30 de septiembre de 2010

La esfinge sin enigma




LA ESFINGE SIN ENIGMA(Oscar Wilde)



Para Aránzazu, en el día de su cumpleaños

Una tarde, tomaba mi vermú en la terraza del Café de la Paix, contemplando el esplendor y la miseria de la vida parisina y asombrándome del extraño panorama de orgullo y pobreza que desfilaba ante mis ojos, cuando oí que alguien me llamaba. Volví la cabeza y vi a lord Murchison. No nos habíamos vuelto a ver desde nuestra época de estudiantes, hacía casi diez años, así que me encantó encontrarme de nuevo con él y nos dimos un fuerte apretón de manos. En Oxford habíamos sido grandes amigos. Yo lo había apreciado muchísimo, ¡era tan apuesto, íntegro y divertido! Solíamos decir que habría sido el mejor de los compañeros si no hubiese dicho siempre la verdad, pero creo que todos le admirábamos más por su franqueza. Me pareció que estaba muy cambiado.
Daba la impresión de estar inquieto y desorientado, como si dudara de algo. Comprendí que no podía ser un caso de escepticismo moderno, pues Murchison era el más firme de los conservadores, y creía con la misma convicción en el Pentateuco que en la Cámara de los Pares; así que llegué a la conclusión de que se trataba de una mujer, y le pregunté si se había casado.
-No comprendo suficientemente bien a las mujeres -respondió.
-Mi querido Gerald -dije-, las mujeres están hechas para ser amadas, no comprendidas.
-Soy incapaz de amar a alguien en quien no puedo confiar -replicó.
-Creo que hay un misterio en tu vida, Gerald -exclamé-; ¿de qué se trata?
-Vamos a dar una vuelta en coche -contestó-, aquí hay demasiada gente. No, un carruaje amarillo no, de cualquier otro color... Mira, aquel verde oscuro servirá.
Y poco después bajábamos trotando por el bulevar en dirección a la Madeleine.
-¿Dónde vamos? -quise saber.
-¡Oh, donde tú quieras! -repuso-. Al restaurante del Bois de Boulogne; cenaremos allí y me hablarás de tu vida.
-Me gustaría que tú lo hicieras antes -dije-. Cuéntame tu misterio.
Lord Murchison sacó de su bolsillo una cajita de tafilete con cierre de plata y me la entregó. La abrí. En el interior llevaba la fotografía de una mujer. Era alta y delgada, y de un extraño atractivo, con sus grandes ojos de mirada distraída y su pelo suelto. Parecía una clairvoyante, e iba envuelta en ricas pieles.
-¿Qué opinas de ese rostro? -inquirió-. ¿Lo crees sincero?
Lo examiné detenidamente. Tuve la sensación de que era el rostro de alguien que guardaba un secreto, aunque fuese incapaz de adivinar si era bueno o malo. Se trataba de una belleza moldeada a fuerza de misterios... una belleza psicológica, en realidad, no plástica... y el atisbo de sonrisa que rondaba sus labios era demasiado sutil para ser realmente dulce.
-Bueno -exclamó impaciente-, ¿qué me dices?
-Es la Gioconda envuelta en martas cibelinas -respondí-. Cuéntame todo sobre ella.
-Ahora no, después de la cena -replicó, antes de empezar a hablar de otras cosas.


Cuando el camarero trajo el café y los cigarrillos, recordé a Gerald su promesa. Se levantó de su asiento, recorrió dos o tres veces de un lado a otro la estancia y, desplomándose en un sofá, me contó la siguiente historia:
-Una tarde -dijo-, estaba paseando por la Calle Bond alrededor de las cinco. Había una gran aglomeración de carruajes, y éstos estaban casi parados. Cerca de la acera, había un pequeño coche amarillo que, por algún motivo, atrajo mi atención. Al pasar junto a él, vi asomarse el rostro que te he enseñado esta tarde. Me fascinó al instante. Estuve toda la noche obsesionado con él, y todo el día siguiente. Caminé arriba y abajo por esa maldita calle, mirando dentro de todos los carruajes y esperando la llegada del coche amarillo; pero no pude encontrar a ma belle inconnue y empecé a pensar que se trataba de un sueño. Aproximadamente una semana después, tenía una cena en casa de Madame de Rastail. La cena iba a ser a las ocho; pero, media hora después, seguíamos esperando en el salón. Finalmente, el criado abrió la puerta y anunció a lady Alroy. Era la mujer que había estado buscando. Entró muy despacio, como un rayo de luna vestido de encaje gris y, para mi inmenso placer, me pidieron que la acompañase al comedor.
»-Creo que la vi en la Calle Bond hace unos días, lady Alroy -exclamé con la mayor inocencia cuando nos hubimos sentado.
»Se puso muy pálida y me dijo quedamente:
»-No hable tan alto, por favor; pueden oírlo.

»Me sentí muy desdichado por haber empezado tan mal, y me zambullí imprudentemente en el asunto del teatro francés. Ella apenas decía nada, siempre con la misma voz baja y musical, y parecía tener miedo de que alguien la escuchara. Me enamoré apasionada, estúpidamente de ella, y la indefinible atmósfera de misterio que la rodeaba despertó mi más ferviente curiosidad. Cuando estaba a punto de marcharse, poco después de la cena, le pregunté si me permitiría ir a visitarla. Ella pareció vacilar, miró a uno y otro lado para comprobar si había alguien cerca de nosotros, y luego repuso:
»-Sí, mañana a las cinco menos cuarto.

»Pedí a Madame de Rastail que me hablara de ella, pero lo único que logré saber fue que era una viuda con una casa preciosa en Park Lane; y como algún aburrido científico empezó a disertar sobre las viudas, a fin de ilustrar la supervivencia de los más capacitados para la vida matrimonial, me despedí y regresé a casa.
»Al día siguiente llegué a Park Lane con absoluta puntualidad, pero el mayordomo me comunicó que lady Alroy acababa de marcharse. Me dirigí al club bastante apesadumbrado y totalmente perplejo, y, después de meditarlo con detenimiento, le escribí una carta pidiéndole permiso para intentar visitarla cualquier otra tarde. No recibí ninguna respuesta en varios días, pero finalmente llegó una pequeña nota diciendo que estaría en casa el domingo a las cuatro, y con esta extraordinaria postdata: "Le ruego que no vuelva a escribirme a esta dirección; se lo explicaré cuando le vea". El domingo me recibió y no pudo estar más encantadora; pero, cuando iba a marcharme, me rogó que, si en alguna ocasión la escribía de nuevo, dirigiera mi carta "a la atención de la señora Knox, Biblioteca Whittaker, Calle Green”.
»-Existen razones -dijo- que no me permiten recibir cartas en mi propia casa.

»Durante toda aquella temporada, la vi con asiduidad, Y jamás la abandonó aquel aire de misterio. A veces se me ocurría pensar que estaba bajo el poder de algún hombre, pero parecía tan inaccesible que no podía creerlo. Era realmente difícil para mí llegar a alguna conclusión, pues era como uno de esos extraños cristales que se ven en los museos, y que tan pronto son transparentes como opacos. Al final decidí pedirle que se casara conmigo: estaba harto del constante sigilo que imponía a todas mis visitas y a las escasas cartas que le enviaba. Le escribí a la biblioteca para preguntarle si podía reunirse conmigo el lunes siguiente a las seis. Me respondió que sí, y yo me sentí en el séptimo cielo. Estaba loco por ella, a pesar del misterio, pensaba yo entonces -por efecto de él, comprendo ahora-. No; era la mujer lo que yo amaba. El misterio me molestaba, me enloquecía. ¿Por qué me puso el azar en su camino?
-Entonces, ¿lo descubriste? -exclamé.
-Eso me temo -repuso-. Puedes juzgar por ti mismo.

»El lunes fui a almorzar con mi tío y, hacia las cuatro, llegué a Marylebone Road. Mi tío, como sabes, vive en Regent’s Park. Yo quería ir a Piccadilly y, para atajar, atravesé un montón de viejas callejuelas. De pronto, vi delante de mí a lady Alroy, completamente tapada con un velo y andando muy deprisa. Al llegar a la última casa de la calle, subió los escalones, sacó una llave y entró en ella. "He aquí el misterio", pensé; y me acerqué presuroso a examinar la vivienda. Parecía uno de esos lugares que alquilan habitaciones. Su pañuelo se había caído en el umbral. Lo recogí y lo metí en mi bolsillo. Entonces empecé a cavilar sobre lo que debía hacer. Llegué a la conclusión de que no tenía el menor derecho a espiarla y me dirigí en carruaje al club. A las seis aparecí en su casa. Se hallaba recostada en un sofá, con un elegante vestido de tisú plateado sujeto con unas extrañas adularias que siempre llevaba. Estaba muy hermosa.

»-No sabe cuánto me alegro de verlo -dijo-; no he salido en todo el día
»La miré sorprendido, y sacando el pañuelo de mi bolsillo, se lo entregué.
»-Se le cayó esta tarde en la Calle Cummor, lady Alroy -señalé sin inmutarme.
»Me miró horrorizada, pero no hizo ninguna tentativa de coger el pañuelo.
»-¿Qué estaba haciendo allí? -inquirí.
»-¿Y qué derecho tiene usted a preguntármelo? -exclamó ella.
»-El derecho de un hombre que la quiere -contesté-; he venido para pedirle que sea mi mujer.
»Ocultó el rostro entre las manos y se deshizo en un mar de lágrimas.
»-Debe contármelo -proseguí.
»Ella se puso en pie y, mirándome a la cara, respondió:
»-Lord Murchison, no tengo nada que contarle.
»-Fue usted a reunirse con alguien -afirmé-; ése es su misterio.
»Lady Alroy adquirió una palidez cadavérica y dijo:
»-No fui a reunirme con nadie.
»-¿Acaso no puede decir la verdad? -exclamé.
»-Ya se la he dicho -repuso.

»Yo estaba furibundo, enloquecido; no recuerdo mis palabras, pero la acusé de cosas terribles. Finalmente, me precipité fuera de su domicilio. Ella me escribió una carta al día siguiente; se la devolví sin abrir y me fui a Noruega con Alan Colville. Regresé un mes más tarde y lo primero que leí en el Morning Post fue la muerte de lady Alroy. Se había resfriado en la ópera, y había muerto de una congestión pulmonar a los cinco días. Me encerré en casa y no quise ver a nadie. La había querido demasiado, la había amado con locura. ¡Santo Dios! ¡Cuánto había amado a esa mujer!

-¿Y nunca fuiste a aquella casa? -le interrumpí.
-Sí -replicó.
»Un día me dirigí a la Calle Cummor. No pude evitarlo; me torturaba la duda. Llamé a la puerta y me abrió una mujer de aire respetable. Le pregunté si tenía alguna habitación para alquilar.
»-Verá, señor -contestó-, en teoría los salones están alquilados; pero, como hace tres meses que la señora no viene y que nadie paga la renta, puede usted quedarse con ellos.
»-¿Es ésta su inquilina? -quise saber, mostrándole la foto.
»-Sin duda alguna -exclamó-, y ¿cuándo piensa volver, señor?
»-La señora ha fallecido -repuse.
»-¡Oh, señor, espero que no sea cierto! -dijo la mujer-. Era mi mejor inquilina. Me pagaba tres guineas a la semana sólo por sentarse en mis salones de vez en cuando.
»-¿Se reunía con alguien? -le pregunté.
»Pero la mujer me aseguró que no, que siempre llegaba sola y jamás veía a nadie.
»-¿Y qué diablos hacía? -inquirí.
»-Se limitaba a sentarse en el salón, señor, y leía libros; a veces también tomaba el té -respondió ella.
»No supe qué contestarle, así que le di una libra y me marché.
-Y bien, ¿qué crees que significaba todo aquello? ¿No pensarás que la mujer decía la verdad?
-Pues claro que lo pienso.
-Entonces, ¿por qué acudía allí lady Alroy?
-Mi querido Oswald -replicó-, lady Alroy era simplemente una mujer obsesionada con el misterio. Alquiló esas habitaciones por el placer de ir allí tapada con su velo, imaginando que era la heroína de una novela. Le encantaban los secretos, pero no era más que una esfinge sin secreto.
-¿De veras lo crees?
-Estoy convencido.
Sacó la cajita de tafilete, la abrió y contempló la fotografía.
-Sigo teniendo mis dudas -exclamó finalmente.





27 de septiembre de 2010

El tiempo pasa y nosotros...




かがみには秋ともうひとりのぼくがいる
Kagami niwa aki to mô hitori no boku ga iru

En el espejo,
el otoño y uno como yo
que no soy yo

Anónimo sabio

25 de septiembre de 2010

24 de septiembre de 2010

Ébano


Para Jose, mi marido y amigo, rapsoda gallego.
A pesar de lo que me gustó el único libro que había leído de Ryszard Kapuscinski, Viajes con Herodoto, durante mucho tiempo no me he atrevido a leer Ébano. No dudaba que iba a encontrarme con un buen libro, pero África no es un mundo que llame especialmente mi atención, quizá también por ignorancia.
Hace poco, sin embargo, decidí echarle un ojo. Y el libro consiguió hacerse con los dos ojos y con mi imaginación y mi asombro. Ryszard kapuscinski es un gran maestro y en este libro tan heterogéneo vuelve a mostrarse como tal.
En el volumen se reunen una serie de escritos de carácter muy diverso: unos podrían parecer narraciones, tal es la fuerza que el argumento cobra en ellas; en otras el elemento biográfico cobra especial relevancia dando paso a lo que se podría considerar como un diario o unas memorias personales. En otros casos nos encontramos con una conferencia, presentada como tal sin tapujos: "Conferencia sobre Ruanda". Y su rigor científico y profundidad analítica la muestran como una joya dentro de ese género. En la mayoría de ocasiones el autor sabe además proporcionar cierto lirismo a su texto y también sentido del humor y un gran humanismo.
Así se puede ver cuando después de haber sufrido malaria cerebral el escritor contrae tuberculosis y su única forma de permanecer en el país pasa por ser tratado en un dispensario local para gente sin recursos:
Edu y Abdullahi eran unos hombres con un corazón de oro. Enseguida nos hicimos amigos.Yo intentaba causar la impresión de que mi vida estaba en sus manos (y en realidad así era) y ellos se mostraban sumamente preocupados y emocionados por este hecho. Lo abandonaban todo cada vez que yo necesitaba ayuda. Iba a verlos a diario después de las cuatro de la tarde, cuando amaina el calor del mediodía; el dispensario ya estaba cerrado y ellos dos barrían los viejos suelos de madera, levantando increíbles nubarrones de polvo. Luego todo transcurría siguiendo las instrucciones del doctor Doyle. En la vitrina del armario acristalado de su consulta se veía una enorme lata de metal (donación de la Cruz Roja danesa) en la cual había unas pastillas grandes y grises que se llaman PAS. Yo tomaba veinticuatro al día. Mientras me dedicaba a contarlas y meterlas en una papeleta, Edu sacaba del agua hirviendo una maciza jeringuilla de metal, colocaba la aguja y de una botella extraía dos centímetros de estreptomicina. A continuación, tomaba un amplio impulso, como si quisiera lanzar la jabalina, y me clavaba la aguja. Yo hacía algo que con el tiempo se convirtió en todo un rito: pegaba un salto y emitía un penetrante silbido serpentino ante el cual Edu y Abdullahi, que siempre lo habían observado todo, estallaban en una carcajada homérica.
Nada une más a la gente en África que el reírse juntos de algo realmente gracioso, como por ejemplo, del hecho de que un blanco pegue un salto por una cosa tan insignificante como una inyección. Por eso acabé compartiendo con ellos aquel entretenimiento, y aunque me retorcía del dolor que me causaba la aguja clavada por Edu con un ímpetu tremendo, junto con ellos me desternillaba de risa

El texto atrapa y sin duda esto no se debe sólo a la habilidad del autor, sino también a su personalidad que atrapa y atrae cuanto le rodea. Los mismos protagonistas de sus relatos quedan subyugados, unidos por lazos de amistad a este hombre, que huye, como señala en algunas de estas narraciones, del trato frío y deshumanizado e intenta salvar y saltarse todas las fronteras que le separan de nuestros hermanos africanos.
Nada es ajeno a su mirada: desde el ministro de cultura de Ghana Kofi Baako, los primeros ministros y los dictadores africanos, hasta los seres anónimos que cruzan el continente con un pantalón rasgado, una tela, un bastón y una calabaza a modo de cantimplora como toda posesión buscando a su hermano, pasando por las incomprensibles hormigas rojas, que aparecen en batallón en el piso en formación rigurosa para comerse un trozo del dulce y luego desaparecen o las inexplicables cucarachas de inmenso tamaño que sin embargo no emiten ruido alguno.

Una obra maravillosa unida por un tema común, África y por el sello personal del escritor.
Cierro esta reseña con un fragmento. La elección de un texto en concreto me resulta extraordinariamente difícil, hasta el punto que transcribiría la obra entera. Pero como un blog tiene sus límites y sus lectores un tiempo limitado, copio un texto breve que recuerda el dicho gallego: no creo en las meigas, pero haberlas, hailas.
Estuve dudando un rato muy largo pero finalmente me decidí: "dime algo sobre la brujería". Dudé tanto porque se trata de un tema del cual aquí se habla de mala gana, cuando no se lo cubre con un manto de silencio.
- No todos creen en ella -respondió Kwesi-, pero aún queda gente que sí. Muchos, simplemente tienen miedo de no creer. Mi abuela opina que las brujas existen y que se encuentran por las noches en los árboles altos que crecen solitarios en el campo. "¿Pero has visto alguna en tu vida?", le he preguntado varias veces. "Eso es imposible", me ha contestado invariablemente, convencida. Durante las noches, las brujas rodean toda la Tierra con telas de araña. Mantienen con la mano en un extremo el hilo y el otro está pegado a todas las puertas del mundo. Si alguien intenta salir al exterior, se mueve la telaraña. Las brujas lo notan y desaparecen en la oscuridad deprisa y corriendo. Por la mañana sólo se pueden ver jirones de telarañas colgando de las ramas y los picaportes.




23 de septiembre de 2010

22 de septiembre de 2010

Sobreviviendo...


A mi padre, que murió hace 13 años
.


生残り生残りたる寒さかな

Sobreviviendo a mis seres queridos,
obstinado en sobrevivir…
¡Y muerto de frío!

Issa



21 de septiembre de 2010

Cementerio de elefantes


Para J. Salvador, gran médico, viajero y amigo de los elefantes.

El doctor siempre hallaba tiempo para mí y de buena gana charlaba conmigo, cosa que yo le agradecía mucho porque, incluso pasados varios días desde el ataque, no podía leer, las palabras impresas se desdibujaban y las letras navegaban y se balanceaban, como si estuviesen flotando sobre unas invisibles. Un día me preguntó:
-¿Has visto muchos elefantes?
-Ya lo creo, -contesté-, ¡centenares!
-¿Sabes? -siguió-, cuando hace mucho tiempo empezaron aquí los portugueses y empezaron a comprar el marfil, les llamó la atención el hecho de que los africanos no lo tuviesen en grandes cantidades. ¿Por qué? A fin de cuentas los colmillos de elefante son un material duro y muy resistente, así que, si les resultaba difícil cazar un elefante vivo -por lo general lo hacían atrayendo al animal hacia un pozo que previamente habían cavado-, no tenían más que quitarles los colmillos de los elefantes muertos desde hacía más o menos tiempo. Sugirieron esta idea a sus intermediarios africanos. Pero en respuesta oyeron algo asombroso: que no hay elefantes muertos. Era un misterio que empezó a corroer a los portugueses. ¿Cómo morían los elefantes? ¿Dónde yacían sus restos? ¿Dónde estaban sus cementerios?
Se trataba, nada menos, que de colmillos de elefante, del marfil, de las enormes cantidades de dinero que por él se pagaba. El cómo morían los elefantes era un secreto que los africanos habían guardado frente a los blancos durante mucho tiempo. El elefante es un animal sagrado y también lo es su muerte. Y todo lo sagrado está protegido por el más impenetrable de los misterios.
La admiración más grande siempre la había despertado el hecho de que el elefante no tenía enemigos en el mundo animal. Nadie era capaz de vencerlo. Sólo podía morir (tiempo ha) de muerte natural.
Ésta solía producirse al ponerse el sol, cuando los elefantes acudían a sus abrevaderos. Se detenían en la orilla de un lago o de un río, alargaban las trompas, las sumergían en el agua y bebían. Pero llegaba el momento en que un elefante viejo y cansado ya no podía levantar la trompa y para saciar la sed tenía que adentrarse en el lago cada vez más. Y también cada vez más, sus patas se hundían en el légamo. El lago lo succionaba, lo atraía a sus insondables profundidades.
Él, durante un tiempo, se defendía agitándose, intentando liberar las patas de la tenaza del légamo para poder regresar a la orilla, pero su propia masa resultaba demasiado grande y la fuerza del fondo era tan paralizante que el animal, finalmente, perdía el equilibrio, se caía y desaparecía bajo las aguas para siempre.
-Y es ahí -concluyó el doctor Patel-, en el fondo de nuestros lagos, donde se encuentran los eternos cementerios de los elefantes.

Ébano / Ryszrd Kapuscisnski . - Barcelona : Anagrama, 2000.

20 de septiembre de 2010

Lecturas para BlogLeo



Para Kitty, que me anima con el proyecto.
Como sé que algunos de los participantes en el blog se van de viaje dentro de poco tiempo al extranjero, me anticipo a las propuestas y expongo aquí el orden libros para nuestro taller de lectura.
Durante octubre os propongo leer La Peste de Camus, y leer a la vez el cuento de Edgar Allan Poe, La máscara de la muerte roja. Lo comentaremos durante la primera quincena de noviembre.
Para leer en noviembre la lectura elegida es Un mundo feliz de Aldous Huxley, disponible el edición de bolsillo, muy asequible.
Finalmente, para el último mes del año la propuesta es Viajes con Heródoto, un libro con el que sin duda disfrutaréis. Cuesta 15 € y es fácilmente localizable en las bibliotecas públicas.

19 de septiembre de 2010

Propuestas para leer a lo largo del año

Hace unos días os propuse la posibilidad de organizar una especie de grupo de lectura. En principio se trata de leer un libro y poner nuestras opiniones en común en forma de comentarios durante la primera semana de cada mes. Os ofrezco una lista de lecturas para que podáis ordenarlas según vuestras preferencias. Poned en primer lugar las que más os gusten. Hago propuestas sólo para noviembre, diciembre y enero.
El guardián entre el centeno de J. D. Salinger
El ingenioso hidalgo D. Quijote de la Mancha de M de Cervantes
Un mundo feliz de A.Huxley
Viajes con Heródoto de R. Kapuscinski
La peste de A. Camus
Retrato de Dorian Gray de O. Wilde
El banquete de Platón
Madame Bovary de G. Flauvert
No soy Stiller M. Frisch

17 de septiembre de 2010

El último paciente del Dr. Wilson



Por gentileza de librerías Troa
La jueza del Juzgado de lo Penal, Lola MacHor tiene un problema. Se acercan ya a los cincuenta y descubre con terror que está embarazada. Pero este va a ser el menor de sus problemas.
Durante su asistencia a un congreso en Barcelona, un desconocido le envía un paquete con una narración siniestra. El narrador y protagonista, un tal Rodrigo, una vez retirado de su vida como broker profesional decide ponerse al servicio de la ciencia de un modo extraño: concierta una entrevista con un afamado psiquiatra con consulta en Nueva York y se ofrece como conejo de indias para comprobar si es posible matar fríamente sin que la razón se resienta. Para ello fija un número de asesinatos con el Dr. Wilson que cometerá en plazos bimestrales, reuniéndose después de cada uno con el psiquiatra para que éste observe su evolución.

Reyes Calderón mejora su calidad narrativa en esta novela que se deja leer en una tarde o mejor en una noche y se acerca a los modos de la novela negra escandinava. En su historia alternan dos puntos de vista: el de la jueza Lola, que nos acerca su conciencia y sus miedos de mujer, madre y ser humano ante realidades cotidianas como la maternidad tardía, las decisiones de sus hijos y otras quizá algo más alejadas de nuestro quehacer diario, como la maldad absoluta. Y es aquí donde entra la segunda perspectiva de la historia, la de Rodrigo, un ser frío, sin vínculos familiares ni sociales, que sólo tiene en su mente entrar en la historia de la humanidad como el hombre que llevó a cabo seis asesinatos a sangre fría, sin motivo alguno y sin que ello tenga consecuencia alguna sobre su conciencia ni su razón.
Si la calidad de la obra como novela policiaca es indudable, todavía podemos detectar algunos puntos débiles en la narración de los cuáles sólo revelaré uno: un exceso de divagación filosófica al comienzo de la obra que engaña sobre lo que será el ritmo posterior de la obra y que probablemente la escritora podría haber introducido de un modo más sutil al hilo de los acontecimientos, sin una formulación tan directa y como consecuencia directa de los mismos.
Muy interesante para todos los aficionados a este género narrativo y para los seguidores de esta escritora vallisoletana de residencia en Navarra.


14 de septiembre de 2010

Entrevista a Reyes Calderón


Reyes Calderón ha publicado otra novela policiaca, El último paciente del Dr. Wilson, protagonizada por sus personajes habituales y, con ocasión de su edición, en el Diario de Navarra han realizado una entrevista a esta profesora de economía, que aprovecha su insomnio para desarrollar tramas cada vez más interesantes.
A continuación reproduzco la entrevista recogida en dicho diario:

¿Por qué alguien puede matar a otro? Si llevamos la maldad en los genes, si es el ambiente el que nos moldea y nos hace malos, alguien que vive en un ambiente sórdido acaba siendo sórdido o al revés. ¿O hay parte de nuestra decisión voluntaria, el que decide ser malo porque sí? ¿Cuál es su conclusión?

Yo creo que debe sacarla cada uno. Hay un episodio en la novela en el que a un grupo de personas les ofrecen una cacería un poco especial: la presa es un hombre. ¿Quién puede matar a sangre fría, cazar, algo que ha pasado en realidad, según parece? ¿Quién, fríamente, puede coger una escopeta y disparar?

La novela, de hecho, surge de un chispazo: las imágenes reales en las que un grupo de chavales daba fuego a una mujer en un cajero.

A mí me impactó mucho aquello entre otras razones porque conocía a alguno de los padres. Es muy fuerte que tengamos una sociedad en la que alguien pueda grabar con el móvil la muerte de otra persona pudiéndola evitar. Pero en cualquier caso no es una novela filosófica, es de intriga, de acción, donde uno se posiciona. Se ve cómo un asesino va cambiando el arma, el modus operandi para que no lo pillen. Es una novela muy rápida. Me decía una persona: "¡Me ha durado noche y media, tengo un sueño...!". Sí que es un poco adictiva, quizá sea una de las que más.

Stieg Larsson y usted fueron dos de los autores más vendidos en la última Feria del Libro. ¿La gente necesita engancharse?

A veces llevamos una vida de mucha presión, crisis, estrés... y uno quiere evadirse. La diferencia entre Larsson y esta novela es que a mí no me interesa la violencia por la violencia. Me interesa comprender la condición humana, al chaval que graba la muerte de una mendiga. No consiste en que te cuenten la maldad, sino que es una historia en la que tú te sumas como protagonista.

Al morir Larsson tenía en mente unos diez libros de Millenium. ¿Esta serie también tienen final?

Yo siempre estoy trabajando en algo. La siguiente tiene que ver con el crimen perfecto. Sobre si eso existe o no. Me estoy divirtiendo mucho, la verdad.

¿Tiene alguna en reposo?

Esa. Está escrita pero ahora está leyéndola el forense.

¿Este equipo que le asesora, por cierto, es el mismo desde el principio?

Voy añadiendo personas conforme las necesito. Aquí he necesitado psiquiatras. El mundo de la mente humana es fascinante. Me ha tocado estudiar un montón de psiquiatría por la noche pero es que somos gente muy compleja. Ayer escuchaba que nuestra cabeza es un ordenador potentísimo y que consume poquísimo.

El planteamiento de la novela es casi un juego, ¿no? Un asesino que busca al azar en un mapamundi dónde va a cometer el siguiente crimen...

De hecho, la página web [www.lolamachor.com] representa el despacho de la juez, con los escenarios, las pistas, un mapamundi que te lleva exactamente en Google Earth al lugar donde se ha producido el asesinato...

Que la web se llame con el nombre del personaje ya da idea de la importancia que les da. Los diseña con detalle, la jueza disimula sus pecas con maquillaje, por ejemplo. ¿Los prepara mucho?

Yo creo que ellos me enganchan a mí. Hay veces que intento ponerle a un personaje una frase en la boca y no se deja. Para mí ya tienen su propia vida. Yo casi voy contemplándolos desde fuera. La jueza empezó en Pamplona cuando no era juez, con un asesinato en Sanfermines. Ha ido ganando en años y en experiencia, y cambiando un poco de perspectiva. Yo creo que al lector lo que le gusta es ir poniéndose en la piel de una persona normal, alguien que es juez pero que tiene que comprar leche, o ir a levantar un cadáver pensando que tiene que recoger al niño de un cumpleaños.

MacHor está inspirada en una amiga juez, pero no sé si usted le presta también rasgos. Ambas son ex fumadoras, por ejemplo.

Siempre los personajes tienen algo tuyo, más de lo que quisiera. Pero a mí por ejemplo nunca me hubiera gustado ser juez. Es verdad que a veces la gente le gusta verse, hay alguno que incluso te pide que pongas a alguien su nombre o que protestan cuando lo haces.

¿Ve en el cine estas novelas?

Sí que son cinematográficas. Espero que estén pronto.

¿Hay algún intento, algún proyecto, propuesta...?

Bueno... tiene que haber un buen guión y ahora yo creo que tenemos directores de cine en España muy buenos.

¿Cómo vive el éxito?

Me sigue sorprendiendo una barbaridad pero tampoco tengo mucho tiempo para pararme a pensarlo. Siempre tengo cosas que hacer. Me sorprende, pero la verdad es que creo que no he cambiado lo más mínimo. Doy gracias a Dios y para adelante.

¿Se acuerda de la última vez que perdió el tiempo?

No. ¡En la vida hay tantas cosas que hacer y tan distintas! Desde hacer una buena chistorra a leer un buen libro, hacer deporte, estar con la familia, reírte, ir al cine... pasear por esta tierra...

¿Qué tal se lleva con sus colegas escritores?

Es gente extraordinaria. Yo aprendo muchísimo en las reuniones, cenas, premios y cosas de este tipo. Conoces gente interesantísima, cada uno de su padre y de su madre. Lorenzo Silva, por ejemplo, es un tipo estupendo. Vas leyendo sus novelas, vas conociéndole a él, viendo las interconexiones...

¿Y sus hijos van entrando?

Los mayores, a los pequeños no les dejamos. La verdad es que son grandes críticos. A veces los editores no se atreven a decirte determinadas cosas, y así los productos no mejoran. Yo necesito que me digan qué puede estar mejor, y rehago las veces que haga falta. Ésta [señala un ejemplar] por ejemplo es la número 21 de esta novela.


13 de septiembre de 2010

Curso nuevo, ¿lecturas nuevas?

Siempre que comienza un nuevo periodo en nuestra vida, ya sean vacaciones, una estancia en el extranjero, un curso académico distinto o un nuevo año, las personas tendemos a hacer una lista de propósitos.
Seguro que más de alguno ha hecho, por ejemplo, la tentativa de ir al gimnasio, aprender idiomas o desarrollar alguna de sus habilidades ocultas, como los bailes de salón, la cocina o la jardinería.
¿Ocurre algo parecido en la lectura? En mi caso y este año sí. He llegado de vacaciones con un propósito que comparto con vosotros. Quiero leer bien. Y por leer bien quiero decir libros buenos, con calidad literaria. Entre mis deseos para este curso están los de lanzarme con otros géneros menos apetecibles a primera vista que la novela, como pueden ser el ensayo o la poesía, así como la relectura de algunos clásicos que tengo demasiado olvidados.
No sé si lo conseguiré. Cuando llego a casa con la cabeza cargada de temas sobre bibliotecas no me apetece gran cosa leer obras complejas. Sin embargo lo intentaré.
Entre mis objetivos: En busca del tiempo perdido, Ébano, La montaña mágica, El Quijote, Madame Bovary, Iliada y Odisea, tragedias griegas, Historia, literatura y sociedad, La vida de Hitler de Ian Kernshaw.
Entre manos: En busca del tiempo perdido y El último paciente del Dr.Wilson (una concesión para descansar)

10 de septiembre de 2010

Una proposición muy decente

Hola a todos los seguidores del blog, los incondicionales, los ocasionales y los que habéis caído por él por pura álgebra booleana (o sea google).
Tengo que haceros una propuesta a la que podéis contestar en la columna de la derecha a través de la encuesta.
¿Os gustaría que una vez al mes nos propusiéramos la lectura de un libro, no muy gordo e intercambiáramos nuestras opiniones sobre él en forma de comentarios?
Espero vuestra respuesta y sobre todo vuestra sinceridad: si decís que sí, será necesario que pongáis algo de vuestra parte para que esto salga adelante.
Por cierto, si queréis, podéis incluir en vuestros comentarios algún libro que os gustaría que leyeramos y pusiéramos en común en esta posible sección del blog

9 de septiembre de 2010

Corazón de tinta


Para Agustina, a la que robé el libro de las manos.

¿Qué ocurriría si le diéramos la vuelta a la Historia Interminable y en lugar de tener un protagonista que entra dentro de la narración que está leyendo encontramos dos figuras capaces de sacar de los libros que leen a sus personajes?
Esta es una descripción muy breve de lo que va encontrarse quien se acerque a una novela, Corazón de Tinta, editada por Siruela en su cuidada colección Las tres edades.
La protagonista central es Meggie, una niña de 12 años que vive con su padre, Mo, en un mundo en el que los libros tienen una gran importancia. Mo es encuadernador y restaurador de libros y ha conseguido que su hija se aficione a ellos desde pequeña. Meggie tiene siempre a mano libros, su casa está llena de ellos, y pasa el tiempo sumergida en los universos de ficción.
Sin embargo, Mo nunca le ha leído en voz alta a Meggie. Su excusa es que no le gusta leer en voz alta y que no sabe hacerlo bien. Sin embargo el motivo es mucho más oscuro y así se lo hace entender a la niña un misterioso y bastante inquietante personaje llamado Dedo Polvoriento que aparece una noche en su casa.
Antiguo conocido de su padre, Dedo Polvoriento hace surgir entre Meggie y su padre todo un universo de dudas, que acaba aclarándose cuando, al ir a casa de Elinor, dueña de una maravillosa colección de libros, raptan a Mo y se llevan un libro titulado Corazón de tinta. En ese momento Meggie descubre que todos los seres misteriosos que aparecen y desaparecen en su vida sembrando el caos han sido traídos al mundo por su padre cuando tenía la costumbre de leer en voz alta historias a su mujer. Cada vez que Mo traía al mundo un personaje de ficción desaparecía algo de la vida real y en una de las ocasiones fue la propia madre de Meggie la que desapareció en el interior de la novela Corazón de tinta, de la que sale a su vez el ser más malvado de todos los tiempos: capricornio.
La tarea de Meggie, Elinor y de Mo será conseguir encontrar el modo de devolver los personajes a la historia, salvar a la madre de Meggie y destruir el nefasto libro Corazón de tinta.
La autora del libro, Cornelia Funke, se muestra como profunda conocedora de la literatura infantil. Cada capítulo se inicia con una cita de libros del género tan conocidos como El hobbit, El señor de los anillos, Las crónicas de Narnia, La historia interminable, Tom Sawyer o La princesa prometida.

Un libro que gustará a los jóvenes y también a los adultos que sean capaces de sumergirse en el mundo de la fantasía y que disfruten con una narración bien construida.

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