27 de febrero de 2009

Ibsen en el Gayarre

(Texto tomado de la página oficial del Teatro Gayarre)

Casa de muñecas”, la obra cumbre de Ibsen es revisitada por el Teatro Gayarre en una apuesta por uno de los textos emblemáticos de la historia del teatro. Un texto de discurrir admirable, de ladrillos dramáticos tan estremecedores y sólidos que terminan construyendo los muros perfectos de esa “Casa de muñecas” en la que vive uno de los grandes personajes femeninos del teatro universal: Nora.

A Henrik Ibsen (1828 –1906), cuando se fue a Italia, harto de la mediocridad y el desprecio con el que era tratado en su Noruega, le tocó dos veces la lotería. Murió rico. Nora, sin embargo, compra en su viaje a Italia el billete de una lotería muy distinta. La lotería del dolor. Útil, pero dolor. Con ese viaje, Nora adquiere, sin saberlo, el billete de su propia libertad.

Autor:

Henrik Ibsen

Dirección:

Miguel Munárriz

Intérpretes:
Marta Juániz, Carlos Ibarra, Pablo del Mundillo, Leire Ruiz, Alfonso Torregrosa, Maiken Beitia


Link para comprar entrada desde Internet

Teatro Gayarre

El regreso

El regreso de Joseph Conrad

Acostumbrados como estamos a que Joseph Conrad nos presente historias ubicadas en lugares remotos y exóticos, llenas de aventuras y desventuras, no deja de sorprender esta novela en la que el autor se dedica a analizar los problemas de un matrimonio burgués de conveniencia.
Alvan Hervey es un hombre de la alta burguesía británica. Posee todo lo que hay que tener para triunfar en su entorno: talento, seguridad, fortuna y una hermosa esposa, discreta, con la que consigue desarrollar una razonable vida social. Ambos conviven bajo el mismo techo, es cierto, pero no se comunican, no existe entre ellos una aútentica interacción, se limitan a vivir hacia afuera, con el fin de dar una imagen de triunfadores. Así dice Conrad:


"Pero todo aquello resultaba de lo más conveniente -y muy provechoso para él-, y hasta parecía agradar a su esposa, como si ella también sacara algún provecho especial y secreto de aquel contacto intelectual. Ella recibía los distintos invitados, tan correctos siempre, con una especie de gracia imponente e inapelable, muy suya, una gracia que despertaba en la imaginación de los impresionados visitantes una serie de imágenes incongruentes e inconvenientes, como la de un elefante, una jirafa, una gacela, o inclusive la de una torre gótica o un ángel gigante. Sus reuniones de los jueves se hicieron famosas en su círculo; y éste se ampliaba sin cesar, calle a calle; abarcando también tal o cual avenida o bulevar burgueses, y hasta algunas plazas.

Así vivieron juntos Alvan Hervey y su esposa cinco prósperos años. Con el tiempo acabaron conociéndose lo bastante para llevar en la práctica una existencia como la suya, pero eran tan incapaces de auténtica intimidad como lo serían dos animales que se alimentaran en el mismo pesebre, bajo el mismo techo, en unas lujosas cuadras. Una vez saciado, el deseo masculino de Hervey se convirtió en hábito; en cuanto a ella, había satisfecho ya sus aspiraciones: abandonar el hogar paterno, afirmar su personalidad, moverse en un círculo propio (mucho más elegante que el de sus progenitores), tener una casa para ella y su propia parcela personal de respeto, envidia y aprobación de la gente.

Se entendían mutuamente con cautela, de modo tácito, como un par de conspiradores circunspectos unidos en una conjura que hubiera de reportarles beneficios: eran incapaces de considerar un hecho, un sentimiento, un principio o una creencia salvo a la luz de su propia dignidad, gloria o provecho. Cogidos de la mano, se deslizaban por la superficie de la vida, en una atmósfera pura y gélida, a la manera de dos hábiles patinadores que dibujaran figuras sobre el hielo para admiración de los espectadores, y que ignorasen con desdén la corriente subterránea, la corriente tumultuosa y oscura, la corriente de la vida, profunda e inasequible a las heladas."


Un día al llegar a casa, Alvan descubre una carta de su mujer en la que ésta le anuncia que le deja por otro hombre. El universo de Alvan se desmorona. Su primera reacción es de rabia, de persona estafada por el engaño de un objeto del que esperaba otro funcionamiento. Luego el miedo le aturde. Su situación en la sociedad, el miedo a hacer el ridículo le asusta. Cuando todas este cúmulo de sentimientos aturde por completo su mente, le sorprende la repentina llegada a casa de su mujer.

La situación a la que asistimos a continuación es tragicómica. Los diálogos entre los protagonistas están llenos de desamor acumulado, de antiguos rencores que no han aflorado en el momento debido. Toda esta situación, desarrollada a lo largo de unas horas, hace que Alvan pase de un mero sentimiento de rabia a una profunda revisión sobre su concepción del amor.
Una obra maestra sobre sobre lo que el matrimonio no debe llegar a ser jamás.





26 de febrero de 2009

El adivino (cuento popular ruso)


Era un campesino pobre y muy astuto apodado Escarabajo, que quería adquirir fama de adivino.

Un día robó una sábana a una mujer, la escondió en un montón de paja y se empezó a alabar diciendo que estaba en su poder el adivinarlo todo. La mujer lo oyó y vino a él pidiéndole que adivinase dónde estaba su sábana. El campesino le preguntó:
-¿Y qué me darás por mi trabajo?
-Un pud de harina y una libra de manteca.
-Está bien.
Se puso a hacer como que meditaba, y luego le indicó el sitio donde estaba escondida la sábana.

Dos o tres días después desapareció un caballo que pertenecía a uno de los más ricos propietarios del pueblo. Era Escarabajo quien lo había robado y conducido al bosque, donde lo había atado a un árbol.
El señor mandó llamar al adivino, y éste, imitando los gestos y procedimientos de un verdadero mago, le dijo:
-Envía tus criados al bosque; allí está tu caballo atado a un árbol.
Fueron al bosque, encontraron el caballo, y el contento propietario dio al campesino cien rublos. Desde entonces creció su fama, extendiéndose por todo el país.

Por desgracia, ocurrió que al zar se le perdió su anillo nupcial, y por más que lo buscaron por todas partes no lo pudieron encontrar.
Entonces el zar mandó llamar al adivino, dando orden de que lo trajesen a su palacio lo más pronto posible. Los mensajeros, llegados al pueblo, cogieron al campesino, lo sentaron en un coche y lo llevaron a la capital. Escarabajo, con gran miedo, pensaba así:
«Ha llegado la hora de mi perdición. ¿Cómo podré adivinar dónde está el anillo? Se encolerizará el zar y me expulsarán del país o mandará que me maten.»
Lo llevaron ante el zar, y éste le dijo:
-¡Hola, amigo! Si adivinas dónde se halla mi anillo te recompensaré bien; pero si no haré que te corten la cabeza.
Y ordenó que lo encerrasen en una habitación separada, diciendo a sus servidores:
-Que le dejen solo para que medite toda la noche y me dé la contestación mañana temprano.
Lo llevaron a una habitación y lo dejaron allí solo.
El campesino se sentó en una silla y pensó para sus adentros: «¿Qué contestación daré al zar? Será mejor que espere la llegada de la noche y me escape; apenas los gallos canten tres veces huiré de aquí.»

El anillo del zar había sido robado por tres servidores de palacio; el uno era lacayo, el otro cocinero y el tercero cochero. Hablaron los tres entre sí, diciendo:
-¿Qué haremos? Si este adivino sabe que somos nosotros los que hemos robado el anillo, nos condenarán a muerte. Lo mejor será ir a escuchar a la puerta de su habitación; si no dice nada, tampoco lo diremos nosotros; pero si nos reconoce por ladrones, no hay más remedio que rogarle que no nos denuncie al zar.
Así lo acordaron, y el lacayo se fue a escuchar a la puerta. De pronto se oyó por primera vez el canto del gallo, y el campesino exclamó:
-¡Gracias a Dios! Ya está uno; hay que esperar a los otros dos.
Al lacayo se le paralizó el corazón de miedo. Acudió a sus compañeros, diciéndoles:
-¡Oh amigos, me ha reconocido! Apenas me acerqué a la puerta, exclamó: «Ya está uno; hay que esperar a los otros dos.»
-Espera, ahora iré yo -dijo el cochero; y se fue a escuchar a la puerta.
En aquel momento los gallos cantaron por segunda vez, y el campesino dijo:
-¡Gracias a Dios! Ya están dos; hay que esperar sólo al tercero.
El cochero llegó junto a sus compañeros y les dijo:
-¡Oh amigos, también me ha reconocido!
Entonces el cocinero les propuso:
-Si me reconoce también, iremos todos, nos echaremos a sus pies y le rogaremos que no nos denuncie y no cause nuestra perdición.
Los tres se dirigieron hacia la habitación, y el cocinero se acercó a la puerta para escuchar. De pronto cantaron los gallos por tercera vez, y el campesino, persignándose, exclamó:
-¡Gracias a Dios! ¡Ya están los tres!
Y se lanzó hacia la puerta con la intención de huir del palacio; pero los ladrones salieron a su encuentro y se echaron a sus plantas, suplicándole:
-Nuestras vidas están en tus manos. No nos pierdas; no nos denuncies al zar. Aquí tienes el anillo.
-Bueno; por esta vez los perdono -contestó el adivino.
Tomó el anillo, levantó una plancha del suelo y lo escondió debajo.
Por la mañana el zar, despertándose, hizo venir al adivino y le preguntó:
-¿Has pensado bastante?
-Sí, y ya sé dónde se halla el anillo. Se te ha caído, y rodando se ha metido debajo de esta plancha.
Quitaron la plancha y sacaron de allí el anillo. El zar recompensó generosamente a nuestro adivino, ordenó que le diesen de comer y beber y se fue a dar una vuelta por el jardín.



Cuando el zar paseaba por una vereda, vio un escarabajo, lo cogió y volvió a palacio.
-Oye -dijo a Escarabajo-: si eres adivino, tienes que adivinar qué es lo que tengo encerrado en mi puño.
El campesino se asustó y murmuró entre dientes:
-Escarabajo, ahora sí que estás cogido por la mano poderosa del zar.
-¡Es verdad! ¡Has acertado! -exclamó el zar.
Y dándole aún más dinero lo dejó irse a su casa colmado de honores

Alekandr Nikoalevich Afanasiev

25 de febrero de 2009

Cómo nace un cuento




Empieza por una suerte de revelación. Pero uso esa palabra de un modo modesto, no ambicioso. Es decir, de pronto sé que va a ocurrir algo y eso que va a ocurrir puede ser, en el caso de un cuento, el principio y el fin. En el caso de un poema, no: es una idea más general, y a veces ha sido la primera línea. Es decir, algo me es dado, y luego ya intervengo yo, y quizá se echa todo a perder.
En el caso de un cuento, por ejemplo, bueno, yo conozco el principio, el punto de partida, conozco el fin, conozco la meta. Pero luego tengo que descubrir, mediante mis muy limitados medios, qué sucede entre el principio y el fin. Y luego hay otros problemas a resolver; por ejemplo, si conviene que el hecho sea contado en primera persona o en tercera persona. Luego, hay que buscar la época; ahora, en cuanto a mí "eso es una solución personal mía", creo que para mí lo más cómodo viene a ser la última década del siglo XIX. Elijo "si se trata de un cuento porteño", lugares de las orillas, digamos, de Palermo, digamos de Barracas, de Turdera. Y la fecha, digamos 1899, el año de mi nacimiento, por ejemplo. Porque ¿quién puede saber, exactamente, cómo hablaban aquellos orilleros muertos?: nadie. Es decir, que yo puedo proceder con comodidad. En cambio, si un escritor elige un tema contemporáneo, entonces ya el lector se convierte en un inspector y resuelve: "No, en tal barrio no se habla así, la gente de tal clase no usaría tal o cual expresión."

El escritor prevé todo esto y se siente trabado. En cambio, yo elijo una época un poco lejana, un lugar un poco lejano; y eso me da libertad, y ya puedo fantasear o falsificar, incluso. Puedo mentir sin que nadie se dé cuenta, y sobre todo, sin que yo mismo me dé cuenta, ya que es necesario que el escritor que escribe una fábula "por fantástica que sea" crea, por el momento, en la realidad de la fábula

Jorge Luis Borges

24 de febrero de 2009

De muerte

Para Clara Salma, Nabil, Almudena-Miriam y Pablo Shami

Salomón y Azrael
Yalal Al-Din Rumi

Un hombre vino muy temprano a presentarse en el palacio del profeta Salomón, con el rostro pálido y los labios descoloridos. -Azrael, el ángel de la muerte, me ha dirigido una mirada impresionante, llena de cólera. ¡Manda al viento, por favor te lo suplico, que me lleve a la India para poner a salvo mi cuerpo y mi alma!Salomón mandó, pues, al viento que hiciera lo que pedía el hombre.
Y, al día siguiente, el profeta preguntó a Azrael:

-¿Por qué has echado una mirada tan inquietante a ese hombre, que es un fiel? Le has causado tanto miedo que ha abandonado su patria.
Azrael respondió:-Ha interpretado mal mi mirada. No lo miré con cólera, sino con asombro. Dios, en efecto, me había ordenado que fuese a tomar su vida en la India, y me dije: ¿Cómo podría, a menos que tuviese alas, trasladarse a la India?







El gesto de la muerte
Jean Cocteau

Un joven jardinero persa dice a su príncipe:
-¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, quisiera estar en Ispahán.
El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte y le pregunta:
-Esta mañana ¿por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza?
-No fue un gesto de amenaza -le responde- sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de
Ispahán esta mañana y debo tomarlo esta noche en Ispahán.





La muerte en SamarraGabriel
García Márquez (Adaptación)

El criado llega aterrorizado a casa de su amo.
-Señor -dice- he visto a la Muerte en el mercado y me ha hecho una señal de amenaza.

El amo le da un caballo y dinero, y le dice:

-
Huye a Samarra.
El criado huye. Esa tarde, temprano, el señor se encuentra la Muerte en el mercado.

-Esta mañana le hiciste a mi criado una señal de amenaza -dice.

-No era de amenaza -responde la Muerte- sino de sorpresa. Porque lo veía ahí, tan lejos de Samarra, y esta misma tarde tengo que recogerlo allá.

23 de febrero de 2009

En todas partes cuecen habas...

Para YiHua, PinYen, Evan y todos mis amigos taiwaneses y chinos que me han descubierto un mundo nuevo y delicado.


La familia feliz

"Escribir sólo cuando uno se siente inspirado. Eso es de veras hacer obra de arte, una obra que, como la luz del sol, irradie de una fuente infinita de claridad y no simplemente la chispa que brota del roce de la piedra con el hierro; sólo entonces el autor es un verdadero artista. Mientras que yo... ¡escribir como lo he hecho!..."

Cuando llegó a este punto de sus reflexiones saltó de la cama. Hacía tiempo que venía diciéndose que era absolutamente necesario escribir algo a fin de obtener un poco de dinero para la casa; aun más, había decidido por anticipado enviar su manuscrito a La Felicidad, revista mensual, porque pagaba mejor que otras publicaciones. Pero tenía que encontrar un tema conveniente, de otro modo podrían rechazar su trabajo. Bueno, iba a encontrar uno... "¿Cuáles son los problemas que inquietan a los jóvenes en la actualidad?... Son muchos, sin duda, pero tal vez la mayor parte de ellos se refiere al amor, al matrimonio, a la familia... Sí, hay muchos jóvenes que viven preocupados de estas cuestiones y las discuten todos los días. Bueno, vamos entonces con la familia. Pero ¿cómo presentarla?... Porque hay que hacer las cosas de modo que esta novela breve no sea rechazada. Pero ¿para qué estar prediciendo desgracias? Sin embargo..."

Saltó del lecho y de cuatro o cinco brincos se aproximó al escritorio; se sentó, sacó del cajón una hoja de papel con cuadrículas verdes y, aunque con cierta sensación de humillación, escribió sin vacilar el título: Una familia feliz.

Hecho esto, su pincel se inmovilizó. Levantó los ojos al cielo raso, pensando en el sitio en que colocaría a esta familia feliz. ¿Pekín? No, un lugar demasiado muerto, hasta el aire que se respira parece muerto. Y aunque esta familia viviera en una casa rodeada de altas murallas, el aire de Pekín no dejaría de llegarle. ¡No, imposible! En Chiangsú y en Chechiang se prevé una guerra de un día a otro. En Fuchián, ni hablar. ¿Sechuán? ¿Guangdong? Están en plena guerra civil. ¿Tal vez Shangdong o Jonán?... De ninguna manera, uno de mis personajes podría ser secuestrado y si cualquiera de ambos esposos es apresado por los bandoleros, la familia se convertiría en una familia desgraciada. Por otra parte, las casas situadas dentro de las concesiones de Shanghai o Tientsín cobran alquileres demasiado subidos... ¿Y si los pusiera en el extranjero? No, sería completamente ridículo. No sé tampoco en qué situación están Yunnán y Guichou, pero las comunicaciones son tan difíciles...

Después de haber reflexionado largamente y al no encontrar un solo sitio apropiado, decidió inventar una ciudad que llamaría A. Pero de pronto lo asaltó otra idea: "Existen no pocas personas que están contra el empleo de letras del alfabeto europeo; dicen que reemplazar el nombre de una persona o de un sitio por una inicial, disminuye el interés del lector. Más seguro será que en esta novela me abstenga de hacerlo... Pero ¿qué lugar será mejor, entonces? En Junán hay guerra, en Dalian los alojamientos son muy caros... En Chahar, en Chilin, en Jeilongchiang..., bueno, he oído decir que hay muchos bandidos; no, tampoco sirve esto..."

Volvió a dedicar largos minutos a la reflexión, pero fue inútil; no pudo encontrar un sitio conveniente para su relato. Finalmente decidió que esta familia feliz viviría hipotéticamente en una ciudad llamada A.

"En definitiva, esta familia tiene que vivir en A; se acabó la discusión. La familia se compone naturalmente del marido y la mujer, el señor y la señora, que se han casado por amor. Su contrato de matrimonio comprende una cuarentena de cláusulas muy detalladas, que aseguran a los esposos una igualdad perfecta y una gran libertad. Ambos son muy cultos, pertenecen a la élite intelectual... Haber estudiado en Japón es cosa pasada de moda... Es mejor que hayan estudiado en algún país de Occidente. Él se viste siempre a la europea, con cuello almidonado e impecable. Ella tiene siempre los rizos en la frente, suaves y vaporosos, peinados al estilo de un nido de gorriones. Luce siempre dientes nacarados, pero lleva el vestido chino..."

-No, no, eso no... ¡Veinticinco libras!

Al oír una voz de hombre que venía de bajo la ventana, instintivamente se volvió en esa dirección. Pero las cortinas estaban descorridas y el sol brillaba tan fuerte que la reverberación le causó dolor en los ojos. Pronto oyó ruido de trozos de leña que caían al suelo. "No tengo nada que ver con eso", pensó volviéndose para continuar en sus reflexiones. "¿Veinticinco libras de qué?... Pertenecen a la élite intelectual, aman la literatura y el arte. Pero como han sido criados en el seno de familias felices, no gustan de las novelas rusas... La mayor parte de las novelas rusas muestran a gente del bajo pueblo y por lo tanto no son adecuadas para esta familia.

"¿Veinticinco libras? No pensemos en esto. ¿Qué leen entonces? ¿Los poemas de Byron, los de Keats? No, eso no, no es seguro... Ah, ya lo tengo, están maravillados con el libro Un marido ideal. Bueno, la verdad es que todavía no he leído ese libro, pero si los profesores de la Universidad lo elogian tanto, supongo que a este matrimonio le encantará. Ambos lo leen, cada uno tiene su ejemplar; hay dos ejemplares de Un marido ideal en el seno de esta familia..."

Experimentó una sensación de vacío en el estómago y, dejando el pincel, se agarró la cabeza con ambas manos, lo que le dio la posición de un globo suspendido de dos columnas. "...Están almorzando", piensa. "Sobre la mesa hay un mantel de blancura nívea; el cocinero trae los platos, platos chinos. ¿Veinticinco libras de qué? No hay que pensar en esto. ¿Por qué platos chinos? Los occidentales dicen que la cocina china está a la cabeza del progreso, es la más sabrosa, la más sana; es la razón por la cual esta pareja prefiere los platos chinos. El cocinero trae el primer plato. Pero ¿qué puede ser el primer plato?"

-Leña para la lumbre...

Se sobresalta, vuelve la cabeza y ve a la dueña de su propia casa, de pie a su izquierda. Lo mira con ojos sombríos y tristes.

-¿Qué pasa? -pregunta él, descontento de que haya venido a trastornar su creación.

-Hemos agotado la leña para la lumbre y acabo de comprar más. La última vez las diez libras costaban veinticuatro sapecas y hoy cuestan veintiséis. Me propongo darle veinticinco por las diez libras, ¿qué piensas tú?

-Bien, bien, vaya por las veinticinco.

-No nos ha hecho un buen peso. Insiste en que hay veinticinco libras y media y yo pienso insistir en que hay veintitrés libras y media... ¿Qué crees tú?

-Bueno, vaya por las veintitrés libras y media.

-En ese caso, cinco veces cinco, veinticinco; tres veces cinco, quince...

¡Oh!... Cinco veces cinco, veinticinco; tres veces cinco, quince..., tampoco pudo terminar la multiplicación. Después de una pausa, de súbito cogió con brusquedad el pincel y en la hoja de cuadrículas verdes en que había escrito Una familia feliz, se puso a hacer el cálculo. Después de largos minutos levantó la cabeza y dijo:

-Cincuenta y ocho sapecas.

-Entonces no me alcanza; me faltan ocho o nueve sapecas.

Abrió el cajón de la mesa, sacó todas las monedas que había, cerca de treinta, y las puso sobre la mano tendida de ella. La miró partir y volvió a su escritorio. Su cabeza estaba pesada, como si fuera a estallar, llena de atados de leña. Cinco veces cinco, veinticinco. El cerebro parecía tener números arábigos impresos en todas direcciones. Aspiró profundamente, luego hizo una forzada espiración como si con ese recurso fuera a desocupar su mente de la leña para la lumbre, las cinco veces cinco, veinticinco y los números arábigos. Y, efectivamente, después de ese ejercicio de respiración, se sintió más relajado. Volvió a sus reflexiones, que eran un poco vagas:

"¿Qué platos? No hay nada que impida que esos platos sean extraordinarios. Lomo frito, holoturias con camarones son platos bastante comunes. Estoy empeñado en hacerlos comer 'duelo entre tigre y dragón'. Pero ¿en qué consiste este plato? Algunos dicen que es un plato cantonés muy rebuscado que sólo se sirve en banquetes importantes y que lo preparan con gato y serpiente. Pero yo vi este plato en el menú de un restaurante en Chiangsú. En Chiangsú no comen a lo mejor gatos ni serpientes. Quizás, como me dijo otro, este plato se hace con ranas y anguilas. Bueno, entonces, ¿de qué provincia tendrían que ser ambos esposos? Tanto peor, dejemos eso de lado. En todo caso, de cualquiera provincia que sean, pueden muy bien comer una mezcla de gato con serpiente o de ranas y anguilas sin que la felicidad de la familia se vea afectada en absoluto, bueno, quedamos en que el primer plato que se les sirve es 'duelo entre tigre y dragón'. No hay más que hablar sobre esto.

"Ahora que el plato 'duelo entre tigre y dragón' se halla al centro de la mesa, los esposos levantan los palillos al mismo tiempo y señalando el plato se miran sonriendo:

"-My dear, please.

"-Please, you eat first, my dear.

"-Oh, no, please you!

"Y ambos, con sus palillos, sacan al mismo tiempo un trozo de serpiente... No, no, no está bien; la carne de serpiente es demasiado ordinaria; es mejor decir que sacan un trozo de anguila. En tal caso, el 'duelo entre tigre y dragón' tiene que componerse de ranas y anguilas. Ambos sacan simultáneamente un pedazo de anguila de igual tamaño. Cinco veces cinco, veinticinco, tres veces cinco... Dejemos eso. Se llevan los trozos a la boca al mismo tiempo..."

Tuvo deseos irreprimibles de volverse para ver lo que ocurría a sus espaldas, porque sentía gran animación, que alguien iba y venía varias veces; pero se contuvo y continuó pensando distraídamente:

"Esto parece un poco sensiblero; no se es tan sentimental en la vida de familia. ¿Por qué tengo todo tan confuso en la cabeza? Temo que no voy a llegar a dar fin a esta historia, a pesar de que tiene un título tan bonito...

"Tampoco es absolutamente necesario que hayan estudiado en el extranjero; pueden haber estudiado en una universidad china, pero ambos tienen diploma universitario y pertenecen a la élite intelectual, a la élite... El marido es escritor, la mujer también escribe, o por lo menos es apasionada por la literatura. O bien ella es poetisa y el marido un apasionado por la poesía; él es feminista. O mejor..."

No resistiendo más, volvió la cabeza.

Junto al estante de libros que se hallaba a sus espaldas se levantaba un montículo de coles: tres abajo, dos al centro y una encima, formando una A gigantesca.

"¡Oh!", lanzó un suspiro de asombro; el calor le subió a las mejillas y sintió una picazón corriéndole por la espalda. "Pues..." Respiró profundamente como para desembarazarse de la picazón que tenía junto a la columna vertebral y luego continuó:

"...Es necesario que esta casa feliz tenga muchas habitaciones. Hay una despensa donde se pueden meter los repollos y otros elementos por el estilo. El dueño de casa tiene un despacho personal, con estanterías para libros que cubren todos los muros y junto a las cuales no hay coles, naturalmente. Estas estanterías están colmadas de libros, libros chinos, libros extranjeros, entre los que no falta Un marido ideal..., dos ejemplares. El dormitorio es una habitación separada, con un catre de cobre, o bien una cama más corriente; una cama de madera de olmo como las que fabrican los presos de la cárcel número uno no estaría mal; debajo de la cama hay mucha limpieza..." Echó una mirada al suelo debajo de su propia cama; la provisión de leña para la lumbre se había acabado y no se veía sino un trozo de paja trenzada, estirado en el suelo como el cadáver de una serpiente.

"Veintitrés libras y media..." Tuvo el presentimiento de que la leña para la lumbre iba a llegar -cargas y más cargas- y comenzó a dolerle la cabeza. Se levantó precipitadamente de la silla y fue a cerrar la puerta; pero cuando sus manos iban a tocar la perilla pensó que obrar de esa manera equivaldría en realidad a mostrar muy mal humor; en consecuencia, en vez de cerrar la puerta se limitó a bajar la cortina llena de polvo. Se dijo que esta medida, menos extrema que la de encerrarse, le evitaría también los inconvenientes de una puerta abierta; había alcanzado el justo término medio recomendado por los antiguos.

"La puerta del despacho del dueño de casa está, por lo tanto, siempre cerrada", pensó mientras volvía a sentarse. "Si alguien necesita verlo, golpea la puerta y sólo entra cuando él lo autoriza. Este sistema es muy razonable. Cuando el marido está en su despacho y la mujer quiere ir a hablar de literatura con él, también golpea la puerta... Pero el marido no tiene nada que temer, ni mucho menos que ella vaya a llevarle un montón de coles.

"-Come in, please, my dear.

"Pero, ¿qué se puede hacer cuando el marido no tiene tiempo para hablar de literatura? ¿La deja llamar discretamente a la puerta sin responderle? No, no es posible. A lo mejor este caso está descrito en Un marido ideal..., de veras debe ser una buena novela. Si me pagan por mi narración, tendré que comprar este libro..."

¡Pam!

Su espalda se enderezó, porque sabía por experiencia que ese "¡pam!" era el ruido que hacía la mano de su mujer al caer sobre la cabeza de la hija pequeña, de tres años.

"En esta familia feliz...", pensó con la espalda tiesa, oyendo llorar a la niña, "los hijos llegan tarde, más tarde. O bien no llegan, lo cual es mucho más simple para dos personas. Pueden vivir en un cuarto de hotel, en una pensión con todo el servicio comprendido. Por otra parte, sería más simple que no hubiera sino una persona sola..."

Como los llantos de la niña redoblaban en intensidad, se levantó y cruzó la cortina pensando:

"Karl Marx escribió Das Kapital entre el ruido del llanto de sus hijos, lo que demuestra que era un gran hombre..."

Atravesó la habitación junto a la suya y abrió la puerta exterior; un fuerte olor a petróleo lo asaltó. La niña estaba tendida de boca, a la derecha de la puerta; al ver a su padre lloró aún con más ganas.

-Vamos, vamos, no llores así, no llores así, mi hijita buena... -Se inclinó para levantarla. Cuando la tenía en los brazos se volvió y vio a su mujer, de pie al otro lado de la puerta. También ella tenía la espalda tiesa y parecía muy enojada, las manos en las caderas, como si estuviera preparándose para hacer ejercicios gimnásticos.

-¡Tú también vienes a fastidiarme! En vez de ayudarme, lo echas todo a perder. Claro, tenías que dar vuelta a la lámpara de petróleo... ¿Cómo vamos a alumbrarnos esta noche?

-Vamos, vamos, hijita, no llores más -poniendo oídos sordos a las enérgicas palabras de su mujer, llevó a la niña a su habitación, sin dejar de acariciarle la cabeza-. Tú eres mi hijita buena -dijo poniéndola en el suelo. Se sentó, instaló a la pequeña entre sus rodillas, y levantando la mano, añadió-: No llores, hijita buena. Papá va a imitar al minino cuando se lava la cara. Mira.

Alargando el cuello, sacó la lengua, hizo como que se humedecía la palma de la mano y luego se la pasó por la cara, dibujando círculos en el aire.

-¡Ah, ja, ja, es la gata Florecilla! -dijo la niña riendo.

-¡Eso es, eso es, Florecilla! -Se pasó aún varias veces más la mano en círculos junto a la cara; la niña lo miraba sonriendo a través de sus lágrimas. De pronto se dio cuenta del parecido que existía entre esa linda carita de niña inocente y la de su mujer, cinco años antes. Los labios muy rojos eran exactamente los mismos, sólo que más pequeños. Había sido en un día de invierno soleado; al oírlo decir que estaba dispuesto a vencer todos los obstáculos y a hacer todos los sacrificios necesarios por ella, ella lo había mirado así, sonriendo a pesar de las lágrimas que nublaban sus ojos. Melancólicamente sentado en su silla, él daba la impresión de un hombre algo borracho.

"Ah, los hermosos labios...", pensó.

De súbito se levantó la cortina y la leña para la lumbre hizo su entrada.

Recuperó su propio dominio y notó que la niña, aún con lágrimas en los ojos, lo miraba, los labios rojos entreabiertos. "Labios..." Echó una mirada de soslayo, vio que la leña llegaba por brazadas. "...Tal vez bastará que cuente cinco veces cinco, veinticinco, y nueve veces nueve, ochenta y uno, en el futuro, para que sus ojos se vuelvan sombríos y tristes..." Pensando en ello, cogió bruscamente la hoja de las cuadrículas verdes en la que había escrito un título y una serie de cifras, la arrugó y luego la estiró de nuevo y la aprovechó para enjugar los ojos y la nariz de la niña.

-Pórtate bien, anda a jugar sola.

La empujó hacia la puerta y lanzó con violencia la bola de papel arrugado al cesto de los papeles.

Se arrepintió en seguida de la brusquedad con la niña, y se volvió para mirarla alejarse solita. El ruido de la leña que arrojaban bajo la cama lo aturdió. Quiso concentrarse de nuevo y, sentándose a la mesa de trabajo, cerró los ojos, desterró los pensamientos que lo perturbaban y permaneció apaciblemente inmóvil.

La imagen de una flor negra, redonda y plana, con un corazón de color naranja, surgió bajo sus pupilas; pasó flotando del rabillo del ojo izquierdo al ojo derecho y luego desapareció. En seguida fue una flor de un verde vivo con un corazón verde oscuro; finalmente un montículo formado por seis coles, que se alzó ante él con el aspecto de una A gigantesca.

FIN

18 de febrero de 1924

20 de febrero de 2009

Caperucita roja (versión políticamente correcta)




Para todos/as los/as manipuladores/as del lenguaje

En un tiempo en la que la falsedad en el lenguaje está instaurada como un modo de modificar nuestra visión de la realidad, este cuento nos invita a sonreír con una nueva versión de la historia de Caperucita


Érase una vez una persona de corta edad llamada Caperucita Roja que vivía con su madre en la linde de un bosque. Un día, su madre le pidió que llevase una cesta con fruta fresca y agua mineral a casa de su abuela, pero no porque lo considerara una labor propia de mujeres, atención, sino porque ello representaba un acto generoso que contribuía a afianzar la sensación de comunidad. Además, su abuela no estaba enferma; antes bien, gozaba de completa salud física y mental y era perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que era.

Así, Caperucita Roja cogió su cesta y emprendió el camino a través del bosque. Muchas personas creían que el bosque era un lugar siniestro y peligroso, por lo que jamás se aventuraban en él. Caperucita Roja, por el contrario, poseía la suficiente confianza en su incipiente sexualidad como para evitar verse intimidada por una imaginería tan obviamente freudiana.

De camino a casa de su abuela, Caperucita Roja se vio abordada por un lobo que le preguntó qué llevaba en la cesta.

-Un saludable tentempié para mi abuela quien, sin duda alguna, es perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que es -respondió.

-No sé si sabes, querida -dijo el lobo-, que es peligroso para una niña pequeña recorrer sola estos bosques.

Respondió Caperucita:
-Encuentro esa observación sexista y en extremo insultante, pero haré caso omiso de ella debido a tu tradicional condición de proscrito social y a la perspectiva existencial -en tu caso propia y globalmente válida- que la angustia que tal condición te produce te ha llevado a desarrollar. Y ahora, si me perdonas, debo continuar mi camino.

Caperucita Roja enfiló nuevamente el sendero. Pero el lobo, liberado por su condición de segregado social de esa esclava dependencia del pensamiento lineal tan propia de Occidente, conocía una ruta más rápida para llegar a casa de la abuela. Tras irrumpir bruscamente en ella, devoró a la anciana, adoptando con ello una línea de conducta completamente válida para cualquier carnívoro. A continuación, inmune a las rígidas nociones tradicionales de lo masculino y lo femenino, se puso el camisón de la abuela y se acurrucó en el lecho.

Caperucita Roja entró en la cabaña y dijo:

-Abuela, te he traído algunas chucherías bajas en calorías y en sodio en reconocimiento a tu papel de sabia y generosa matriarca.

-Acércate más, criatura, para que pueda verte -dijo suavemente el lobo desde el lecho.

-¡Oh! -repuso Caperucita-. Había olvidado que visualmente eres tan limitada como un topo. Pero, abuela, ¡qué ojos tan grandes tienes!

-Han visto mucho y han perdonado mucho, querida.

-Y, abuela, ¡qué nariz tan grande tienes!... relativamente hablando, claro está, y a su modo indudablemente atractiva.

-Ha olido mucho y ha perdonado mucho, querida.

-Y... ¡abuela, qué dientes tan grandes tienes!

Respondió el lobo:

-Soy feliz de ser quién soy y lo qué soy -y, saltando de la cama, aferró a Caperucita Roja con sus garras, dispuesto a devorarla.

Caperucita gritó; no como resultado de la aparente tendencia del lobo hacia el travestismo, sino por la deliberada invasión que había realizado de su espacio personal.

Sus gritos llegaron a oídos de un operario de la industria maderera (o técnico en combustibles vegetales, como él mismo prefería considerarse) que pasaba por allí. Al entrar en la cabaña, advirtió el revuelo y trató de intervenir. Pero apenas había alzado su hacha cuando tanto el lobo como Caperucita Roja se detuvieron simultáneamente.

-¿Puede saberse con exactitud qué cree usted que está haciendo? -inquirió Caperucita.

El operario maderero parpadeó e intentó responder, pero las palabras no acudían a sus labios.

-¡Se cree acaso que puede irrumpir aquí como un Neandertalense cualquiera y delegar su capacidad de reflexión en el arma que lleva consigo! -prosiguió Caperucita-. ¡Sexista! ¡Racista! ¿Cómo se atreve a dar por hecho que las mujeres y los lobos no son capaces de resolver sus propias diferencias sin la ayuda de un hombre?

Al oír el apasionado discurso de Caperucita, la abuela saltó de la panza del lobo, arrebató el hacha al operario maderero y le cortó la cabeza. Concluida la odisea, Caperucita, la abuela y el lobo creyeron experimentar cierta afinidad en sus objetivos, decidieron instaurar una forma alternativa de comunidad basada en la cooperación y el respeto mutuos y, juntos, vivieron felices en los bosques para siempre.


[Traducido del inglés por Gian Castelli Gair]

James Finn Garner. Cuentos infantiles políticamente correctos, Circe Ediciones, Barcelona, 1995

19 de febrero de 2009

La enfermedad y la literatura

Para todos los médicos que han pasado por mi vida


Es normal oír hablar de una serie de temas que de modo habitual son tratados por la literatura de distintas culturas y tiempos: el amor (en sus muy variadas facetas), la guerra, las venganzas, la amistad, el paso del tiempo son algunos de los más comunes.

La enfermedad y las situaciones a que ésta da lugar aparecen también con frecuencia en las obras literarias, aunque tratadas de modo muy diverso.

En la Iliada, la peste que asola el campamento griego con motivo de la captura de la hija de un sacerdote de Apolo por parte de los griegos, será la que, con el tiempo termine por desatar la cólera de Aquiles y con ella, toda la acción del poema épico. Así, después de devolver la hija del sacerdote a su padre y conseguir que la peste se cobre más muertos, Agamenón reclama sus derechos de guerra y se apropia de Briseida, la cautiva que le había tocado en suerte a Aquiles, lo que provoca el enfado del héroe griego y su negativa a participar en la lucha contra Troya.

En Edipo Rey también la epidemia sirve como desencadenante de la acción. En esta tragedia Edipo se da cuenta de que ha disgustado a los dioses debido a una terrible peste que asola a la población. Para aplacar a las divinidades promete castigar a quien les haya disgustado con un terrible castigo, sin saber que sus palabras acabarán volviéndose contra él mismo.

Así refleja se refleja la situación de la ciudad a través de las palabras del sacerdote que se dirige a Edipo al comienzo de la tragedia

"La ciudad, como tú mismo puedes ver, está ya demasiado agitada y no es capaz todavía de levantar la cabeza de las profundidades por la sangrienta sacudida. Se debilita en las plantas fructíferas de la tierra, en los rebaños de bueyes que pacen y en los partos infecundos de las mujeres. Además, la divinidad que produce la peste, precipitándose, aflige la ciudad. ¡Odiosa epidemia, bajo cuyos efectos está despoblada la morada Cadmea, mientras el negro Hades se enriquece entre suspiros y lamentos! Ni yo ni estos jóvenes estamos sentados como suplicantes por considerarte igual a los dioses, pero sí el primero de los hombres en los sucesos de la vida y en las intervenciones de los dioses. Tú que, al llegar, liberaste la ciudad Cadmea del tributo que ofrecíamos a la cruel cantora y, además, sin haber visto nada más ni haber sido informado por nosotros, sino con la ayuda de un dios, se dice y se cree que enderezaste nuestra vida.

Pero ahora, ¡oh Edipo, el más sabio entre todos!, te imploramos todos los que estamos aquí como suplicantes que nos consigas alguna ayuda, bien sea tras oír el mensaje de algún dios, o bien lo conozcas de un mortal."


En El Decamerón la peste es tan sólo un pretexto, el motivo del que se sirve el autor para justificar la huída de los catorce jóvenes (siete chicos y siete doncellas) a una villa de las afueras de Florencia. Allí, para pasar el tiempo, se reúnen a una hora determinada en el jardín y cuentan un relato sobre el tema que propone la persona que ha sido elegida como reina del día.

La peste es objeto de un relato de Edgar Allan Poe, cuyo centenario celebramos este año. El cuento en cuestión se titula La máscara de la muerte roja y relata de un modo magistral el modo ideado por los nobles de una ciudad masacrada por la peste para escapar de ésta. Sin embargo, como el escritor demuestra, la muerte no es evitable y el modo en que ésta nos va a sorprender no depende de nuestra elección.

En Edgar Allan Poe son frecuentes los relatos que nos sitúan ante la enfermedad. Y es que el autor se sirve de ella para hacer presente a la muerte en sus cuentos. Mediante la alusión a diferentes enfermedades queda sugerida en sus narraciones que la muerte acecha con su guadaña y el ambiente se vuelve oscuro.
Un caso ejemplar es El entierro prematuro, en el que un enfermo de catalepsia, cuenta cómo vive presa de la obsesión de ser enterrado vivo. La verdad del caso del señor Valdemar es aún más inquietante. Los médicos deciden hipnotizar al enfermo señor Valdemar con el objeto de averiguar el efecto que la hipnosis produce en el desenlace de su mal. Cuando el paciente exclama que está muerto, un escalofrío recorre la espalda del lector.
En todos estos cuentos, Edgar Allan Poe no retrata de un modo objetivo la enfermedad. Lo hace desde una perspectiva teñida de terror y oscuridad con una voluntad claramente estética y literaria.

En La peste de Camus, esta enfermedad aparece tratada con más detalle. Sin embargo no es el objeto directo de la trama. Es utilizada por el autor francés para mostrar cómo son realmente las personas que aparecen en la novela. Puestas en una situación límite, en la que se ven obligados a enfrentarse a la muerte, los personajes demuestran de qué material están hechos. Así, el protagonista, Bernard Rieux se muestra muy pronto como un médico honesto que encuentra en su trabajo una forma de realizarse a sí mismo y de solidarizarse con los demás, en una especie de santidad laica. Este personaje contrasta con el de Cottard, un hombre ignorante y miserable que aprueba la peste, porque le libra de ser perseguido por la justicia.

Un caso semejante al anterior es el que podemos ver en Pabellón de cáncer de Alexander Solzhenisyn. En esta novela el cáncer es lo que reúne, lo que iguala a todos los sujetos, muy distintos entre sí, que se agrupan en una sala, mientras están recibiendo el tratamiento contra la enfermedad que padecen. Las conversaciones entre ellos nos ponen de manifiesto la vivencia de la enfermedad, el modo de enfrentarse a ella, la esperanza de algunos, la desilusión de otros, el amor, la envidia, el odio, la generosidad abnegada... todos los rasgos que se afilan cuando una enfermedad tan dura se maniesta abiertamente.

Muy interesante resulta el caso del autor ruso Fiódor Mijáilovich Dostoievsky. Este escritor, que padeció epilepsia, no se enfrenta de un modo directo a la enfermedad en sus obras, pero en ella los protagonistas o alguno de los personajes principales sufren alguna dolencia, permanente o transitoria. En Crimen y castigo, Raskólnikov es presa de un estado febril y de delirios como consecuencia de su pobreza, su constante humillación por no poder mantener a su familia, la falta de alimento y su carácter atormentado. Es en parte esa especie de fiebre lo que le conduce por los caminos del mal y le llevan al crimen. En la misma obra, la madrastra de Dunia (futura novia de Raskólnikov) sufre tisis, y sus hermanos padecen hambre ya que su padre, funcionario con puesto de trabajo, se bebe literalmente el sueldo. De este modo la madrastra conduce a su hijastra a lo que ella ve como única solución: la prostitución.


En Los hermanos Karamázov la enfermedad está muy presente. Smerdiákov, el criado y sirviente de Karamázov, tiene crisis epilépticas y consigue hacer creer a todo el mundo que es presa de una de ellas en un verdadero alarde digno de estudio neurológico e incluso, psiquiátrico.

Por su parte, la madre de este personaje es una bendita, una especie de personaje idiota, que sin embargo es respetado en parte por el pueblo por su bondad. La novia del protagonista Aliosha también aparece caracterizada como un personaje enfermizo y de hecho, al comienzo de la narración está en una silla de ruedas.
En El idiota, Dostoiewsky elige como protagonista a un príncipe que padece una epilepsia bastante maligna, por la que ha crecido en un sanatorio de Suiza. Por causa de su enfermedad muy enraizada durante su juventud, Mishkin no fue capaz de mantener una educación normal ni la formación necesaria para poder ejercer un trabajo y, más allá de sus veinte años, tiene la forma de pensar de un niño -no por inmadurez sino por ingenuidad. Siempre habla antes de pensar, no ve diferencias entre personas y cree en la bondad de todos, no conoce las malas intenciones. Esta bondad suya le acarrea el apodo de el idiota: su ingenuidad es traducida por estupidez por aquellos que lo conocen poco.
La presencia constante de la enfermedad en los personajes de Dostoievsky hace que la atmósfera de sus novelas quede teñida de cierta irrealidad, que se ve acentuada por las conductas y reacciones extremas que las figuras adoptan.

Quizá una dos de las obras contemporáneas en las que la enfermedad se observa más de cerca son dos novelas, Los renglones torcidos de Dios y Mujer de rojo sobre fondo gris de Torcuato Luca de Tena y de Miguel Delibes respectivamente.


En Los reglones torcidos de Dios, se nos cuenta la historia de Alice Gould, una mujer que es ingresada en un sanatorio mental. En su delirio, cree ser una investigadora privada a cargo de un equipo de detectives dedicados a esclarecer complicados casos. Según una carta de su médico particular, la realidad es otra: su paranoica obsesión es atentar contra la vida de su marido. La extrema inteligencia de esta mujer y su actitud aparentemente normal conducen a los médicos y a los lectores a la total confusión hasta el punto de no poder asegurar si Alice ha sido ingresada injustamente o padece realmente un grave y peligroso trastorno psicológico. El modo en que el narrador refleja la vida en un sanatorio mental, la dura realidad de los que allí están ingresados y su sufrimiento acercan al receptor de un modo certero al difícil mundo de la enfermedad mental. momento, por la forma de thriller que adopta. Sin ser una gran novela, resulta interesante su lectura como contacto con este ámbito de la enfermedad.


En cuanto a la obra de Delibes, Mujer de rojo sobre fondo gris, es el relato de los últimos días de la mujer del protagonista, en el que podemos reconocer al autor, desde el descubrimiento de que padece cáncer en estadio avanzado. En esta obra el autor nos sitúa en una posición muy interesante: la de la persona que convive junto al enfermo y que sufre de un modo muy intenso, por amor, el mal del otro. Una novela dura, adecuada para comprender a las personas que están sumidas en esta situación.
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/poe/mascara.htm
(En este enlace se puede acceder al texto La máscara de la muerte roja)
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/poe/entierro.htm
(Enlace a El entierro prematuro)
http://es.wikisource.org/wiki/La_verdad_sobre_el_caso_del_se%C3%B1or_Valdemar
(Enlace a La verdad del caso del señor Valdemar)

18 de febrero de 2009

El entierro prematuro

Este año en que se cumple el centenario de Edgar Allan Poe me he sentido obligada a compartir con vosotros uno de los cuentos del autor que más me han impresionado. Lo leí con doce años, en una edición de Anaya, ilustrada con unos dibujos que sugería más que mostraban y que acentuaban la atmósfera opresiva creada por el relato. Que os divirtáis tanto como lo hago yo cada vez que lo releo.


El entierro prematuro



Hay ciertos temas de interés absorbente, pero demasiado horribles para ser objeto de una obra de mera ficción. Los simples novelistas deben evitarlos si no quieren ofender o desagradar. Sólo se tratan con propiedad cuando lo grave y majestuoso de la verdad los santifican y sostienen. Nos estremecemos, por ejemplo, con el más intenso "dolor agradable" ante los relatos del paso del Beresina, del terremoto de Lisboa, de la peste de Londres y de la matanza de San Bartolomé o de la muerte por asfixia de los ciento veintitrés prisioneros en el Agujero Negro de Calcuta. Pero en estos relatos lo excitante es el hecho, la realidad, la historia. Como ficciones, nos parecerían sencillamente abominables. He mencionado algunas de las más destacadas y augustas calamidades que registra la historia, pero en ellas el alcance, no menos que el carácter de la calamidad, es lo que impresiona tan vivamente la imaginación. No necesito recordar al lector que, del largo y horrible catálogo de miserias humanas, podría haber escogido muchos ejemplos individuales más llenos de sufrimiento esencial que cualquiera de esos inmensos desastres generales. La verdadera desdicha, la aflicción última, en realidad es particular, no difusa. ¡Demos gracias a Dios misericordioso que los horrorosos extremos de agonía los sufra el hombre individualmente y nunca en masa!

Ser enterrado vivo es, sin ningún género de duda, el más terrorífico extremo que jamás haya caído en suerte a un simple mortal. Que le ha caído en suerte con frecuencia, con mucha frecuencia, nadie con capacidad de juicio lo negará. Los límites que separan la vida de la muerte son, en el mejor de los casos, borrosos e indefinidos... ¿Quién podría decir dónde termina uno y dónde empieza el otro? Sabemos que hay enfermedades en las que se produce un cese total de las funciones aparentes de la vida, y, sin embargo, ese cese no es más que una suspensión, para llamarle por su nombre. Hay sólo pausas temporales en el incomprensible mecanismo. Transcurrido cierto período, algún misterioso principio oculto pone de nuevo en movimiento los mágicos piñones y las ruedas fantásticas. La cuerda de plata no quedó suelta para siempre, ni irreparablemente roto el vaso de oro. Pero, entretanto, ¿dónde estaba el alma? Sin embargo, aparte de la inevitable conclusión a priori de que tales causas deben producir tales efectos, de que los bien conocidos casos de vida en suspenso, una y otra vez, provocan inevitablemente entierros prematuros, aparte de esta consideración, tenemos el testimonio directo de la experiencia médica y del vulgo que prueba que en realidad tienen lugar un gran número de estos entierros.

Yo podría referir ahora mismo, si fuera necesario, cien ejemplos bien probados. Uno de características muy asombrosas, y cuyas circunstancias igual quedan aún vivas en la memoria de algunos de mis lectores, ocurrió no hace mucho en la vecina ciudad de Baltimore, donde causó una conmoción penosa, intensa y muy extendida. La esposa de uno de los más respetables ciudadanos -abogado eminente y miembro del Congreso- fue atacada por una repentina e inexplicable enfermedad, que burló el ingenio de los médicos. Después de padecer mucho murió, o se supone que murió. Nadie sospechó, y en realidad no había motivos para hacerlo, de que no estaba verdaderamente muerta. Presentaba todas las apariencias comunes de la muerte. El rostro tenía el habitual contorno contraído y sumido. Los labios mostraban la habitual palidez marmórea. Los ojos no tenían brillo. Faltaba el calor. Cesaron las pulsaciones. Durante tres días el cuerpo estuvo sin enterrar, y en ese tiempo adquirió una rigidez pétrea. Resumiendo, se adelantó el funeral por el rápido avance de lo que se supuso era descomposición.


La dama fue depositada en la cripta familiar, que permaneció cerrada durante los tres años siguientes. Al expirar ese plazo se abrió para recibir un sarcófago, pero, ¡ay, qué terrible choque esperaba al marido cuando abrió personalmente la puerta! Al empujar los portones, un objeto vestido de blanco cayó rechinando en sus brazos. Era el esqueleto de su mujer con la mortaja puesta.

Una cuidadosa investigación mostró la evidencia de que había revivido a los dos días de ser sepultada, que sus luchas dentro del ataúd habían provocado la caída de éste desde una repisa o nicho al suelo, y al romperse el féretro pudo salir de él. Apareció vacía una lámpara que accidentalmente se había dejado llena de aceite, dentro de la tumba; puede, no obstante, haberse consumido por evaporación. En los peldaños superiores de la escalera que descendía a la espantosa cripta había un trozo del ataúd, con el cual, al parecer, la mujer había intentado llamar la atención golpeando la puerta de hierro. Mientras hacía esto, probablemente se desmayó o quizás murió de puro terror, y al caer, la mortaja se enredó en alguna pieza de hierro que sobresalía hacia dentro. Allí quedó y así se pudrió, erguida.

En el año 1810 tuvo lugar en Francia un caso de inhumación prematura, en circunstancias que contribuyen mucho a justificar la afirmación de que la verdad es más extraña que la ficción. La heroína de la historia era mademoiselle [señorita] Victorine Lafourcade, una joven de ilustre familia, rica y muy guapa. Entre sus numerosos pretendientes se contaba Julien Bossuet, un pobre littérateur [literato] o periodista de París. Su talento y su amabilidad habían despertado la atención de la heredera, que, al parecer, se había enamorado realmente de él, pero el orgullo de
casta la llevó por fin a rechazarlo y a casarse con un tal Monsieur [señor] Rénelle, banquero y diplomático de cierto renombre. Después del matrimonio, sin embargo, este caballero descuidó a su mujer y quizá llegó a pegarle. Después de pasar unos años desdichados ella murió; al menos su estado se parecía tanto al de la muerte que engañó a todos quienes la vieron. Fue enterrada, no en una cripta, sino en una tumba común, en su aldea natal. Desesperado y aún inflamado por el recuerdo de su cariño profundo, el enamorado viajó de la capital a la lejana provincia donde se encontraba la aldea, con el romántico propósito de desenterrar el cadáver y apoderarse de sus

preciosos cabellos. Llegó a la tumba. A medianoche desenterró el ataúd, lo abrió y, cuando iba a cortar los cabellos, se detuvo ante los ojos de la amada, que se abrieron. La dama había sido enterrada viva. Las pulsaciones vitales no habían desaparecido del todo, y las caricias de su amado la despertaron de aquel letargo que equivocadamente había sido confundido con la muerte. Desesperado, el joven la llevó a su alojamiento en la aldea. Empleó unos poderosos reconstituyentes aconsejados por sus no pocos conocimientos médicos. En resumen, ella revivió.

Reconoció a su salvador. Permaneció con él hasta que lenta y gradualmente recobró la salud. Su corazón no era tan duro, y esta última lección de amor bastó para ablandarlo. Lo entregó a Bossuet. No volvió junto a su marido, sino que, ocultando su resurrección, huyó con su amante a América. Veinte años después, los dos regresaron a Francia, convencidos de que el paso del tiempo había cambiado tanto la apariencia de la dama, que sus amigos no podrían reconocerla. Pero se equivocaron, pues al primer encuentro monsieur Rénelle reconoció a su mujer y la reclamó. Ella rechazó la reclamación y el tribunal la apoyó, resolviendo que las extrañas circunstancias y el largo período transcurrido habían abolido, no sólo desde un punto de vista equitativo, sino legalmente la autoridad del marido.

La Revista de Cirugía de Leipzig, publicación de gran autoridad y mérito, que algún editor americano haría bien en traducir y publicar, relata en uno de los últimos números un acontecimiento muy penoso que presenta las mismas características.

Un oficial de artillería, hombre de gigantesca estatura y salud excelente, fue derribado por un caballo indomable y sufrió una contusión muy grave en la cabeza, que le dejó inconsciente. Tenía una ligera fractura de cráneo pero no se percibió un peligro inmediato. La trepanación se hizo con éxito. Se le aplicó una sangría y se adoptaron otros muchos remedios comunes. Pero cayó lentamente en un sopor cada vez más grave y por fin se le dio por muerto.

Hacía calor y lo enterraron con prisa indecorosa en uno de los cementerios públicos. Sus funerales tuvieron lugar un jueves. Al domingo siguiente, el parque del cementerio, como de costumbre, se llenó de visitantes, y alrededor del mediodía se produjo un gran revuelo, provocado por las palabras de un campesino que, habiéndose sentado en la tumba del oficial, había sentido removerse la tierra, como si alguien estuviera luchando abajo. Al principio nadie prestó demasiada atención a las palabras de este hombre, pero su evidente terror y la terca insistencia con que repetía su historia produjeron, al fin, su natural efecto en la muchedumbre.


Algunos con rapidez consiguieron unas palas, y la tumba, vergonzosamente superficial, estuvo enpocos minutos tan abierta que dejó al descubierto la cabeza de su ocupante. Daba la impresión de que estaba muerto, pero aparecía casi sentado dentro del ataúd, cuya tapa, en furiosa lucha, había levantado parcialmente. Inmediatamente lo llevaron al hospital más cercano, donde se le declaró vivo, aunque en estado de asfixia. Después de unas horas volvió en sí, reconoció a algunas personas conocidas, y con frases inconexas relató sus agonías en la tumba.

Por lo que dijo, estaba claro que la víctima mantuvo la conciencia de vida durante más de una hora después de la inhumación, antes de perder los sentidos. Habían rellenado la tumba, sin percatarse, con una tierra muy porosa, sin aplastar, y por eso le llegó un poco de aire. Oyó los pasos de la multitud sobre su cabeza y a su vez trató de hacerse oír. El tumulto en el parque del cementerio, dijo, fue lo que seguramente lo despertó de un profundo sueño, pero al despertarse se dio cuenta del espantoso horror de su situación. Este paciente, según cuenta la historia, iba mejorando y parecía encaminado hacia un restablecimiento definitivo, cuando cayó víctima de la charlatanería de los experimentos médicos. Se le aplicó la batería galvánica y expiró de pronto en uno de esos paroxismos estáticos que en ocasiones produce.

La mención de la batería galvánica, sin embargo, me trae a la memoria un caso bien conocido y muy extraordinario, en que su acción resultó ser la manera de devolver la vida a un joven abogado de Londres que estuvo enterrado dos días. Esto ocurrió en 1831, y entonces causó profunda impresión en todas partes, donde era tema de conversación.

El paciente, el señor Edward Stapleton, había muerto, aparentemente, de fiebre tifoidea acompañada de unos síntomas anómalos que despertaron la curiosidad de sus médicos. Después de su aparente fallecimiento, se pidió a sus amigos la autorización para un examen postmórtem (autopsia), pero éstos se negaron. Como sucede a menudo ante estas negativas, los médicos decidieron desenterrar el cuerpo y examinarlo a conciencia, en privado. Fácilmente llegaron a un arreglo con uno de los numerosos grupos de ladrones de cadáveres que abundan en Londres, y la tercera noche después del entierro el supuesto cadáver fue desenterrado de una tumba de ocho pies de profundidad y depositado en el quirófano de un hospital privado.

Al practicársele una incisión de cierta longitud en el abdomen, el aspecto fresco e incorrupto del sujeto sugirió la idea de aplicar la batería. Hicieron sucesivos experimentos con los efectos acostumbrados, sin nada de particular en ningún sentido, salvo, en una o dos ocasiones, una apariencia de vida mayor de la norma en cierta acción convulsiva.

Era ya tarde. Iba a amanecer y se creyó oportuno, al fin, proceder inmediatamente a la disección. Pero uno de los estudiosos tenía un deseo especial de experimentar una teoría propia e insistió en aplicar la batería a uno de los músculos pectorales. Tras realizar una tosca incisión, se estableció apresuradamente un contacto; entonces el paciente, con un movimiento rápido pero nada convulsivo, se levantó de la mesa, caminó hacia el centro de la habitación, miró intranquilo a su alrededor unos instantes y entonces habló. Lo que dijo fue ininteligible, pero pronunció algunas palabras, y silabeaba claramente. Después de hablar, se cayó pesadamente al suelo.

Durante unos momentos todos se quedaron paralizados de espanto, pero la urgencia del caso pronto les devolvió la presencia de ánimo. Se vio que el señor Stapleton estaba vivo, aunque sin sentido. Después de administrarle éter volvió en sí y rápidamente recobró la salud, retornando a la sociedad de sus amigos, a quienes, sin embargo, se les ocultó toda noticia sobre la resurrección hasta que ya no se temía una recaída. Es de imaginar la maravilla de aquellos y su extasiado asombro.

El dato más espeluznante de este incidente, sin embargo, se encuentra en lo que afirmó el mismo señor Stapleton. Declaró que en ningún momento perdió todo el sentido, que de un modo borroso y confuso percibía todo lo que le estaba ocurriendo desde el instante en que fuera declarado muerto por los médicos hasta cuando cayó desmayado en el piso del hospital. "Estoy vivo", fueron las incomprendidas palabras que, al reconocer la sala de disección, había intentado pronunciar en aquel grave instante de peligro.


Sería fácil multiplicar historias como éstas, pero me abstengo, porque en realidad no nos hacen falta para establecer el hecho de que suceden entierros prematuros. Cuando reflexionamos, en las raras veces en que, por la naturaleza del caso, tenemos la posibilidad de descubrirlos, debemos admitir que tal vez ocurren más frecuentemente de lo que pensamos. En realidad, casi nunca se han removido muchas tumbas de un cementerio, por alguna razón, sin que aparecieran esqueletos en posturas que sugieren la más espantosa de las sospechas. La sospecha es espantosa, pero es más espantoso el destino. Puede afirmarse, sin vacilar, que ningún suceso se presta tanto a llevar al colmo de la angustia física y mental como el enterramiento antes de la muerte. La insoportable opresión de los pulmones, las emanaciones sofocantes de la tierra húmeda, la mortaja que se adhiere, el rígido abrazo de la estrecha morada, la oscuridad de la noche absoluta, el silencio como un mar que abruma, la invisible pero palpable presencia del gusano vencedor; estas cosas, junto con los deseos del aire y de la hierba que crecen arriba, con el recuerdo de los queridos amigos que volarían a salvarnos si se enteraran de nuestro destino, y la conciencia de que nunca podrán saberlo, de que nuestra suerte irremediable es la de los muertos de verdad, estas consideraciones, digo, llevan el corazón aún palpitante a un grado de espantoso e insoportable horror ante el cual la imaginación más audaz retrocede. No conocemos nada tan angustioso en la Tierra, no podemos imaginar nada tan horrible en los dominios del más profundo Infierno. Y por eso todos los relatos sobre este tema despiertan un interés profundo, interés que, sin embargo, gracias a la temerosa reverencia hacia este tema, depende justa y específicamente de nuestra creencia en la verdad del asunto narrado. Lo que voy a contar ahora es mi conocimiento real, mi experiencia efectiva y personal..


Durante varios años sufrí ataques de ese extraño trastorno que los médicos han decidido llamar catalepsia, a falta de un nombre que mejor lo defina. Aunque tanto las causas inmediatas como las predisposiciones e incluso el diagnóstico de esta enfermedad siguen siendo misteriosas, su carácter evidente y manifiesto es bien conocido. Las variaciones parecen serlo, principalmente, de grado. A veces el paciente se queda un solo día o incluso un período más breve en una especie de exagerado letargo. Está inconsciente y externamente inmóvil, pero las pulsaciones del corazón aún se perciben débilmente; quedan unos indicios de calor, una leve coloración persiste en el centro de las mejillas y, al aplicar un espejo a los labios, podemos detectar una torpe, desigual y vacilante actividad de los pulmones. Otras veces el trance dura semanas e incluso meses, mientras el examen más minucioso y las pruebas médicas más rigurosas no logran establecer ninguna diferencia material entre el estado de la víctima y lo que concebimos como muerte absoluta. Por regla general, lo salvan del entierro prematuro sus amigos, que saben que sufría anteriormente de catalepsia, y la consiguiente sospecha, pero sobre todo le salva la ausencia de corrupción. La enfermedad, por fortuna, avanza gradualmente. Las primeras manifestaciones, aunque marcadas, son inequívocas. Los ataques son cada vez más característicos y cada uno dura más que el anterior. En esto reside la mayor seguridad, de cara a evitar la inhumación. El desdichado cuyo primer ataque tuviera la gravedad con que en ocasiones se presenta, sería casi inevitablemente llevado vivo a la tumba.

Mi propio caso no difería en ningún detalle importante de los mencionados en los textos médicos. A veces, sin ninguna causa aparente, me hundía poco a poco en un estado de semisíncope, o casi desmayo, y ese estado, sin dolor, sin capacidad de moverme, o realmente de pensar, pero con una borrosa y letárgica conciencia de la vida y de la presencia de los que rodeaban mi cama, duraba hasta que la crisis de la enfermedad me devolvía, de repente, el perfecto conocimiento. Otras veces el ataque era rápido, fulminante. Me sentía enfermo, aterido, helado, con escalofríos y mareos, y, de repente, me caía postrado. Entonces, durante semanas, todo estaba vacío, negro, silencioso y la nada se convertía en el universo. La total aniquilación no podía ser mayor. Despertaba, sin embargo, de estos últimos ataques lenta y gradualmente, en contra de lo repentino del acceso. Así como amanece el día para el mendigo que vaga por las calles en la larga y desolada noche de invierno, sin amigos ni casa, así lenta, cansada, alegre volvía a mí la luz del alma. Pero, aparte de esta tendencia al síncope, mi salud general parecía buena, y no hubiera podido percibir que sufría esta enfermedad, a no ser que una peculiaridad de mi sueño pudiera considerarse provocada por ella. Al despertarme, nunca podía recobrar en seguida el uso completo de mis facultades, y permanecía siempre durante largo rato en un estado de azoramiento y perplejidad, ya que las facultades mentales en general y la memoria en particular se encontraban en absoluta suspensión.

En todos mis padecimientos no había sufrimiento físico, sino una infinita angustia moral. Mi imaginación se volvió macabra. Hablaba de "gusanos, de tumbas, de epitafios". Me perdía en meditaciones sobre la muerte, y la idea del entierro prematuro se apoderaba de mi mente. El espeluznante peligro al cual estaba expuesto me obsesionaba día y noche. Durante el primero, la tortura de la meditación era excesiva; durante la segunda, era suprema, Cuando las tétricas tinieblas se extendían sobre la tierra, entonces, presa de los más horribles pensamientos, temblaba, temblaba como las trémulas plumas de un coche fúnebre. Cuando mi naturaleza ya no aguantaba la vigilia, me sumía en una lucha que al fin me llevaba al sueño, pues me estremecía pensando que, al despertar, podía encontrarme metido en una tumba. Y cuando, por fin, me hundía en el sueño, lo hacía sólo para caer de inmediato en un mundo de fantasmas, sobre el cual flotaba con inmensas y tenebrosas alas negras la única, predominante y sepulcral idea. De las innumerables imágenes melancólicas que me oprimían en sueños elijo para mi relato una visión solitaria. Soñé que había caído en un trance cataléptico de más duración y profundidad que lo normal. De repente una mano helada se posó en mi frente y una voz impaciente, farfullante, susurró en mi oído: "¡Levántate!"


Me incorporé. La oscuridad era total. No podía ver la figura del que me había despertado. No podía recordar ni la hora en que había caído en trance, ni el lugar en que me encontraba. Mientras seguía inmóvil, intentando ordenar mis pensamientos, la fría mano me agarró con fuerza por la muñeca, sacudiéndola con petulancia, mientras la voz farfullante decía de nuevo:

-¡Levántate! ¿No te he dicho que te levantes?

-¿Y tú - pregunté- quién eres?

-No tengo nombre en las regiones donde habito -replicó la voz tristemente-. Fui un hombre y soy un espectro. Era despiadado, pero soy digno de lástima. Ya ves que tiemblo. Me rechinan los dientes cuando hablo, pero no es por el frío de la noche, de la noche eterna. Pero este horror es insoportable. ¿Cómo puedes dormir tú tranquilo? No me dejan descansar los gritos de estas largas agonías. Estos espectáculos son más de lo que puedo soportar. ¡Levántate! Ven conmigo a la noche exterior, y deja que te muestre las tumbas. ¿No es este un espectáculo de dolor?... ¡Mira!

Miré, y la figura invisible que aún seguía apretándome la muñeca consiguió abrir las tumbas de toda la humanidad, y de cada una salían las irradiaciones fosfóricas de la descomposición, de forma que pude ver sus más escondidos rincones y los cuerpos amortajados en su triste y solemne sueño con el gusano. Pero, ¡ay!, los que realmente dormían, aunque fueran muchos millones, eran menos que los que no dormían en absoluto, y había una débil lucha, y había un triste y general desasosiego, y de las profundidades de los innumerables pozos salía el melancólico frotar de las vestiduras de los enterrados. Y, entre aquellos que parecían descansar tranquilos, vi que muchos habían cambiado, en mayor o menor grado, la rígida e incómoda postura en que fueron sepultados. Y la voz me habló de nuevo, mientras contemplaba:

-¿No es esto, ¡ah!, acaso un espectáculo lastimoso?

Pero, antes de que encontrara palabras para contestar, la figura había soltado mi muñeca, las luces fosfóricas se extinguieron y las tumbas se cerraron con repentina violencia, mientras de ellas salía un tumulto de gritos desesperados, repitiendo: "¿No es esto, ¡Dios mío!, acaso un espectáculo lastimoso?"


Fantasías como ésta se presentaban por la noche y extendían su terrorífica influencia incluso en mis horas de vigilia. Mis nervios quedaron destrozados, y fui presa de un horror continuo. Ya no me atrevía a montar a caballo, a pasear, ni a practicar ningún ejercicio que me alejara de casa. En realidad, ya no me atrevía a fiarme de mí lejos de la presencia de los que conocían mi propensión a la catalepsia, por miedo de que, en uno de esos ataques, me enterraran antes de conocer mi estado realmente. Dudaba del cuidado y de la lealtad de mis amigos más queridos. Temía que, en un trance más largo de lo acostumbrado, se convencieran de que ya no había remedio. Incluso llegaba a temer que, como les causaba muchas molestias, quizá se alegraran de considerar que un ataque prolongado era la excusa suficiente para librarse definitivamente de mí. En vano trataban de tranquilizarme con las más solemnes promesas. Les exigía, con los juramentos más sagrados, que en ninguna circunstancia me enterraran hasta que la descomposición estuviera tan avanzada, que impidiese la conservación. Y aun así mis terrores mortales no hacían caso de razón alguna, no aceptaban ningún consuelo. Empecé con una serie de complejas precauciones. Entre otras, mandé remodelar la cripta familiar de forma que se pudiera abrir fácilmente desde dentro. A la más débil presión sobre una larga palanca que se extendía hasta muy dentro de la cripta, se abrirían rápidamente los portones de hierro. También estaba prevista la entrada libre de aire y de luz, y adecuados recipientes con alimentos y agua, al alcance del ataúd preparado para recibirme. Este ataúd estaba acolchado con un material suave y cálido y dotado de una tapa elaborada según el principio de la puerta de la cripta, incluyendo resortes ideados de forma que el más débil movimiento del cuerpo sería suficiente para que se soltara. Aparte de esto, del techo de la tumba colgaba una gran campana, cuya soga pasaría (estaba previsto) por un agujero en el ataúd y estaría atada a una mano del cadáver. Pero, ¡ay!, ¿de qué sirve la precaución contra el destino del hombre? ¡Ni siquiera estas bien urdidas seguridades bastaban para librar de las angustias más extremas de la inhumación en vida a un infeliz destinado a ellas!

Llegó una época -como me había ocurrido antes a menudo- en que me encontré emergiendo de un estado de total inconsciencia a la primera sensación débil e indefinida de la existencia. Lentamente, con paso de tortuga, se acercaba el pálido amanecer gris del día psíquico. Un desasosiego aletargado. Una sensación apática de sordo dolor. Ninguna preocupación, ninguna esperanza, ningún esfuerzo. Entonces, después de un largo intervalo, un zumbido en los oídos. Luego, tras un lapso de tiempo más largo, una sensación de hormigueo o comezón en las extremidades; después, un período aparentemente eterno de placentera quietud, durante el cual las sensaciones que se despiertan luchan por transformarse en pensamientos; más tarde, otra corta zambullida en la nada; luego, un súbito restablecimiento. Al fin, el ligero estremecerse de un párpado; e inmediatamente después, un choque eléctrico de terror, mortal e indefinido, que envía la sangre a torrentes desde las sienes al corazón. Y entonces, el primer esfuerzo por pensar. Y entonces, el primer intento de recordar. Y entonces, un éxito parcial y evanescente. Y entonces, la memoria ha recobrado tanto su dominio, que, en cierta medida, tengo conciencia de mi estado. Siento que no me estoy despertando de un sueño corriente. Recuerdo que he sufrido de catalepsia. Y entonces, por fin, como si fuera la embestida de un océano, el único peligro horrendo, la única idea espectral y siempre presente abruma mi espíritu estremecido.

Unos minutos después de que esta fantasía se apoderase de mí, me quedé inmóvil. ¿Y por qué? No podía reunir valor para moverme. No me atrevía a hacer el esfuerzo que desvelara mi destino, sin embargo algo en mi corazón me susurraba que era seguro. La desesperación -tal como ninguna otra clase de desdicha produce-, sólo la desesperación me empujó, después de una profunda duda, a abrir mis pesados párpados. Los levanté. Estaba oscuro, todo oscuro. Sabía que el ataque había terminado. Sabía que la situación crítica de mi trastorno había pasado. Sabía que había recuperado el uso de mis facultades visuales, y, sin embargo, todo estaba oscuro, oscuro, con la intensa y absoluta falta de luz de la noche que dura para siempre.

Intenté gritar, y mis labios y mi lengua reseca se movieron convulsivamente, pero ninguna voz salió de los cavernosos pulmones, que, oprimidos como por el peso de una montaña, jadeaban y palpitaban con el corazón en cada inspiración laboriosa y difícil. El movimiento de las mandíbulas, en el esfuerzo por gritar, me mostró que estaban atadas, como se hace con los muertos. Sentí también que yacía sobre una materia dura, y algo parecido me apretaba los costados. Hasta entonces no me había atrevido a mover ningún miembro, pero al fin levanté con violencia mis brazos, que estaban estirados, con las muñecas cruzadas. Chocaron con una materia sólida, que se extendía sobre mi cuerpo a no más de seis pulgadas de mi cara. Ya no dudaba de que reposaba al fin dentro de un ataúd.

Y entonces, en medio de toda mi infinita desdicha, vino dulcemente la esperanza, como un querubín, pues pensé en mis precauciones. Me retorcí e hice espasmódicos esfuerzos para abrir la tapa: no se movía. Me toqué las muñecas buscando la soga: no la encontré. Y entonces mi consuelo huyó para siempre, y una desesperación aún más inflexible reinó triunfante pues no pude evitar percatarme de la ausencia de las almohadillas que había preparado con tanto cuidado, y entonces llegó de repente a mis narices el fuerte y peculiar olor de la tierra húmeda. La conclusión era irresistible. No estaba en la cripta. Había caído en trance lejos de casa, entre desconocidos, no podía recordar cuándo y cómo, y ellos me habían enterrado como a un perro, metido en algún ataúd común, cerrado con clavos, y arrojado bajo tierra, bajo tierra y para siempre, en alguna tumba común y anónima.

Cuando este horrible convencimiento se abrió paso con fuerza hasta lo más íntimo de mi alma, luché una vez más por gritar. Y este segundo intento tuvo éxito. Un largo, salvaje y continuo grito o alarido de agonía resonó en los recintos de la noche subterránea.

-Oye, oye, ¿qué es eso? -dijo una áspera voz, como respuesta.

-¿Qué diablos pasa ahora? -dijo un segundo..

-¡Fuera de ahí! -dijo un tercero.

-¿Por qué aúlla de esa manera, como un gato montés? -dijo un cuarto.

Y entonces unos individuos de aspecto rudo me sujetaron y me sacudieron sin ninguna consideración. No me despertaron del sueño, pues estaba completamente despierto cuando grité, pero me devolvieron la plena posesión de mi memoria.

Esta aventura ocurrió cerca de Richmond, en Virginia. Acompañado de un amigo, había bajado, en una expedición de caza, unas millas por las orillas del río James. Se acercaba la noche cuando nos sorprendió una tormenta. La cabina de una pequeña chalupa anclada en la corriente y cargada de tierra vegetal nos ofreció el único refugio asequible. Le sacamos el mayor provecho posible y pasamos la noche a bordo. Me dormí en una de las dos literas; no hace falta describir las literas de una chalupa de sesenta o setenta toneladas. La que yo ocupaba no tenía ropa de cama. Tenía una anchura de dieciocho pulgadas. La distancia entre el fondo y la cubierta era exactamente la misma. Me resultó muy difícil meterme en ella. Sin embargo, dormí profundamente, y toda mi visión -pues no era ni un sueño ni una pesadilla- surgió naturalmente de las circunstancias de mi postura, de la tendencia habitual de mis pensamientos, y de la dificultad, que ya he mencionado, de concentrar mis sentidos y sobre todo de recobrar la memoria durante largo rato después de despertarme. Los hombres que me sacudieron eran los tripulantes de la chalupa y algunos jornaleros contratados para descargarla. De la misma carga procedía el olor a tierra. La venda en torno a las mandíbulas era un pañuelo de seda con el que me había atado la cabeza, a falta de gorro de dormir.

Las torturas que soporté, sin embargo, fueron indudablemente iguales en aquel momento a las de la verdadera sepultura. Eran de un horror inconcebible, increíblemente espantosas; pero del mal procede el bien, pues su mismo exceso provocó en mi espíritu una reacción inevitable. Mi alma adquirió temple, vigor. Salí fuera. Hice ejercicios duros. Respiré aire puro. Pensé en más cosas que en la muerte. Abandoné mis textos médicos. Quemé el libro de Buchan. No leí más pensamientos nocturnos, ni grandilocuencias sobre cementerios, ni cuentos de miedo como éste. En muy poco tiempo me convertí en un hombre nuevo y viví una vida de hombre. Desde aquella noche memorable descarté para siempre mis aprensiones sepulcrales y con ellas se desvanecieron los achaques catalépticos, de los cuales quizá fueran menos consecuencia que causa. Hay momentos en que, incluso para el sereno ojo de la razón, el mundo de nuestra triste humanidad puede parecer el infierno, pero la imaginación del hombre no es Caratis para explorar con impunidad todas sus cavernas. ¡Ay!, la torva legión de los terrores sepulcrales no se puede considerar como completamente imaginaria, pero los demonios, en cuya compañía Afrasiab hizo su viaje por el Oxus, tienen que dormir o nos devorarán..., hay que permitirles que duerman, o pereceremos.



http://es.wikipedia.org/wiki/El_entierro_prematuro

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