23 de abril de 2009

Entrada colectiva


Para Charo Porto, la verdadera responsable de que exista el blog

La acción se desarrolla en los años 80 en un colegio privado. Las alumnas están repartidas en dos edificios. “Las pequeñas” como se llaman entre ellas, de 6 a 14 años, ocupan el más viejo y destartalado. “Las mayores” el de nueva construcción.
Hoy es un día de clase como los demás. La sorpresa salta cuando, a primera hora de la tarde, se anuncia que la profesora de Lengua y Literatura se ha puesto enferma y va a venir a dar la clase Charo, ¡la profesora de las mayores! Gran expectación. Charo tiene fama de buena profesora y de hecho va a causar una honda impresión en una de las niñas, yo misma, hasta entonces bastante ajena a la literatura clásica.
Con modales campechanos, grandes ojos verdes, muy vivos, y una voz de fumadora empedernida, dramatiza la lectura de lo que marcará el principio de mi afición por la literatura, aunque en aquel momento no entendí mucho de todo lo que esta gallega leyó con pasión. Fueron sus explicaciones posteriores las que me hicieron reparar en que en ese texto no sólo se expresaba una idea, sino que, además, se hacía de con un lenguaje elaborado a través de recursos literarios, que lo pulían, del mismo modo que hace el cincel con el marmol.
Y ahora, sin más preámbulos, doy paso al texto que Charo leyó en aquella tarde de mi infancia, no sin dejar de recordaros que hoy podéis hacer vuestras aportaciones para crear una entrada colectiva especial. ¿Cómo? Incluyendo en un comentario un fragmento de una obra de literatura que os haya gustado de modo especial.


ACTO PRIMERO

[En las montañas de Polonia]

Salen en lo alto de un monte ROSAURA, en hábito de hombre, de
camino, y en representado los primeros versos va bajando

ROSAURA: Hipogrifo violento
que corriste parejas con el viento,
¿dónde, rayo sin llama,
pájaro sin matiz, pez sin escama,
y bruto sin instinto
natural, al confuso laberinto
de esas desnudas peñas
te desbocas, te arrastras y despeñas?
Quédate en este monte,
donde tengan los brutos su Faetonte;
que yo, sin más camino
que el que me dan las leyes del destino,
ciega y desesperada
bajaré la cabeza enmarañada
de este monte eminente,
que arruga al sol el ceño de su frente.
Mal, Polonia, recibes
a un extranjero, pues con sangre escribes
su entrada en tus arenas,
y apenas llega, cuando llega a penas;
bien mi suerte lo dice;
mas ¿dónde halló piedad un infelice?

Sale CLARÍN, gracioso

CLARÍN: Di dos, y no me dejes
en la posada a mí cuando te quejes;
que si dos hemos sido
los que de nuestra patria hemos salido
a probar aventuras,
dos los que entre desdichas y locuras
aquí habemos llegado,
y dos los que del monte hemos rodado,
¿no es razón que yo sienta
meterme en el pesar, y no en la cuenta?
ROSAURA: No quise darte parte
en mis quejas, Clarín, por no quitarte,
llorando tu desvelo,
el derecho que tienes al consuelo.
Que tanto gusto había
en quejarse, un filósofo decía,
que, a trueco de quejarse,
habían las desdichas de buscarse.
CLARÍN: El filósofo era
un borracho barbón; ¡oh, quién le diera
más de mil bofetadas!
Quejárase después de muy bien dadas.
Mas ¿qué haremos, señora,
a pie, solos, perdidos y a esta hora
en un desierto monte,
cuando se parte el sol a otro horizonte?
ROSAURA: ¿Quién ha visto sucesos tan extraños!
Mas si la vista no padece engaños
que hace la fantasía,
a la medrosa luz que aun tiene el día,
me parece que veo
un edificio.
CLARÍN: O miente mi deseo,
o termino las señas.
ROSAURA: Rústico nace entre desnudas peñas
un palacio tan breve
que el sol apenas a mirar se atreve;
con tan rudo artificio
la arquitectura está de su edificio,
que parece, a las plantas
de tantas rocas y de peñas tantas
que al sol tocan la lumbre,
peñasco que ha rodado de la cumbre.
CLARÍN: Vámonos acercando;
que éste es mucho mirar, señora, cuando
es mejor que la gente
que habita en ella, generosamente
nos admita.
ROSAURA: La puerta
--mejor diré funesta boca--abierta
está, y desde su centro
nace la noche, pues la engendra dentro.


Suena ruido de cadenas

CLARÍN: ¿Qué es lo que escucho, cielo!
ROSAURA: Inmóvil bulto soy de fuego y hielo.
CLARÍN: ¿Cadenita hay que suena?
Mátenme, si no es galeote en pena.
Bien mi temor lo dice.


Dentro SEGISMUNDO


SEGISMUNDO:¡Ay, mísero de mí, y ay infelice!
ROSAURA: ¡Qué triste vos escucho!
Con nuevas penas y tormentos lucho.
CLARÍN: Yo con nuevos temores.
ROSAURA: Clarín...
CLARÍN: ¿Señora...?
ROSAURA: Huyamos los rigores
de esta encantada torre.
CLARÍN: Yo aún no tengo
ánimo de huír, cuando a eso vengo.
ROSAURA: ¿No es breve luz aquella
caduca exhalación, pálida estrella,
que en trémulos desmayos
pulsando ardores y latiendo rayos,
hace más tenebrosa
la obscura habitación con luz dudosa?
Sí, pues a sus reflejos
puedo determinar, aunque de lejos,
una prisión obscura;
que es de un vivo cadáver sepultura;
y porque más me asombre,
en el traje de fiera yace un hombre
de prisiones cargado
y sólo de la luz acompañado.
Pues huír no podemos,
desde aquí sus desdichas escuchemos.
Sepamos lo que dice.

Descúbrese SEGISMUNDO con una cadena y la luz vestido de
pieles

SEGISMUNDO:¡Ay mísero de mí, y ay infelice!
Apurar, cielos, pretendo,
ya que me tratáis así,
qué delito cometí
contra vosotros naciendo.
Aunque si nací, ya entiendo
qué delito he cometido;
bastante causa ha tenido
vuestra justicia y rigor,
pues el delito mayor
del hombre es haber nacido.
Sólo quisiera saber
para apurar mis desvelos
--dejando a una parte, cielos,
el delito del nacer--,
¿qué más os pude ofender,
para castigarme más?
¿No nacieron los demás?
Pues si los demás nacieron,
¿qué privilegios tuvieron
que no yo gocé jamás?
Nace el ave, y con las galas
que le dan belleza suma,
apenas es flor de pluma,
o ramillete con alas,
cuando las etéreas salas
corta con velocidad,
negándose a la piedad
del nido que dejan en calma;
¿y teniendo yo más alma,
tengo menos libertad?
Nace el bruto, y con la piel
que dibujan manchas bellas,
apenas signo es de estrellas
--gracias al docto pincel--,
cuando, atrevido y crüel,
la humana necesidad
le enseña a tener crueldad,
monstruo de su laberinto;
¿y yo, con mejor instinto,
tengo menos libertad?
Nace el pez, que no respira,
aborto de ovas y lamas,
y apenas bajel de escamas
sobre las ondas se mira,
cuando a todas partes gira,
midiendo la inmensidad
de tanta capacidad
como le da el centro frío;
¿y yo, con más albedrío,
tengo menos libertad?
Nace el arroyo, culebra
que entre flores se desata,
y apenas sierpe de plata,
entre las flores se quiebra,
cuando músico celebra
de las flores la piedad
que le dan la majestad
del campo abierto a su huída;
¿y teniendo yo más vida,
tengo menos libertad?
En llegando a esta pasión,
un volcán, un Etna hecho,
quisiera sacar del pecho
pedazos del corazón.
¿Qué ley, justicia o razón
negar a los hombres sabe
privilegios tan süave
excepción tan principal,
que Dios le ha dado a un cristal,
a un pez, a un bruto y a un ave?



5 comentarios:

  1. Anónimo4/23/2009

    Continuidad de los parques. Julio Cortázar.

    Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
    Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

    Víctor

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  2. Anónimo4/24/2009

    En una entrevista que el dominical “El Semanal” hizo en su día al escritor Harold Bloom, la periodista le explicaba que, cuando se leían sus libros, uno siempre tenía la impresión de que él sentía la lectura como una defensa contra la soledad, a lo que Bloom respondía textualmente: "Bueno, creo que no importa cómo vivas, ni lo gregario que seas. Si eres un alma sensible y piensas, finalmente descubrirás que estás más y más solo. Solo contigo mismo, con tus pensamientos, con tus ansiedades, con tu percepción de la realidad. Hace tiempo dije que leemos tantos libros porque no podemos conocer suficientes personas; por eso, a veces, nos las imaginamos". Yo me uno a esta respuesta y añado, además, que, aparte de leer, muchas veces yo también escribo y escribo lo que me acontece o deja de acontecer para defenderme de mi propia soledad, sobre todo de ésa que me visita cuando no la he llamado y se instala en mi casa interna alimentándose a costa de mis pensamientos y de mis ansiedades...

    Escribir, siempre escribir... E imaginar... Los recuerdos, la memoria... La imaginación... Las palabras escritas… Sí, las palabras escritas… Yo necesito escribir porque la escritura es para mí una forma de vivir. Siempre me vivo en mis palabras escritas y en mis recuerdos de lo que ya ha sido, incluso de lo que no ha sido aún, porque mis palabras son para mí como estigmas que quiero dejarme escritas para que me den testimonio íntimo de mi singladura por la vida. El tejido más íntimo de mi conciencia, sobre todo el de mis afectos más secretos, siempre parece estar condenado a no poder vivirse sino en la re-evocación escrita de todo lo que he vivido, bueno o malo, en la continua representación de una vivencia que ya está ausente como tal cuando la identifico, cuando la interpreto y la nombro.

    Las palabras escritas… Las que leemos en los libros que otros han escrito… Las que nos escribimos en los libros que nunca escribiremos para otros, y que son esos latidos de nuestros presentes que resuenan el eco de la incesante palpitación de la vida de nuestro interior, quedándonos para siempre como una memoria íntima, impregnadas con el calor, el color, el sabor, el aroma y la sensualidad de nuestra alma leve al escribirlas… Las palabras, en definitiva, que, nuestras o de otros, con el transcurrir de las luces y de las sombras, cuando, como dijo Gil de Biedma, de tantas cosas en nuestra vida haga ya veinte años (que no serán nada −según canta el tango− en el imperturbable soplar de los labios de ese Tiempo que las frentes marchita y platea las sienes), permanecerán siempre en el profundo respirar de nuestros ojos y de nuestras bocas al comunicarnos con las palabras de las miradas, de las sonrisas y de las lágrimas, salpicando de colores, aromas, futuro, esperanzas, susurros y versos el solitario laberinto de haber nacido, la suerte tan frágil que es vivir, la eterna y más cierta soledad de saber que hemos de morir solos.

    Mi querida vecinita, nos pides que, en este Día del Libro, incluyamos un texto de nuestras lecturas que nos haya gustado especialmente. ¡Eso es tan difícil como pedirle a una niña de 9 años que resuma en cinco líneas el libro de aventuras que, en el colegio, ha tenido que leer esa semana como actividad de lectura escolar, y para cuyo resumen necesitaría cinco veces quince líneas! ¿A que te sucedió algo parecido varias veces durante tu infancia? Pero, en fin, trataré de ser selectiva y, con el permiso del espacio que me deja la sección de “comentarios” de tu blog (por cierto, lo sabes, muy rico y creativo para los sentires del alma), te dejo 3 textos. Aquí van:

    1) Sándor Márai, “El último encuentro”:



    “A esta pregunta sólo tú puedes responder; y, de alguna manera, ahora, cuando ya todo ha terminado, has respondido con tu vida entera. Uno siempre responde con su vida entera a las preguntas más importantes. No importa lo que diga, no importa con qué palabras y con qué argumentos trate de defenderse. Al final, al final de todo, uno responde a todas las preguntas con los hechos de su vida: a las preguntas que el mundo le ha hecho una y otra vez. Las preguntas son éstas: ¿Quién eres?... ¿Qué has querido de verdad?... ¿Qué has sabido de verdad?... ¿A qué has sido fiel o infiel?... ¿Con qué y con quién te has comportado con valentía o con cobardía?... Éstas son las preguntas. Uno responde como puede, diciendo la verdad o mintiendo: eso no importa. Lo que sí importa es que uno, al final, responde con su vida entera.”



    2) Michael Cunningham, “Las horas”:



    "Organizamos fiestas; dejamos a nuestras familias para vivir solos o acompañados; con gran trabajo, escribimos libros que no cambian el mundo, a pesar de nuestras dotes, sin escatimar esfuerzos, y a pesar de nuestras esperanzas más descabelladas. Vivimos nuestra vida, hacemos lo que hacemos, y, luego, dormimos: es tan sencillo y habitual como esto. Unas personas, se tiran por la ventana o mueren ahogadas o toman pastillas; otras personas, mueren a causa de accidentes; y otras, acaban muriendo por alguna enfermedad o, si se tiene mucha suerte, por el propio discurrir del tiempo. Y, mientras la vida va sucediéndose, nos va quedando esta hora feliz o aquella otra en las que nuestra vida, contra toda probabilidad y contra toda expectativa, se abre de pronto y nos da más lo que hemos imaginado, aunque todos, menos los niños (y quizás ellos también), sabemos que a esas horas felices, inevitablemente, les seguirán otras, mucho más oscuras y más arduas. Sin embargo, seguimos amando siempre la ciudad, la mañana, las horas más felices y también las más oscuras… Seguimos amando cada momento, cada color y cada sabor de las horas de cada día. Y, por encima de todo, confiamos en que sigan existiendo todas las horas de nuestra vida. Sólo el cielo sabe por qué las amamos tanto."

    3) Pablo Neruda, Poema “ La Palabra ”:

    "Nació
    la palabra en la sangre,
    creció en el cuerpo oscuro, palpitando,
    y voló con los labios y la boca.(...)

    (...) He aquí que el silencio fue integrado
    por el total de la palabra humana,
    y no hablar es morir entre los seres:
    se hace lenguaje hasta la cabellera,
    habla la boca sin mover los labios,
    los ojos de repente son palabras. (...)

    (...) Yo tomo la palabra y la recorro
    como si fuera sólo forma humana,
    me embelesan sus líneas
    y navego en cada resonancia del idioma...

    Bebo por la palabra levantando
    una palabra o copa cristalina;
    en ella bebo
    el vino del idioma
    o el agua interminable,
    manantial maternal de las palabras,
    y copa y agua y vino
    originan mi canto
    porque el verbo es origen
    y vierte vida: es sangre,
    es la sangre que expresa su substancia
    y está dispuesto así su desarrollo:
    dan sangre a la sangre
    y dan vida a la vida las palabras."

    Un último comentario: como aficionada a la fotografía, ¡me encanta la selección de fotos con la que complementas tus textos!

    ¡44 kilos (mi peso) de energía de ánimo desde el despacho de al lado!


    Hada Regaliz

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  3. No diré mi peso, (más de 50) pero también os lo devuelvo a todos en forma de gratitud por vuestros textos.
    El de Cortázar lo conocía y me apasionaba.
    El de Marai lo he revivido con emoción y comparto lo que dice de un modo tan bello.
    El de Pablo Neruda, me ha emocionado. No lo conocía.
    Y por fin, Hada Regaliz, tu introducción me anima a decirte: escribe y despliega tu magia cuando quieras en este blog. Espero que puedas compartir tu poder creador con el resto de bloggeros.

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  4. Ayer estuve tentada de escribir un cuento que me dejó con la boca físicamente abierta cuando lo leí. Pero tenía que buscar el cuento, escribirlo....la vida me pudo y no lo hice. Y ahora abro el blog, leo el primer comentario, de Anónimo, ¡¡¡y leo mi cuento!!! ¡El que yo quería haber copiado ayer! ¡El que tanto me impresionó y me dio qué pensar cuando lo leí! El que sigo releyendo de vez en cuando. "Continuidad de los parques". Veo que no fui la única... y me maravillo por la casualidad. El otro era un poema de Cernuda que ahora no puedo encontrar.
    Gracias, Mª Angeles, por este blog. Siempre encuentro algo que me sorprende.

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  5. Esther, me hace ilusión ver que sigues el blog. Lo que no sé es si llegaste a compartir conmigo ese día en que Charo vino a clase. Teníamos 13 años, (7 de EGB). Yo diría que ya estabas en el cole.
    Un abrazo y un beso a los niños.

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