24 de septiembre de 2010

Ébano


Para Jose, mi marido y amigo, rapsoda gallego.
A pesar de lo que me gustó el único libro que había leído de Ryszard Kapuscinski, Viajes con Herodoto, durante mucho tiempo no me he atrevido a leer Ébano. No dudaba que iba a encontrarme con un buen libro, pero África no es un mundo que llame especialmente mi atención, quizá también por ignorancia.
Hace poco, sin embargo, decidí echarle un ojo. Y el libro consiguió hacerse con los dos ojos y con mi imaginación y mi asombro. Ryszard kapuscinski es un gran maestro y en este libro tan heterogéneo vuelve a mostrarse como tal.
En el volumen se reunen una serie de escritos de carácter muy diverso: unos podrían parecer narraciones, tal es la fuerza que el argumento cobra en ellas; en otras el elemento biográfico cobra especial relevancia dando paso a lo que se podría considerar como un diario o unas memorias personales. En otros casos nos encontramos con una conferencia, presentada como tal sin tapujos: "Conferencia sobre Ruanda". Y su rigor científico y profundidad analítica la muestran como una joya dentro de ese género. En la mayoría de ocasiones el autor sabe además proporcionar cierto lirismo a su texto y también sentido del humor y un gran humanismo.
Así se puede ver cuando después de haber sufrido malaria cerebral el escritor contrae tuberculosis y su única forma de permanecer en el país pasa por ser tratado en un dispensario local para gente sin recursos:
Edu y Abdullahi eran unos hombres con un corazón de oro. Enseguida nos hicimos amigos.Yo intentaba causar la impresión de que mi vida estaba en sus manos (y en realidad así era) y ellos se mostraban sumamente preocupados y emocionados por este hecho. Lo abandonaban todo cada vez que yo necesitaba ayuda. Iba a verlos a diario después de las cuatro de la tarde, cuando amaina el calor del mediodía; el dispensario ya estaba cerrado y ellos dos barrían los viejos suelos de madera, levantando increíbles nubarrones de polvo. Luego todo transcurría siguiendo las instrucciones del doctor Doyle. En la vitrina del armario acristalado de su consulta se veía una enorme lata de metal (donación de la Cruz Roja danesa) en la cual había unas pastillas grandes y grises que se llaman PAS. Yo tomaba veinticuatro al día. Mientras me dedicaba a contarlas y meterlas en una papeleta, Edu sacaba del agua hirviendo una maciza jeringuilla de metal, colocaba la aguja y de una botella extraía dos centímetros de estreptomicina. A continuación, tomaba un amplio impulso, como si quisiera lanzar la jabalina, y me clavaba la aguja. Yo hacía algo que con el tiempo se convirtió en todo un rito: pegaba un salto y emitía un penetrante silbido serpentino ante el cual Edu y Abdullahi, que siempre lo habían observado todo, estallaban en una carcajada homérica.
Nada une más a la gente en África que el reírse juntos de algo realmente gracioso, como por ejemplo, del hecho de que un blanco pegue un salto por una cosa tan insignificante como una inyección. Por eso acabé compartiendo con ellos aquel entretenimiento, y aunque me retorcía del dolor que me causaba la aguja clavada por Edu con un ímpetu tremendo, junto con ellos me desternillaba de risa

El texto atrapa y sin duda esto no se debe sólo a la habilidad del autor, sino también a su personalidad que atrapa y atrae cuanto le rodea. Los mismos protagonistas de sus relatos quedan subyugados, unidos por lazos de amistad a este hombre, que huye, como señala en algunas de estas narraciones, del trato frío y deshumanizado e intenta salvar y saltarse todas las fronteras que le separan de nuestros hermanos africanos.
Nada es ajeno a su mirada: desde el ministro de cultura de Ghana Kofi Baako, los primeros ministros y los dictadores africanos, hasta los seres anónimos que cruzan el continente con un pantalón rasgado, una tela, un bastón y una calabaza a modo de cantimplora como toda posesión buscando a su hermano, pasando por las incomprensibles hormigas rojas, que aparecen en batallón en el piso en formación rigurosa para comerse un trozo del dulce y luego desaparecen o las inexplicables cucarachas de inmenso tamaño que sin embargo no emiten ruido alguno.

Una obra maravillosa unida por un tema común, África y por el sello personal del escritor.
Cierro esta reseña con un fragmento. La elección de un texto en concreto me resulta extraordinariamente difícil, hasta el punto que transcribiría la obra entera. Pero como un blog tiene sus límites y sus lectores un tiempo limitado, copio un texto breve que recuerda el dicho gallego: no creo en las meigas, pero haberlas, hailas.
Estuve dudando un rato muy largo pero finalmente me decidí: "dime algo sobre la brujería". Dudé tanto porque se trata de un tema del cual aquí se habla de mala gana, cuando no se lo cubre con un manto de silencio.
- No todos creen en ella -respondió Kwesi-, pero aún queda gente que sí. Muchos, simplemente tienen miedo de no creer. Mi abuela opina que las brujas existen y que se encuentran por las noches en los árboles altos que crecen solitarios en el campo. "¿Pero has visto alguna en tu vida?", le he preguntado varias veces. "Eso es imposible", me ha contestado invariablemente, convencida. Durante las noches, las brujas rodean toda la Tierra con telas de araña. Mantienen con la mano en un extremo el hilo y el otro está pegado a todas las puertas del mundo. Si alguien intenta salir al exterior, se mueve la telaraña. Las brujas lo notan y desaparecen en la oscuridad deprisa y corriendo. Por la mañana sólo se pueden ver jirones de telarañas colgando de las ramas y los picaportes.




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