30 de noviembre de 2010

Guerra

Para todos los que sufren, pasan frío y hambre
Llega el invierno, hace un frío atroz. Cuandose pasa mal, lo percibimos como dolor. El frío se vuelve más penetrante que nunca; para la gente que vive en condiciones normales, el invierno no es más que una estación del año de turno, preludio de la primavera, pero para los desgraciados y los infelices, es una catástrofe, un infierno. Y el primer invierno de la guerra ha sido realmente gélido. Las estufas de nuestro piso están frías y las paredes, cubiertas por una capa de escarcha, blanca y lanosa. No tenemos con qué hacer fuego porque no se puede comprar leña; tampoco es posible robar ningún haz. El castigo por hurtar cabón: la muerte; por hurtar madera: la muerte. La vida humana vale ahora tanto como un pedazo de carbón o un trozo de madera. No tenemos nada para comer. Madre se pasa horas enteras en la ventana, estoy viendo su pétrea mirada. En muchas ventanas se puede ver a personas mirando hacia la calle, por lo visto esperan algo, confían en que algo suceda.
Con una pandilla de chiquillos, deambulo por los patios; medio jugamos, medio buscamos algo que llevarnos a la boca. A veces, a través de una puerta nos llega el olor a sopa hirviendo. En momentos así, Waldeck, mete la nariz en una de sus rendijas y  empieza a aspirar febril y frenéticamente aquel olor al tiempo que con auténtica fruición se frota la barriga, como si estuviese senado a una mesa llena de manjares; no tardará, sin embargo en volver a mostrarse alicaído y de nuevo se sumirá en la tristeza.
En una ocasión, llega a nuestros oídos la noticia de que en la tienda junto a a la plaza del Mercado van a distribuir caramelos. Nos plantamos allí enseguida y formamos una larga cola de niños ateridos y hambrientos. Hace rato que  han pasado las primeras horas de la tarde y se acerca el crepúsculo. En medio de un frío glacial, pasamos allí el resto del día, toda la noche y aun el día siguiente. De pie, nos pegamos unos a otros, nos abrazamos, todo con tal de no congelarnos. Finalmente, abren la tienda, pero en lugar de golosinas, cada uno de nosotros recibe una lata vacía que sí las había contenido (¿que dónde han ido a parar los caramelos?, ¿que quién se los ha quedado?, lo ignoro). Debilitado, rígido de frío y, sin embargo, feliz en ese momento, llevo a casa el botín: vale mucho, pues la pared interior de hojalata conserva, adheridos, restos de azúcar. Ahora, madre hierve agua y la vierte en la lata; así obtenemos una bebida caliente y dulzona, nuestro único alimento.

Kapuscinski, Ryszard : La jungla polaca ; Barcelona : Anagrama

No hay comentarios:

Publicar un comentario

ENTRADAS