1 de abril de 2011

EL SIGLO DE LA NOVELA, EL SIGLO DE LAS HEROÍNAS

Nunca antes la literatura se había ocupado tanto de la psicología femenina, nunca antes tanto las mujeres eran las protagonistas de las historias que narradas embelesaban a los lectores. “Ana Karenina”, “Madame Bovary”, “Jane Eire”, “La Regenta”, “Fortunata y Jacinta”… y otras novelas. Porque durante el siglo diecinueve la mujer fue el centro de atención de los literatos. La sociedad estaba comprendiendo que las mujeres tenían su propia voz, sus propios temas, su propia vida. Pero la ficción se encargó de tomar esa inquietud más o menos acuciante y ofrecerla en romances irrepetibles. Era el tiempo de esplendor de la ópera. Y la mujer se encarnó en heroínas operísticas. Culminaciones de sensibilidad y dulzura que entraban de lleno en el primer plano de cualquier romance con su misteriosa y atrayente psicología. Porque el diecinueve es también el siglo de la psicología antes de la psicología. Cuando más que una ciencia era un conocimiento y preocupación general, un tema de conversación en salones, tertulias y en las familias; un velado misterio inexplicable que sólo la novela sabía desentrañar al menos en sus aspectos más apremiantes. Así esas damas o ángeles o hadas, que como sin pies se entregaban al amor, en un paroxismo entre el misticismo y la pasión, iban resultando presentes e inteligibles.
Ya se habían escrito novelas, ya era un género literario utilizado -y aún moderno sin embargo-, era el género que mejor permitía reconciliar la realidad con la ficción: el teatro constreñía la vida a un escenario, la poesía eludía la acción por la musicalidad. La novela se adentraba en la realidad sin tapujos, aunque es indudable que con trampas. Cada autor difícilmente podía ofrecer una realidad completa, porque con la literatura sólo se podía llegar hasta donde era admisible llegar, y aún así ofrecía una enconada disección de la sociedad, de sus gentes, de sus afanes, caprichos, vicios, y hasta depravaciones. La novela encarnaba un todo; era la vida escrita en páginas repletas de vicisitudes y avatares que resumían la completa existencia de diversos seres más o menos desgraciados, más o menos afortunados. Las heroínas soportaban estoicamente y con cierto aborrecimiento toda la atención que caía sobre ellas, eran requeridas para ello, se las iba a tomar como elemento de atención y análisis. Se iba a buscar en ellas por el tortuoso camino de la creación literaria las profundidades de la mente. 
Los autores indagaban así en la condición humana, en los enrevesados misterios del ser humano y ofrecían historias ejemplarizantes en mayor o menor medida, explicando además a través de los ojos de sus heroínas la corrupción e insania de su época. Era pues un maridaje, el autor –porque mayoritariamente eran hombres los que escribían- aplicaba su intelecto a desengranar de forma laboriosa un constreñido mundo grande fuera de sus páginas –tal era la paradoja: porque era en el romance donde perduraba la libertad antes que la conveniencia, e iba de la mano de una protagonista que era capaz de ir saltando barreras y miedos, guiada por su amor y su valentía. Todas esas mujeres que se ofrecían en tan selectas páginas podían hacer lo que la mayoría de las reales lectoras que disfrutaban con sus peripecias seguramente no harían nunca. Había un divorcio entre la realidad y la ficción; pero era el principio del fin de aquellos tiempos. La mujer estaba decidida a no volver a perderse el protagonismo de su vida; estaba decidida a enfrentarse al mundo y a sus voraces maledicentes. Todos queremos desde entonces amar con el arrebato de lo prohibido. Todos hemos leído que la pasión empieza por decidir pecar.
Por Carlos Pereira

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