1 de noviembre de 2009

De Oblomov y otros gusanos

Para Mercedes, en su cumpleaños



A veces sucede que al simultanear la lectura de dos libros, encontramos entre ellos un vínculo que en principio no esperábamos entre obras tan dispares. Probablemente se deba a que la inteligencia, conmovida por la lectura, se encuentre más despierta para detectar las alusiones que se refieren a alguno de los elementos constitutivos de las obras.

Este fenómeno me sucedió hace unas semanas mientras leía Oblómov, una típica novela decimonónica rusa, y Radiaciones, un diario de Ernst Jünger sobre sus experiencias durante la Segunda Guerra Mundial. Dice este último autor:


"Siempre que vemos un gusano retorcerse, con nuestra conmiseración se mezcla también la repugnancia; algo parecido nos ocurre con el cerdo, el cual es afín al gusano en el modo de sufrir. Supongo que es así como se paga una existencia desprovista de preocupaciones -el gusano vive en la tierra grasa como si estuviera en el país de Jauja, y el cerdo se ha dejado degradar a la condición de glotón grasiento, un giro para el cual cabe presuponer que hubo, sino consentimiento, si idoneidad. En contraste con esto hay animales a los que vemos sufrir con mucha nobleza. En otros gusanos que viven de la depredación, como es el caso de los poliquetos, errantes, y en especial, de los quetognatos del género Sagitta, existen especies dotadas de una gran belleza, que a menudo he admirado a orillas del mar. Aquí vemos como lo que otorga nobleza no es el parentesco de sangre sino el modo de vivir."


Al leer este párrafo, tan trivial y descriptivo en su comienzo como trascendente en sus conclusiones me conmovió la profunda relación que entreví entre los dos tipos de gusanos y las figuras de la novela que estaba leyendo.

Oblómov es una obra de Iván Gonchárov, protagonizada esencialmente por dos personajes: Oblóvmov, un joven de la aristocracia rusa, acostumbrado desde su infancia a no hacer nada por sí mismo y por Scholz, su amigo hijo de un matrimonio formado por una aristócrata rusa y un alemán burgués, que supone la antítesis del temperamento de Oblómov.
Mientras éste deja pasar los días tumbado en un diván, con la misma ropa y sin atender a las ocupaciones que su hacienda genera, Scholz viaja por el mundo, ocupado en sus negocios y en dirigir su vida hacia un rumbo que tiene claro.

A pesar de la disparidad de caracteres, Oblomov (al que podríamos calificar de gusano de tierra grasa), y Scholz (el gusano depredador en palabras de Jünger) no interrumpen su amistad y continúan viéndose. Ante la decadencia de su amigo, Scholz intenta sacarlo de su inercia: le obliga a salir de su casa, lo lleva a bailes, le presenta a jóvenes atractivas y finalmente le pide que viaje con él al extranjero. Oblómov accede, pero cuando llega la fecha prevista, no acude al encuentro de su amigo. La razón no es otra que el amor que siente por una de las jóvenes que le ha presentado el alemán.
Pero si el modo de actuar sigue al modo de ser, el modo de amar también se corresponde con éste y Oblómov ama precisamente de una manera pasiva, sin tomar la iniciativa y dejando que sea su novia la que tome la iniciativa en todo momento.
Nos encontramos ante una novela que se debe calificar de clásica. En ella los dos personajes masculinos bailan, uno sentado y otro en continua acción en busca de la verdad, la belleza y, ante todo, el amor. Para tener en casa y releer con pausa.

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