avisado por una vecina de los gritos y el ataque  que ha ocurrido, comienza una investigación que le conduce a un complejo negocio de bebés, dirigido a parejas que, afectadas por problemas de fertilidad, deciden que tienen derecho a tener un hijo a cualquier precio.
Por otro lado, el inspector Vianello descubre una operación de varios farmacéuticos para conseguir dinero mediante la gestión de consultas inexistentes en la medicina pública. La autora borda la narración al lograr conectar ambos hilos narrativos en una historia de final inesperado.
Lo más destacado de esta obra es el hecho de que Donna Leon no se dedica a desarrollar  un argumento policiaco típico. En esta novela, la escritora norteamericana residente en Venecia, se ocupa de plantear numerosos problemas sociales de implicaciones morales: el control de la natalidad, el deseo de paternidad y el derecho al mismo por parte de las parejas que no pueden tener hijos, los problemas de la justicia planteada como una tarea del individuo, el aborto o la inmigración ilegal.
El inconveniente es que Donna Leon adopta las posturas políticamente correctas del momento mostrando su pensamiento  sin tapujos y abordando los personajes que defienden ideas contrarias a las que ella propugna como seres hipócritas, malvados o totalmente aislados de la realidad y problemas actuales.
En definitiva, nos encontramos ante  una novela policiaca distinta a las que habitualmente se ven en los escaparates, con una tramas inteligente, que se ve oscurecida por su intento de defender a través de la trama unas posturas ideológicas. Calificándola a grandes rasgos, Líbranos del bien, podría ser considerada como  una novela negra de tesis. El hecho de que se planteen temas de la envergadura moral y social de los que aparecen en la obra exige un tratamiento mucho más fino y no tan sesgado como el que hace Donna Leon, quien sin embargo, merece un aplauso por no quedarse en un argumento comercial sin ningún tipo de implicación.

11 de noviembre de 2011

El libro en Grecia y Roma




"Si la mirada de la joven romana que nos observa desde uno de los frescos pompeyanos más conocidos, por uno de esos azares espacio-temporales a los que nos tiene acostumbrados el cine, acabara recalando en la sociedad moderna de principios del año 2010, se encontraría ante algo que le resultaría enormemente familiar. Y es que, en un momento histórico dominado por la tecnología y ante un panorama prácticamente irreconocible, vería que algunos de nuestros contemporáneos siguen practicando la vieja costumbre de tomar notas con una especie de punzón, con el que escriben sobre una extraña tablilla electrónica a la que llaman pda, smartphone o tabletpc. En esencia, y salvando las abismales distancias que separan su época de la nuestra, esa joven del pasado grecorromano se encontraría ante los mismos gestos, el mismo instrumento (un stilus) y el mismo soporte (una tablilla) que ya se utilizaban en vida de Pericles o de Trajano. Algo similar, en definitiva, a los instrumentos que la joven muestra orgullosa ante nuestros ojos. Sería como si el tiempo, en este aspecto particular, no hubiera pasado. Como si un soporte de escritura, que a fin de cuentas es el más antiguo que conocemos, hubiera vencido al paso inexorable de los años."
Con estas palabras comienza el libro de Juan Carlos Iglesias Zoido, El libro en Grecia y Roma. Este manual, de apenas 150 páginas, repasa la historia del libro en el mundo clásico en tres capítulos dedicados respectivamente a los soportes, los formatos del libro y su producción, lectura y transmisión.
En el capítulo dedicado a los soportes el autor aborda en secciones separadas cada uno de ellos -tablillas, papiros, otros materiales y utensilios del copista-, repasando muy brevemente la historia de los mismos y sus peculiaridades en Grecia y en Roma.
En el segundo capítulo, Juan Carlos estudia las formas en que se presentan dichos soportes: rollo, códice y la transición definitiva del primero al segundo.
Finalmente, en el último de las partes de la obra se interna en el mundo de la lectura, en el que trata, como no, de las bibliotecas de la antigüedad.
Podría parecer que el libro termina aquí. Pero esto es sólo el principio. La obra presenta una sección bibliográfica que resulta de gran interés para todos los interesados en la historia de libro, así como una sección de enlaces a distintas páginas web en las que el lector puede encontrar muestras digitalizadas de materiales de la antigüedad. Finalmente y como colofón, presenta una serie de textos  grecolatinos sobre libro de la época, entre los que me permito destacar los epigramas de Marcial, seguida de un glosario de los términos codicológicos.



El libro en Grecia y Roma . Soportes y  formatos /  Juan Carlos IGLESIAS  ZOIDO .-- Cáceres : Universidad de Extremadura, Servicio de Publicaciones, 2010.
148 pp.

9 de noviembre de 2011

El sueño



Josef K. soñó: Era un día hermoso, y K. quiso salir a pasear . Apenas dió dos pasos, llegó al cementerio.
Vió numerosos e intrincados senderos, muy numerosos y nada prácticos; K. flotaba sobre uno de esos senderos como sobre un torrente, en un inconmovible deslizamiento. Su mirada advirtió desde lejos el montículo de una tumba recién cubierta, y quiso detenerse a su lado.
Ese montículo ejercía sobre él casi una fascinación y le parecía que nunca podría acercarse demasiado rápidamente. De pronto, la tumba casi desaparecía de la vista, oculta por estandartes que flameaban y  entrechocaban con fuerza; no se veía a los portadores de los estandartes, pero era como si allí reinara un gran júbilo. Todavía buscaba a la distancia, cuando vió de pronto la misma sepultura a su lado, cerca del camino; pronto la dejaría atrás. 
Saltó rápidamente al césped. Pero como en el momento del salto el sendero se movía velozmente bajo sus pies, se tambaleó y cayó de rodillas justamente frente a la tumba. Detrás de ésta había dos hombres que sostenían una lápida en la tierra, donde quedó sólidamente asegurada. Entonces surgió de un matorral un tercer hombre, en quién K. inmediatamente reconoció a un artista. Sólo vestía pantalones y una camisa mal abotonada; en la cabeza tenía una gorra de terciopelo; en la mano un lápiz común, con el que dibujaba figuras en el aire mientras se acercaba Apoyó ese lápiz en la parte superior de la lápida, que era muy alta; el hombre no necesitaba agacharse, pero sí inclinarse hacia adelante, porque el montículo de tierra (que evidentemente no quería pisar) lo separaba de la piedra. 
Estaba de puntillas y se apoyaba con la mano izquierda en la superficie de la lápida. Mediante un prodigio de destreza logró dibujar con un lápiz común letras doradas y escribió: "Aquí yace". Cada una de las letras era clara y hermosa, profundamente inscrita y de oro purísimo Cuando hubo escrito las dos palabras, se volvió hacia K. quien con gran ansiedad por saber cómo seguiría la inscripción, apenas se preocupaba por el individuo y sólo miraba la lápida. 
El hombre se dispuso nuevamente a escribir, pero no pudo, algo se lo impedía; dejo caer el lápiz y nuevamente se volvió hacia K. Esta vez K. lo miró y advirtió que estaba profundamente perplejo, pero sin poder explicarse el motivo de su perplejidad. Toda su vivacidad anterior había desaparecido. Esto hizo que también K. comenzara a sentirse perplejo; cambiaban miradas desoladas; había entre ellos algún odioso malentendido, que ninguno de los dos podía solucionar. Fuera de lugar, comenzó a repicar la pequeña campana de la capilla fúnebre, pero el artista hizo una señal con la mano y la campana cesó. Poco después comenzó nuevamente a repicar; esta vez con mucha suavidad y sin insistencia; inmediatamente cesó; era como si solamente quisiera probar su sonido. 
K. estaba preocupado por la situación del artista, comenzó a llorar y sollozó largo rato en el hueco de sus manos. El artista esperó que K. se calmara y luego decidió , ya que no encontraba otra salida, proseguir su inscripción . El primer breve trazo que dibujó fué un alivio para K. pero el artista tuvo que vencer evidentemente una extraordinaria repugnancia antes de terminarlo; además, la inscripción no era ahora tan hermosa, sobre todo parecía haber mucho menos dorado, los trazos se demoraban, pálidos e inseguros; pero la letra resultó bastante grande. Era una J.; estaba casi terminada ya, cuando el artista, furioso, dió un puntapié contra la tumba y la tierra voló por los aires. 
Por fin comprendió K.: era muy tarde para pedir disculpas; con sus diez dedos escarbó en la tierra, que no le ofrecía ninguna resistencia; todo parecía preparado de antemano. Sólo para disimular, habían colocado esa fina capa de tierra; inmediatamente se abrió debajo de él un gran hoyo, de empinadas paredes, en el cual K. impulsado por una suave corriente que lo colocó de espaldas, se hundió. Pero cuando ya lo recibía la impenetrable profundidad esforzándose todavía por erguir la cabeza, pudo ver su nombre que atravesaba rápidamente la lápida, con espléndidos adornos. 
Encantado con esta visión, se despertó. 

Franz Kafka

8 de noviembre de 2011

Las aventuras de Wesley Jackson

Para Francis.


No es mucha la información disponible sobre William Saroyan. Nacido en Fresno en 1908 en el seno de una familia de inmigrantes armenios, ingresa a la edad de  tres años en un orfanato tras la muerte de su padre. En 1925, tras haber sido expulsado varias veces del instituto por falta de disciplina, Saroyan, trabaja con su tío, viaja a Nueva York y a San Francisco, ciudad en la que terminará realizando pequeños trabajos mal pagados que compagina con largas estancias en la biblioteca pública y redactando con su inseparable máquina de escribir.
En 1932 publica sus primeros poemas en una revista armenia. Dos años más tarde, con la aparición del Joven audaz sobre el trapecio volante, alcanza un éxito rotundo entre el gran público y la crítica de su país. Tras realizar viajes por Europa y América y  publicar varias obras de importancia menor, Saroyan ingresa en 1942 en el Ejército de los Estados Unidos.
Ese mismo año escribe La comedia humana, una de las novelas con las que conseguirá una mayor fama. Ya en 1944 el Gobierno de su país le contrata para que escriba una novela bélica, que aliente a los soldados de sus filas. A cambio, le prometen dejarle volver desde Londres, donde se encontraba en aquel momento, a América para ver a su mujer y a su hija recién nacida.
Saroyan escribió entonces Las aventuras de Wesley Jackson, una novela sobre la guerra, pero en ningún caso belicista, por lo que no recibió la recompensa prometida.
Las aventuras de Wesley Jackson es una narración de un joven con 18 años, de San Francisco, quien cuenta en primera persona todos los sucesos que le acontecen desde que ingresa en el ejército de los Estados Unidos con motivo del estallido de la Segunda Guerra Mundial. El padre de Wesley, un bebedor empedernido, se preocupa de que su hijo reciba una educación moral para que sea mejor persona que lo que él ha sido. Y Wesley es una buena persona. Es un personaje excepcional, que abre su interior ante los ojos del lector sin pudor alguno para desvelar los secretos aparentemente más nimios de su personalidad: su canción favorita es Valencia, echa de menos a su madre y a su hermano, no le gusta la guerra y, lo que para él es muy importante, es terriblemente feo.
No es esa sin embargo la impresión que cala más en la conciencia del que lee esta novela, en la que el protagonista evoluciona interiormente, sin perder nunca su pureza. Nos encontramos ante una novela de aprendizaje, en la que las referencias autobiográficas están muy presentes.
Wesley comienza siendo un ser muy ingenuo e inocente. Escribe una carta destinada a su profesora de la escuela dominical de la Iglesia Presbiteriana, con la ilusión de recibir una respuesta. Todos los chicos del ejército escriben cartas y reciben respuestas.
Pero Wesley no recibe la contestación que espera. De hecho no es la señorita Fawkes la que responde a su carta, sino el pastor de la iglesia, que además de anunciarle la muerte de su antigua profesora, le dice a Wesley algo que él nunca había podido imaginar: tiene madera de escritor y debe seguir ejerciendo como tal.
Al principio -confiesa Wesley- pensé que aquel tipo debía de estar chiflado, pero no tardaría en seguir su consejo, y por eso, ahora estoy escribiendo esta historia, que trata de mí mismo, y también de otra gente, de la que sólo puedo contar lo que sé.

Así al mismo tiempo que se inicia como soldado, Wesley estrena su vocación de escritor. No quiero desentrañar la trama de la obra y por ello me atendré a las palabras que Saroyan pone en boca de su personaje: la novela trata de los hechos que le suceden al protagonista y a sus amigos a lo largo del conflicto, en diversas ciudades aliadas.  Sobre ellos Wesley nunca se manifiesta indiferente. Siempre se compromete moralmente tomando partido por el ser humano. De este modo se convierte en portavoz de un humanismo optimista, que a veces puede resultar excesivo, pero que no debe confundirse con una ignorancia de la maldad presente en el mundo. Wesley la ve, la rechaza y a la vez se resigna a ella como muestra de la pequeñez del ser humano. 
En cuanto a los fallos de la novela, quizá podamos señalar su extensión. Probablemente el resultado de la obra hubiera sido más efectivo con una obra más corta.
En esta novela, William Saroyan se acerca a la excelencia de La comedia humana. En palabras de un amigo, "La comedia humana es a La Iliada, lo que Las aventuras de Wesley Jackson a La Odisea". Con todo no faltan detractores de esta obra de Saroyan, a los que se oponen otras opiniones más mesuradas.





Ficha técnica
Las aventuras de Wesley Jackson / Saroyan, William; traducción de J. Martín Lloret .-- 1ª ed .-- Barcelona : Acantilado, 2006.
390 p. ; 21 cm .-- (Narrativa de Acantilado ; 103)
Traducción de: The adventures of Wesley Jackson


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