2 de julio de 2009

Sobre la plenitud




En estos días en que nos internamos en las vacaciones, todo nos incita a la gran evasión. Se trata de disfrutar al máximo: comer bien, beber mejor, tostarnos al sol, comprar recuerdos, bailar... en fin, sumergirnos en la frescura agradable de la frivolidad.
Por ello quiero hacerme eco antes de las vacaciones de un poema de Juan Ramón Jiménez. Hipocondriaco por excelencia, y obsesionado con la muerte nos hace comprender con sus palabras que esta vida tiene un final, y que, precisamente según el modo en que termina nuestra existencia esta cobra su sentido total. Por ello, carpe diem sí, pero de un modo inteligente, enriquecedor para nuestro espíritu y para todos los que se cruzan en nuestro camino vital.



Cénit

Yo no seré yo, muerte,
hasta que tú te unas con mi vida
y me completes así todo;
hasta que mi mitad de luz se cierre
con mi mitad de sombra
-y sea yo equilibrio eterno
en la mente del mundo:
unas veces, mi medio yo, radiante;
otras, mi otro medio yo, en olvido-.

Yo no seré yo, muerte,
hasta que tú, en tu turno, vistas
de huesos pálidos mi alma.


4 comentarios:

  1. Anónimo7/03/2009

    ¿Como te parece que se puede dssfrutar del tiempo libre de una forma enriquecedora y al vez relajada? ¿Te parece que plenitud equivale a final de la vida?

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  2. Ay anónimo, anónimo. Te voy a dar. Vayamos por partes, como dijo Jack el destripador.
    Disfrutar del tiempo de una forma relajada y a la vez enriquecedora. Que plantees esa pregunta refleja ya un estado mental. ¿Para relajarse no hay que hacer nada? ¿Enriquecerse supone una actuación estresante? Es muy relajante y enriquecedor, aunque no lo parezca, conversar y observar a los niños. Son divertidos y nos redescubren la realidad de modo sencillo y sorprendente.
    Mantener una conversación con una persona anciana puede ser enriquecedor (o desesperante).
    En cuanto a la segunda parte, contestaré en otro momento

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  3. En pleno viaje hago un alto para contestar a la segunda parte de tu pregunta.
    NO. Plenitud no es final de la vida. Pero una vida no puede juzgarse hasta su momento final.
    Puede parecer que un hombre es un desgraciado avaricioso. De pronto adquiere una enfermedad mortal y dedica el último año de su vida a intentar arreglar todas las injusticias que ha cometid y termina rodeado del cariño de algunas personas que han sido capaces de perdonarlo.
    Otra persona que se siente maravillosa y estupenda se pone enferma y se dedica a absorber egoístamente la atención de cuantos le rodean con sus quejas y comentarios amargos sobre su mala suerte hasta el final de sus días.
    En ese sentido digo que la plenitud de una vida es su final, pues de nadie puede decirse que tuvo una vida feliz el último de los días de su existencia.

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  4. ¡Precioso! Te mango el Cénit de Juan Ramón Jiménez.

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