21 de septiembre de 2010

Cementerio de elefantes


Para J. Salvador, gran médico, viajero y amigo de los elefantes.

El doctor siempre hallaba tiempo para mí y de buena gana charlaba conmigo, cosa que yo le agradecía mucho porque, incluso pasados varios días desde el ataque, no podía leer, las palabras impresas se desdibujaban y las letras navegaban y se balanceaban, como si estuviesen flotando sobre unas invisibles. Un día me preguntó:
-¿Has visto muchos elefantes?
-Ya lo creo, -contesté-, ¡centenares!
-¿Sabes? -siguió-, cuando hace mucho tiempo empezaron aquí los portugueses y empezaron a comprar el marfil, les llamó la atención el hecho de que los africanos no lo tuviesen en grandes cantidades. ¿Por qué? A fin de cuentas los colmillos de elefante son un material duro y muy resistente, así que, si les resultaba difícil cazar un elefante vivo -por lo general lo hacían atrayendo al animal hacia un pozo que previamente habían cavado-, no tenían más que quitarles los colmillos de los elefantes muertos desde hacía más o menos tiempo. Sugirieron esta idea a sus intermediarios africanos. Pero en respuesta oyeron algo asombroso: que no hay elefantes muertos. Era un misterio que empezó a corroer a los portugueses. ¿Cómo morían los elefantes? ¿Dónde yacían sus restos? ¿Dónde estaban sus cementerios?
Se trataba, nada menos, que de colmillos de elefante, del marfil, de las enormes cantidades de dinero que por él se pagaba. El cómo morían los elefantes era un secreto que los africanos habían guardado frente a los blancos durante mucho tiempo. El elefante es un animal sagrado y también lo es su muerte. Y todo lo sagrado está protegido por el más impenetrable de los misterios.
La admiración más grande siempre la había despertado el hecho de que el elefante no tenía enemigos en el mundo animal. Nadie era capaz de vencerlo. Sólo podía morir (tiempo ha) de muerte natural.
Ésta solía producirse al ponerse el sol, cuando los elefantes acudían a sus abrevaderos. Se detenían en la orilla de un lago o de un río, alargaban las trompas, las sumergían en el agua y bebían. Pero llegaba el momento en que un elefante viejo y cansado ya no podía levantar la trompa y para saciar la sed tenía que adentrarse en el lago cada vez más. Y también cada vez más, sus patas se hundían en el légamo. El lago lo succionaba, lo atraía a sus insondables profundidades.
Él, durante un tiempo, se defendía agitándose, intentando liberar las patas de la tenaza del légamo para poder regresar a la orilla, pero su propia masa resultaba demasiado grande y la fuerza del fondo era tan paralizante que el animal, finalmente, perdía el equilibrio, se caía y desaparecía bajo las aguas para siempre.
-Y es ahí -concluyó el doctor Patel-, en el fondo de nuestros lagos, donde se encuentran los eternos cementerios de los elefantes.

Ébano / Ryszrd Kapuscisnski . - Barcelona : Anagrama, 2000.

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