14 de septiembre de 2009

Yolanda y yo

Para Yoli en el día de su no cumpleaños

Cuando Yoli era pequeña, tan pequeña que las piernas no le llegaban al suelo desde su cama, el mayor entretenimiento de su hermano era contarle cuentos adaptados. Entre sus favoritos estaba una versión muy especial de Platero y yo, que hoy, un día después de su cumpleaños, le dedico con todo mi cariño, en recuerdo de aquellos días de marionetas, burros, crititas y mirinda.


Yolanda es pequeña, peluda, suave; tan blanda por fuera, que se diría toda de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.

La dejo suelta y se va al parque, y acaricia tibiamente con sus manos, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas... La llamo dulcemente: "¿Yolanda?", y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal...

Come cuanto le doy. Le gustan las krititas, las mandarinas, las uvas moscateles, todas de ámbar; los higos de la higuera de Pazos Rei, con su cristalina gotita de miel...

Es tierna y mimosa igual que su perro Cequi..; pero fuerte y seca por dentro, como de granito... Cuando paseo a su lado los domingos, por las últimas callejas de Atocha, los chicos del barrio, vestidos de limpio y despaciosos, se quedan mirándola:

— Tiene acero...

Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo.



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