8 de enero de 2009

Feliz 2009

Después de unas breves vacaciones de Navidad, interrumpidas por varios catarros y viajes, vuelvo al Rincón de Alejandría. ¡Muchas gracias por haber seguido visitando esta página durante estas fiestas navideñas! Hemos conseguido llegar a los 1500 visitantes, algo que me hace mucha ilusión.
Una vez pasados estos días, puedo decir que los Reyes se han portado. Tres buenos libros entre los regalos son un buen botín para cualquier aficionado a la lectura. Espero poder leerlos pronto para daros mi opinión sobre los mismos.
Otro regalo muy especial ha sido una carta de Susana Benet, una haijin (autora de haikus) destacada en España, que ha tenido el detalle de enviarme uno de sus poemas acompañado por una de sus acuarelas.
Espero que todos vosotros hayáis recibido algún regalo especial, que os haya llegado al corazón y os haya hecho sentir que en el mundo hay todavía mucha gente buena.
Por mi parte os invito a leer este sencillo cuento de Reyes, que he escrito para todos vosotros.


La verdadera historia de los Reyes Magos

Hace ya unos años que sobrepasé con creces el límite de lo que se considera una vida longeva. Nunca aspiré a las riquezas, ni al honor. Sin embargo soy rico y a diario recibo misivas desde las regiones más lejanas del orbe.

Hoy sé con certeza que la muerte me acecha. El dolor de mi estómago se ha hecho insoportable y he vomitado algo de sangre. Sólo duraré unos días. Antes de rendir cuentas ante el Dios Supremo y Soberano quiero que quede constancia de la verdad de mi historia y la de mi Señor, en vista de las consecuencias desmesuradas que ésta ha tenido entre los hombres.

Nací hace 80 años en la cocina de mi Señor Melchor, un joven monarca, que acababa de hacerse cargo de sus posesiones tras la muerte de su padre. Era un hombre recto y justo, y él mismo insistió en atender a mi madre, una de las cocineras de palacio, durante el parto. Después de comprobar que nuestro estado de salud era bueno, le pidió un favor a mi madre: que me llamara Nabil-ben-Melchor.

Mi Señor siempre rehusó tener esclavos, y desde el primer día firmó el acta de libertad para todos sus siervos, otorgándoles permiso para seguir trabajando bajo su autoridad en el caso de que así lo desearan. La mayoría lo hicieron.

Melchor era un joven atractivo, rico y de un carácter admirable Muchas mujeres hubieran querido casarse con él. Pero él renunció al matrimonio para dedicarse exclusivamente a un solo objetivo: la búsqueda de la verdad.

Con los años, fue profundizando en el conocimiento de las religiones, la Astrología, la Alquimia, la Medicina, las Matemáticas y la Cábala, pero nunca consideró que hubiera llegado al pleno conocimiento de la realidad. Regularmente se reunía con otros sabios de países lejanos con los que intercambiaba opiniones. Hacía viajes largos y peligrosos, compraba libros en ciudades apartadas. Yo le asistía de cerca como si fuera su hijo.

Una fría noche de invierno, mientras contemplaba el cielo ayudado por una lente, se sobresaltó. Yo me asusté. Si algo caracterizaba a mi amo desde hacía años era su calma, su paciencia y su autocontrol. “Sólo Dios podrá arrancarme de mi tranquilidad”-solía decir.

-¿Ocurre algo, señor?- pregunté inquieto.

-Dios nos ha escrito un mensaje- Y señaló al cielo. En él brillaba un cometa nuevo. Con fuerza. Tras un largo silencio continuó:

-Mi espera no ha sido en vano; mi lucha interior ha sido premiada. La estrella nos llevará a la Verdad.

Y así fue como emprendimos el viaje junto con otros dos conocidos sabios, siguiendo la ruta del cometa. Y conocimos a un rey extraño, llamado Herodes. Y los tres sabios tuvieron el mismo sueño sobre este monarca. Y llegaron a un establo en el que, rodeado de un misterioso halo de fuerza y belleza un pequeño niño miraba a su alrededor.

Melchor se arrodilló. Hizo una ofrenda al recién nacido y me llamó a su lado.

-Yo le pedí a Dios alcanzar el conocimiento y a este fin he consagrado mi vida. Él, viendo mi conducta, se ha dignado a darme un premio del que no soy digno. En este pesebre puedes ver La Verdad.

Después de este acontecimiento, la vida de mi Señor continuó su curso, con más austeridad y exigencia que antes. Al final de sus días, me llamó junto a su lecho y me dijo:

-Nabil, siempre te he considerado un hijo, más que un siervo. Has sido fiel, has creído en mis palabras, has alcanzado alto grado de sabiduría y una notable bondad. A través de estos pergaminos que ahora te entrego, te nombro mi sucesor legal, te llamo hijo del alma mía y te hago dueño de mi reino. Sólo tendrás que prometerme una cosa.

-Señor, no deseo nada para mí. Cumpliré en todo sus deseos, pero no es necesario que me otorgue por ello privilegio alguno. Hacer realidad su voluntad será premio suficiente.-El hecho de que mi Señor estuviera en las puertas de la muerte contraía mi corazón.

Mi Señor hizo caso omiso de mis palabras y continuó con voz débil.

-Lo que dices me confirma que he escogido bien. Y es mi deseo que desde hoy hasta el día de tu muerte te encargues de repartir todos mis bienes entre aquellos hombres de conducta intachable, el mismo día en que tuvimos la suerte de conocer al verdadero Señor del mundo, el Rey de la Verdad.

Desde aquel momento he dedicado mi vida a llevar a cabo la petición de mi padre y Señor Melchor. Y la noticia de los presentes que en su nombre se entregan para conmemorar el nacimiento del Verbo se ha ido extendiendo con el tiempo por países sin término. Y cada día recibo innumerables cartas en las que, gentes del mundo entero, asegurando que su comportamiento ha sido intachable, me suplican que les haga un pequeño regalo.

Ahora que sé con certeza que me muero reuniré a mis hijos junto a mí. A ellos, a sus hijos y a los hijos de sus hijos les haré prometer que premiarán la conducta recta de los hombres de bien. Ignoro de qué medios se valdrán, pero confío en su inteligencia. Ellos encontrarán el modo de cumplir mi voluntad. Porque los hombres justos nunca dejarán de recibir la recompensa del Dios Supremo que reina sobre nosotros.



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