25 de marzo de 2011

El manuscrito Voynich

En la historia de libros raros hay uno que se lleva la palma. Está escrito en un lenguaje extraño, que cuenta con su propio alfabeto, y nada se sabe de su autor, del idioma en que está escrito, y por tanto, de su contenido. Se le conoce como Manuscrito Voynich, y esta semana hemos sabido un poquito más sobre su misterio.


Sabemos que la extraña lengua en que está escrito no es una sucesión de signos elegidos al azar, pues cumple ciertas reglas elementales comunes a toda lengua real, como por ejemplo, que la longitud de las palabras más utilizadas sea más corta que la de las demás, lo que se conoce como ley de Zipf.
Desde hacía muchos años, se especulaba con que este extraño libro, poblado de ilustraciones que representan plantas no reconocibles, o mujeres tomando baños, podría ser obra de Roger Bacon, científico, filósofo y teólogo inglés del siglo XIII.
Otros expertos creían que, quien fuera el autor verdadero, podría haber decidido cifrar el texto para proteger su contenido, probablemente relacionado con la astrología o la alquimia. Esta era una costumbre que comenzó a realizarse en el siglo XVI.
Sin embargo, estudiosos del libro de la Universidad de Yale, lugar donde se guarda el manuscrito, han acabado con ambas sospechas al realizar una datación del libro empleando el método del carbono 14.
La datación pudo realizarse, dado que las hojas del libro no son de papel vegetal sino de papel vitela, un tipo de pergamino realizado con piel.
El carbono 14 permitió a los autores del estudio establecer la fecha de elaboración del manuscrito en el siglo XV. Además de eliminar de la quiniela a Bacon, a los esotéricos del siglo XVI, a otros supuestos autores del siglo XVII, la datación libera de culpa incluso a otro de los sospechosos habituales, el propio Voynich.
Este último personaje, especialista en libros antiguos que adquirió el manuscrito en 1912, era a menudo señalado como autor de una posible falsificación. Pero la datación ha demostrado que este fascinante libro no es un timo moderno.
Para realizar la datación, el autor del estudio, Greg Hodgins, extrajo cuatro finas tiras de corta duración de la parte externa de páginas que no formaran parte de desplegables. Después de limpiarlas e incinerar las impurezas para quedarse solo con el carbono, el experimento arrojó el resultado antes anunciado.
Puede que jamás sepamos de qué trata el libro, ya que es probable que la "clave" para descifrarlo se haya perdido hace mucho tiempo, pero mientras soñamos con computadores cuánticos que puedan echar una mano a los expertos, al menos la datación ha servido para reducir la lista de sospechosos.
Fuera quien fuera su autor, los expertos hablan de él como "una mente muy interesante". Sin duda lo era, su rompecabezas ha sobrevivido a los avatares del tiempo, volviendo loco a todos los estudiosos que hasta hoy han posado su mirada sobre él. 
Por Miguel Artime. (tomado de Cuaderno de Ciencias)

24 de marzo de 2011

Acerca de La educación sentimental

Si hay algo que un bloguero agobiado agradece en momentos de alta tensión, como unas oposiciones -dicho con otras palabras, lo que más puedo agradecer como autora del Rincón hoy- es la existencia de algunos seguidores que me proporcionan material para publicar y compartir con vosotros.
Este es el caso de Carlos Pereira Diz, un autor, gallego donde los haya, que me remite esta reseña sobre una obra de los autores que más le fascinan: Flaubert.
Así se manifiesta a propósito de La educación sentimental
"Si hubiera que elegir un único país donde cupiera toda la literatura universal sería Francia. Porque siempre dio al mundo en todas las épocas excelente literatura. Es en definitiva el país más literario del mundo.
Gustave Flaubert era un provinciano francés que ya temprano pensó en escribir. Como otros artistas los escritores saben que la realidad no es nada sin ficción, y que la ficción resulta vacía sin realidad. Flaubert, el novelista del provincianismo, pasaba largas temporadas en París, entonces capital del mundo; trataba y frecuentaba salones, mesas y tertulias con príncipes, actrices, otros colegas escritores, políticos… debía ser un burgués algo excéntrico, muy leído, bastante culto, campechano y con buena conversación.
Pero sobre todo era un hombre que conocía la condición humana, alguien curioso y perspicaz. Que decidió escribir sobre su generación. Dijo a su amigo Bouilhet “¡uno no elige los temas! Los padece.” Y en otro momento manifestó “quiero hacer la historia moral de los hombres de mi generación, aunque `sentimental´ sería una palabra más exacta.” También explicó su obra con las siguientes palabras “es un libro de amor y de pasión; pero de una pasión tal y como puede existir en nuestros tiempos, es decir, inactiva.”
“La educación Sentimental”, publicada en 1.869, es la historia de un ambicioso joven de provincias que acaba de terminar el bachillerato, Frédéric Moreau, quien se enamora apasionadamente de una mujer casada, madame Arnoux, a la que conoce en una travesía en barco. Moreau sueña con alcanzar fama y fortuna pero antes deberá aprender a vivir en sociedad, a desenvolverse en los hábitos y costumbres de su tiempo.
Como Flaubert era un novelista se decantó no por hacer crónica de sus días sino que eligió para hablar de su tiempo y sus gentes el proceloso y a veces inquietante mundo de las emociones. Explicar –acaso explicarse (siempre a los autores se les imputa cuánta biografía guarda su obra)- sentimentalmente un momento histórico, unos días marcados por los historiadores con fechas y sucesos relevantes. Sin embargo esa parcela de historia de Francia no es la más conocida fuera de ella. Aunque sirve de escenario de las vicisitudes del protagonista, no siendo hoy en día lo que hace que la novela se siga leyendo ni lo que da grandeza al texto.
Porque “La educación Sentimental” es una radiografía psicológica del muchacho al que Flaubert llama Frédéric. Sí, Flaubert, es un novelista de personajes. Enma Bovary. Frédéric Moreau. Ambos son personajes peculiares, tratados con complejidad y sin demasiada complacencia, y con un cierto paralelismo: ambos buscan sobresalir o adaptarse al mundo. Ambos se lanzan a la conquista de la sociedad, con sus limitaciones y a veces algo denigrantes armas para ello. Enma utilizaba a los hombres para conseguirlo. Pero Frédéric a las mujeres para lo mismo. Si una alcanza de la peor manera su sueño, y eso la condena y defenestra. El otro no llega a conseguirlo, o sí, pero de una forma tan sutil y necia que no puede llegar a complacerle. Frédéric padeció de amor, y amó, también fue correspondido, pero aun así no obtuvo el placer de disfrutarlo.
Flaubert demuestra ser un escritor tosco, cuyo estilo literario consigue alternar frases prostibularias con delicadísimas sutilezas, con todo trenza fulgurantes visiones del presente y del futuro. Todo en él parece estar sometido a ligeras fricciones como si cada uno de los Flauberts que escribían diese la réplica al otro con cierto desaire e incluso con sarcasmo. El alma de Frédéric es así, sometido a las fuerzas intempestivas del amor, en su sentimiento exacerbado por madame Arnoux, en su dependencia física por el cuerpo de La Mariscala, en su afán de ascensión social junto a madame Dambreuse, y en su supuesta vida anodina y acomodada junto a Louise. Un ramillete de damas entre las que se debate el personaje como si la luz pasase por un prisma descomponiéndose en varios colores."
Por Carlos Pereira 

9 de marzo de 2011

El sueño del rey





-Ahora está soñando. ¿Con quién sueña? ¿Lo sabes?
-Nadie lo sabe.
-Sueña contigo. Y si dejara de soñar, ¿qué sería de ti?
-No lo sé.
-Desaparecerías. Eres una figura de su sueño. Si se despertara ese Rey te apagarías como una vela.

3 de marzo de 2011

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