8 de octubre de 2011

La hora 25


El fenómeno se repetía como en el Día de la marmota: ir a la biblioteca, pasear tiempo y tiempo los ojos por las estanterías buscando el libro para descansar, sacar un libro, llegar a casa, abrir el libro y sentir cómo las palabras no estaban puestas en la página más que por un único motivo: $. Al día siguiente, devolución del libro y vuelta a empezar el proceso de selección.
Se hallaban mis ojos en uno de estos reconocimientos infructuosos, cuando vi un libro: La hora 25. Aparte de reminiscencias radiofónicas, no había en él nada que me atrajese: una portada en negro y violeta llena de cabezas de soldados nazis, un autor rumano desconocido del siglo XX y una editorial, El Buey Mudo, que no conocía de nada. Sin embargo, lo elegí (o tal vez me eligió, quién sabe).
La hora 25 es una novela que, sin ser de tesis, trata de demostrar una idea del autor: llegará un momento en que la sociedad occidental sufrirá una revolución técnica. Fruto de ella los seres humanos se convertirán en "los proletarios de una sociedad organizada según la necesidad y la cultura de la mayoría de los ciudadanos, es decir, los ciudadanos técnicos." En la sociedad técnica el hombre sólo tiene un valor técnico social y por ello puede acontecerle cualquier hecho: "Pueden detenerle y enviarle a hacer trabajos forzados, exterminarle, obligarle a a efectuar quién sabe qué trabajos para un plan quinquenal, para la mejora de la raza u otros fines necesarios a la sociedad técnica, sin ningún miramiento para su persona. La sociedad técnica trabaja exclusivamente según leyes técnicas manejando solamente abstracciones de planos y teniendo una sola moral; la producción."
Éste sombrío panorama es el que se propone retratar en una novela uno de los personajes de la obra, Traian, un escritor de éxito. Para ello decide basarse en las personas que le rodean y los acontecimientos que marcan sus vidas. Entre ellas destaca Ion Moritz, un rumano que es acusado de ser judío por un gendarme del pueblo que desea a su esposa. Iohann sufre en su propio nombre el reflejo de la incapacidad de la sociedad de comprender al individuo y se ve obligado a cambiar en numerosas ocasiones las declaraciones sobre su origen:
"En toda mi vida -dice en un momento el personaje- no he deseado más que unas cuantas cosas: poder trabajar, tener donde cobijarme con mi mujer y mis hijos y llevarme algo a la boca.
¿Me han detenido ustedes por eso?
Los rumanos mandaron un gendarme a requisarme, como se requisan las cosas o los animales. Y yo dejé que me requisaran. Tenía las manos vacías y no podía luchar contra el Rey, ni siquiera contra el gendarme que llevaba fusil y pistolas. Pretendieron que me llamaba Iacob y no Ion, como me había bautizado mi madre. Me encerraron con una multitud de judíos, en un campo rodeado de alambre espinoso -como ganado-, y me obligaron a hacer trabajos forzados. Comíamos en rebaño, como el ganado, bebíamos té en rebaño y acaso pretendían llevarme también un día al matadero en rebaño también. Los otros fueron, sin duda. Pero yo me escapé.
¿Me detuvieron ustedes a causa de eso? ¿Me detuvieron porque me evadí antes de ser conducido al matadero?
Los húngaros pretendieron que no me llamaba Iacob, sino Ion, y me detuvieron porque era rumano. Me torturaron de una manera inhumana y luego me vendieron a los alemanes. Éstos pretendieron que no me llamaba Ion, ni Iacob, sino Ianos, y me torturaron de nuevo porque era húngaro. Luego un coronel me dijo que no me llamaba Iacob, ni Yankel, sino Iohnn, y me obligó a ser soldado..."
El caso de Moritz es uno de los que recorren la obra. Como se puede ver en los fragmentos reproducidos, el escritor tiene un estilo vivo, apasionado. El problema es que pone su estilo al servicio de la idea y lo que podría haber sido un gran libro, se convierte en un libro demasiado largo para demostrar el futuro de una sociedad que abandona la cultura, la belleza y al ser humano; o tal vez pueda considerarse como una obra escrita demasiado rápido por G. Virgil Gheorguiu, quien de haber elaborado más la estructura y haber insistido de un modo menos explícito en sus tesis, estaría en un lugar más destacado de la literatura rumana.
Gheorguiu se merece mi agradecimiento por haberme proporcionado una obra con contenido y una pequeña reprimenda por su visión negra y violeta de la realidad, que me ha hecho correr de nuevo a la biblioteca a buscar otro libro


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