27 de abril de 2009

Ojos que no ven, oídos que no escuchan. Otelo, el moro de Venecia.

Artículo cedido por http://letraceluloide.blogspot.com/
Autor: Ricardo L. Aiello. _ Guionista cinematográfico y televisivo. Docente especializado en Narrativa Audiovisual, Guión y Medios Audiovisuales. Director de TV, recibido en el ISER, Buenos Aires.

Ficha de la película
Dirección: Orson Welles. EEUU,1952. Guión: Orson Welles. Elenco: Orson Welles, Suzanne Cloutier, Micheál MacLiammóir, Robert Coote, Fay Compton, Hilton Edwards, Michael Laurence, Nicholas Bruce, Doris Dowling, Jean Davis.


Sabido es que los celos son sentimientos tan antiguos como la humanidad misma. Dicen algunos que son una enfermedad, pero otros lo definen como algo necesario y hasta como un condimento para el amor (¿será acaso que todo amor es enfermizo?); creo que ambas posiciones pueden ser bien compatibles y, en consecuencia, no excluyentes.

Le cupo a Shakespeare plasmar en una de sus tragedias al personaje paradigmático cuando de celos se trata: Otelo. Recordemos que en una entrevista reciente, el crítico y ensayista norteamericano Harold Bloom dijo que Shakespeare inventó lo que entendemos por humano.
La tragedia Otelo, el moro de Venecia, se escribió a principios del siglo XVII y es otra de las obras de Shakespeare que indagan la siempre misteriosa condición humana, sus ambiciones –las más ruines y las más nobles-, las relaciones entre la codicia individual y el poder, etc.etc. En la obra citada, es Emilia –esposa de Yago- quien define (a la propia Desdémona –devota esposa de Otelo-): Los celos son un monstruo que se engendra y nace de sí mismo. Se trata, en definitiva, de otra de las (complejas) pasiones humanas y su análisis no merece ser reduccionista ni maniqueísta, por cierto.

Como toda la obra del máximo dramaturgo inglés, Otelo fue objeto de traslaciones a la pantalla grande. Podemos citar cinco versiones realizadas en el período del cine mudo, y una última dirigida por Oliver Parker en 1996. Pero nos referiremos a la versión que hizo el genial Orson Welles (actuando incluso en el papel del moro), en 1952.

Bastante fiel a la obra primera (e insisto una vez más que este término, fiel, merece un amplio análisis y re-definición en función de las características del relato que se pretende transponer y sus modos posibles de lectura), se conservan casi en su totalidad los diálogos y los monólogos. La primera secuencia de la película, no obstante, adelanta el final: primero se observa, en un plano casi cenital, el rostro sin vida de Otelo, vemos luego que su cuerpo es traslado expuesto; junto a él, un féretro, un cortejo que los traslada y Yago – su alférez- que observa encerrado en una jaula el final de sus correrías. El resto del relato cinematográfico, así, se constituye en un flashback que, circularmente, retorna al punto de partida mencionado.

Toda transposición al cine origina (o debiera hacerlo) una re-lectura del material original, de su esencia y espíritu. Así, podemos advertir nuevamente algunos rasgos interesantes en los retratos humanos de Shakespeare: en este caso, los celos vienen acompañados de ambiciones desmedidas (¿acaso no lo es toda ambición?). Otelo conquista a Desdémona a espaldas de su padre (el senador Brabancio) y a través del relato de sus grandes virtudes guerreras; es decir que es el propio discurso del moro –aunque algo torpe y limitado, según lo define él mismo, pero ensalzado con las peripecias de las que da cuenta- el que seduce a la mujer. Pero Desdémona, la bella Desdémona, es también objeto del deseo de Rodrigo –hidalgo veneciano-. Éste comienza a conspirar apoyado por Yago, que se muestra tan ruin como tenaz en sus planes. Porque el rumor de una relación –pasada- entre Emilia –esposa de Yago- y Otelo, también existe en la historia, y, por supuesto, los chismes son siempre buen pábulo para los celos. Yago parece aspirar al poder y se sucumbe en su propia miseria; entonces, observamos en esta tragedia que las ambiciones de poder muchas veces –en todo tiempo y lugar- se hermanan también a las pasiones de la cama. Pero el poder militar, la capacidad guerrera, se ve pronto eclipsada (apenas empezado el drama): una fuerte tormenta hace naufragar (literalmente) los planes de los turcos cuando viajaban a Chipre para atacar a las fuerzas que defiende Otelo. Y entonces, la fortaleza de combate del moro deviene en debilidad amatoria, ante la mentira de Yago -a quien cree fiel-. Así, nuestro protagonista se convierte en un gigante con pies de barro y trastabilla: no sólo pierde a su Desdémona, asesinada por sus propias manos, sino que también pierde a su teniente Cassio –al que cree amante de su esposa-. El adulterio de la esposa no merece menos que el castigo de la muerte, porque sólo el cornudo consciente sufre; el personaje de Otelo, en uno de sus parlamentos fundamentales, dice que es el conocimiento –el saberse cornudo- lo que verdaderamente lo destruye –y no la intensidad de la falta-.

Y Otelo vuelve al discurso en uno de los pasajes finales de la obra cuando implora: …Os lo suplico, cuando en vuestras cartas narréis estos desgraciados acontecimientos, hablad de mí tal como soy; no atenuéis nada, pero no añadáis nada por mi malicia. Si obráis así, trazaréis entonces el retrato de un hombre que no amó con cordura, sino demasiado bien; de un hombre que no fue fácilmente celoso; pero que una vez inquieto, se dejó llevar hasta las últimas extremidades.

Cuando ya la caída no podía remediarse, es el propio protagonista quien asume –y expone- su talón de Aquiles.
La versión fílmica –más allá de su citada fidelidad- enriquece la propuesta con bellos decorados palaciegos (fue filmada en Marruecos) y planos logrados con la maestría indiscutible de Orson Welles.
Pero algo más nos deja pensando: las pasiones humanas nunca envejecen y el alma sigue siendo un misterio, más allá de tiempos y progresos.

1 comentario:

  1. Sí, ese final de Otelo es impresionante...
    Los celos no tienen límite. Buscan, en última instancia no solo poseer al otro, sino poseer el deseo del otro. Para Jean-Paul Sartre (1905-1980) el amor no puede conducir más que al fracaso. Lo que busca el deseo sexual, más allá de la satisfacción de un deseo, es la sumisión del otro a su propio deseo. Pero esto no puede ser más que un ideal imposible porque el Otro existe también como deseo y libertad. “En el deseo sexual la conciencia parece estar emplastada”, dice Sartre en El ser y la nada. El deseo nos “sumerge” y “no nos podemos distanciarnos de él, como sí podemos hacer con el hambre, y pensar en ‘otra cosa’”.

    En definitiva, el deseo es “una conducta hechizante” y a través del cuerpo “queremos tocar la libre subjetividad del otro. Ese es el verdadero sentido de la palabra posesión”, continúa el pensador francés. Los celos llevan ese deseo implícito, una posesión total del otro, un sometimiento completo que, sin embargo, nunca se verá satisfecho. Otelo, no puede alcanzar esa verdad (no quiere alcanzarla, en realidad; Desdémona es fiel, pero él quiere que confiese un crimen que no ha cometido). Al no conseguir apurar ese deseo último de entrega total, no tiene más remedio (según su lógica, claro) que matarla. Solo la muerte logra apagar la sed del deseo, el fuego de los celos.

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