29 de noviembre de 2008

Rivalidades



A Dios, que creo la luna y la nieve.




La luna blanca
no es tan blanca en la noche
tras la nevada.








© María Ángeles Lluch

Haiku de Navidad

Regalo para mis lectores

En estallido
Se abren rojas las flores
Llegan las pascuas.




© María Ángeles Lluch

28 de noviembre de 2008

El balneario de Carmen Martín Gaite

La producción novelística de Carmen Martín Gaite queda inagurada de forma brillante con El balneario, una novela corta, escrita en 1953, con la que la autora consiguió el Premio «Café Gijón» 1954. Sin embargo, a pesar de haber recibido este galardón, la obra no consiguió un gran eco entre los críticos sino que tuvo que esperar a la publicación de una de sus novelas más conocidas, El cuarto de atrás, en 1978 para que su valor fuera completamente reconocido. De hecho, en un primer momento muy pocas publicaciones se fijaron en la narración de la escritora y sólo tres críticos realizaron una reseña sobre la misma.

La primera edición de la novela, aparecida en 1955 incluía además tres cuentos de la escritora: «Los informes» (1954), «Un día de libertad» (1953) y «La chica de abajo» (1953). En la segunda edición, de 1968, se añadieron los cuentos «La oficina» (1954), «La trastienda de los ojos» (1954), «Ya ni me acuerdo» (1962) y «Variaciones sobre un tema» (1967). Finalmente, en la tercera edición (1977), se agregan dos relatos más: se trata de los cuentos titulados «Tarde de tedio» y «Retirada», escritos respectivamente en 1970 y 1974.

El argumento de la novela es bastante sencillo. Matilde Gil de Olarreta llega junto a Carlos, probablemente su amante, a un balneario, donde son recibidos por los demás veraneantes de un modo hostil y misterioso. Tras llegar a la habitación y asearse, Carlos decide ir al molino, un lugar destruido durante la guerra y de fama siniestra, al que se cuenta que acuden seres embrujados para suicidarse. Entre tanto Matilde comienza a deshacer las maletas, mientras va siendo presa de una gran inquietud, que llega a su punto culminante cuando el botones le trae un recado en el que Carlos le dice que no se preocupe por él aunque pase lo peor. Alarmada ante la posibilidad de que éste corra algún serio peligro, Matilde sale en su busca por unos pasillos interminables hasta llegar al manantial del balneario, desde donde se dirige al molino. Allí comienza a oír unos tambores y, a pesar de que es ya de noche, cree distinguir unas figuras espectrales que le traen el cuerpo inerte de Carlos.

Justo en ese instante es despertada por Santi, el botones del hotel, y se encuentra con una triste realidad: no existe Carlos, y ella es una solterona que está pasando las vacaciones en un balneario, cuyo rutinario funcionamiento es descrito en la segunda parte de la novela.

El aspecto más destacado de esta obra es sin duda la notable unidad fondo-forma conseguida por la escritora, que logra que todos los elementos estructurales de la novela estén al servicio del tema de la obra: la existencia rutinaria de la protagonista y la repercusión que esta vida frívola y vacía tiene en sus sueños

El argumento que hemos expuesto anteriormente está claramente dividido en dos grandes secuencias, que como afirma Antonio Vilanova se pueden distinguir por corresponder una a la fantasía (o a lo onírico) y la segunda a la realidad y a la explicación de los acontecimientos incluidos en la primera parte.

El hecho de que aparezca en esta segunda parte una aclaración de aquellos aspectos misteriosos de la primera, impide que ésta se pueda considerar propiamente «fantástica», según la definición que de este tipo de literatura hace Todorov, uno de los teóricos que la crítica ha tenido más en cuenta respecto a esta clase de creaciones literarias y que ha sido leído por la escritora, como se puede observar en El cuarto de atrás. Todorov señala cómo en relación con lo «fantástico» en la literatura se deben hacer una serie de matizaciones. Existen una serie de obras que podrían ser denominadas como «sobrenaturales», en las que ocurren una serie de acontecimientos que sólo se pueden explicar por la actuación de fuerzas situadas por encima del ámbito de la naturaleza; por otro lado están las narraciones «fantásticas», en las que suceden una serie de fenómenos cuyo rasgo esencial es la ambigüedad, no admiten explicación posible; y finalmente están aquellas creaciones que participan del «código de lo extraño». En ellas un suceso aparentemente ambigüo tiene finalmente una explicación racional.

Si nos atenemos a lo sostenido por Todorov, debido a la desaparición que a lo largo del relato de los hechos se produce de la ambigüedad, pues el lector acaba descubriendo que toda la primera parte es un sueño de la protagonista, se hace preciso incluir El balneario en la categoría de lo extraño.

Estas dos secciones de la novela, la onírica y la propiamente real, no son completamente independientes sino que entre ellas existe un vínculo establecido por Matilde cuando ésta al final de la primera parte intuye la posibilidad de estar soñando en dos ocasiones, que marcan con habilidad la transición del sueño a la realidad.

"De pronto tuve una extraña clarividencia. Por primera vez desde que habíamos llegado al balneario se me cruzó la idea de si estaría soñando. Se me abrió esta duda como una brecha en los muros de niebla que me cercaban como la única salida posible, la única luz. Pero se me alejaba, desenfocada, bailando con guiños de burla, como la luz de un faro; perdía consistencia y desaparecía, sofocada por las imágenes y las sensaciones del sueño mismo "(p.47).

"Ya llega Carlos, muerto, rodeado de cuerpos de fantasmas; ya vienen los tambores. Un esfuerzo. Estoy dormida, soñando. Un esfuerzo"(p. 49).

La ambigüedad y la tensión de la primera parte se ven incrementadas por el tipo de narrador empleado: se trata de un narrador no omnisciente, intradiegético y protagonista; o dicho en otros términos, es Matilde la que narra los acontecimientos. Ésta, desde el principio de su narración, da al lector la impresión de estar loca: se siente continuamente vigilada y amenazada por los demás, y no consigue recordar los datos más elementales de su vida cotidiana. La posibilidad de que la narradora esté mentalmente enferma y, por tanto, sea poco digna de confianza, aumenta la ambigüedad de esta primera secuencia, en la que el lector vacila a la hora de enjuiciar el posible embrujamiento de Carlos y su extraña fascinación por el molino. Estos hechos y el que la narración en primera persona de Matilde aparezca en la novela en primer lugar son fundamentales para la obra, pues gracias a esta distribución de la información la autora puede jugar con el lector, quien es presa de la misma confusión que la protagonista. Sólo al empezar la segunda parte desaparece el clima de ambigüedad y la protagonista se nos presenta fuera del ámbito onírico como realmente es: una mujer vulgar, hastiada de la rutina y de la soledad de su vida.

El narrador en esta parte apenas emplea el estilo indirecto libre (difícil de detectar por otro lado, al tratarse de un relato en primera persona) y lo mismo ocurre respecto al estilo indirecto y a los diálogos, que están referidos indistintamente en estilo directo y estilo directo libre, rasgo este último que les confiere gran agilidad. En esta parte predomina ante todo la descripción, fundamentalmente espacial, llena de carga onírica, que insiste en la sensación de opresión e irrealidad que produce el balneario y que se inserta en la narración de unos hechos inquietantes. El espacio desempeña en esta secuencia un papel fundamental para la creación de una átmosfera fantástica: se trata de un lugar completamente aislado, en el que reina un silencio y quietud opresivos y amenazadores que parecen anunciar la presencia de algún fenómeno sobrenatural:

"...sobre un río sucio y opaco, sin reflejos, con un agua lisa y quieta de aceituna, prisionera entre altas márgenes de piedra musgosa" (p. 17).

"Estas cortinillas no se movían ni un ápice. Ni tampoco las contraventanas. Parecían ventanas pintadas o que no hubiera aire" (p. 20).

"Desde la ventana parecía que estaban en la orilla de acá, que se me venían encima y los iba a tocar con la mano, de tan estrecho que era el río. Sentía ganas de ver el mar o una llanura grande "(p. 31).

"Cerré la ventana y dejó de oirse el más leve rumor. Otra vez aquel silencio de muerte "(p. 32).

Importante también para subrayar la tensión e inquietud que la protagonista siente ante los acontecimientos que vive en el balneario es la utilización de la luminosidad, pues se observa cierta correspondencia entre los hechos narrados y el grado de luz: de este modo, cuando Matilde empieza a sentir la hostilidad de los habitantes del balneario, se nubla el día y cuando sale del hotel en dirección al molino es ya de noche pero, además, una noche sin luna:

"Luego se nubló el sol y me entró por todo el cuerpo frío y desasosiego.

Simultáneamente oí a mis espaldas:

Deben ser extranjeros. Traerán costumbres nuevas. No sé por qué los tienen que admitir" (p. 22).

La luminosidad es además un indicio del paso del tiempo, aspecto que en esta parte presenta algunas peculiaridades, pues, según se desprende de su propia naturaleza, el sueño tiene una doble dimensión temporal: la del tiempo que dura el acto de soñar, que es seguramente de unas dos horas, ya que se corresponde con la siesta, y la del tiempo que duran los acontecimientos soñados, que abarcan una tarde y parte de la noche. Se produce de este modo cierta compresión del tiempo lo que confiere una mayor agilidad a la narración y aumenta la tensión de la misma. Parte de la primera secuencia, por otro lado, se halla relatada dos veces. Se trata en concreto del espacio de tiempo comprendido desde el momento en que Matilde empieza a intuir que está soñando y comienza a gritar, hasta sus últimos esfuerzos por despertar. Este intervalo temporal aparece referido primero desde la perspectiva de Matilde, que está dormida, y posteriormente desde la de Santi:

"Alguien me estaba buscando con una luz muy fuerte para sacarme de allí, pero iban a pasar por mi lado sin verme, sin oírme. Sabía que todo consistía en lograr dar un grito poderoso. Lo intentaba de nuevo sin conseguir soltar el chorro de la voz. Lo ensayaba a empujones cortos y continuados, sin tregua. Tenía una piedra enorme cegándome la voz, como la entrada de una cueva (...)

El botones deja un momento de golpear con los nudillos y pega el oído a la puerta sin atreverse a entrar ni a marcharse. Luego llama otra vez, más vivo, sin respeto, realmente alarmado.

La señorita Matilde hace crujir los muelles de su lecho y se debate, emitiendo gritos ahogados y angustiosísimos, como si la estrangularan" (p. 49).

En contraste con esta primera secuencia, aparece el narrador de la segunda parte de la novela, mucho más fiable que el de la primera, pues es extradiegético y omnisciente, lo que le permite ofrecer una visión objetiva de los hechos y de la protagonista. En esta parte la focalización es variable: en un primer momento el narrador ofrece los pensamientos de Santi, el botones, lo que le permite además introducir una nota de humor en el relato. Ésta viene dada por el contraste que se produce entre las expectativas que tiene Santi de encontrar algo terrible en la habitación de Matilde, para librarse del aburrimiento del que es presa en el balneario, y la sospecha que tiene el lector (en seguida confirmada) de que todo lo que ocurre dentro de la habitación de la protagonista no es más que un sueño. Así tanto Matilde como Santi sólo consiguen huir del tedio mediante los sueños o la imaginación respectivamente y ambos medios se revelan como insuficientes.

"El botones está muy excitado y se siente héroe de verdad por primera vez en su vida. Tiene catorce años y en este balneario se aburre de muerte. Vaya una ocasión. No es que vaya a decir que no le da miedo, pero no piensa ir ni pedir ayuda a nadie. Va a entrar él solo, solito, a sorprender el atropello del desalmado. Como no conteste ahora, vaya si entra" (p. 49).

Poco después, el narrador se sitúa detrás de Matilde y delante de los demás personajes del balneario cuya vida rutinaria nos describe de un modo bastante detallado. En esta parte hay una mayor presencia del estilo indirecto libre, empleado por el narrador para acercarse con mayor naturalidad a la intimidad de los personajes, pero los diálogos continúan siendo escasos. En general se transmiten por medio del estilo directo libre. En alguna ocasión se detecta en ellos la presencia de cierta preocupación por la incomunicación, que más adelante se convertirá en uno de los rasgos distintivos de la escritora. Este tema aparece muy claramente en un diálogo en el que cada uno de los interlocutores prescinde por completo del otro, atento tan sólo al tema del que él está hablando.

"—Ah, pues verá usted lo que le pasó a mi sobrinito...

—...sí, sí, muy peligroso...

—...y la perra era más gorda que una almendra.

—El pequeñito de mi hermana Ángeles, la que vino a verme el otro día con su marido...

—¿Y dice usted que se ponía morada cuando se la tragó?

—...pues nada, que el angelito, en un descuido de su madre, agarró el pizarrín..." (p. 62).

La segunda secuencia de la obra abarca desde el momento en que el botones despierta a la protagonista hasta que ésta se arregla para bajar a jugar al julepe. En el relato no se dan datos exactos sobre la duración de esta parte, de la que sólo sabemos cuándo comienza gracias a una intervención del botones del hotel, en la que éste señala que «Serán las cinco y cuarto» (p. 55), y probablemente sólo abarque unos pocos minutos, en los que el lector asiste al despertar de Matilde, a su conversación con el botones, a los recuerdos de otros veraneos, a una descripción de la vida cotidiana del balneario y a su conversación con sus amigas cuando se dispone a bajar para reunirse con ellas. En contraste con la primera parte, el tempo narrativo se hace lento, apenas ocurre nada, lo cual permite al lector sumergirse en la vida vacía y monótona de la protagonista.

Como hemos señalado anteriormente, la rutina, reflejada en una narración en muchas ocasiones iterativa, es un tema fundamental en esta novela. En ella el narrador habla abiertamente de ella, al hilo de las palabras de los personajes.

"—...y ¿quién te manda a ti meterte con la sota y una brisca?

—Julepe a las tres.

—Ay, hija, como empecéis como ayer...

Como ayer. Y como anteayer. Y como mañana "(p. 59).

A propósito de este tema resulta interesante fijarse en el tratamiento del espacio en la obra, en la que aparecen diversos escenarios: los hoteles, el molino, el parque y los alrededores.

El balneario se presenta en ambas partes de la novela como un espacio en el que los objetos están tan simétricamente distribuidos como los acontecimientos en la vida de sus habitantes; es decir, la disposición de los objetos subraya la rutinaria existencia de los personajes que están veraneando allí:

"Pasábamos por una pradera con árboles regularmente colocados" (p. 13).

."..se levantaban unos edificios blancos, apoyándose de espaldas contra la otra ristra de montañas iguales a las de la orilla de enfrente "(p. 18).

"...y todas las ventanas abiertas estaban equidistantes, entreabiertas en la misma medida con una cortinilla de lienzo en el interior a medio correr" (p. 20).

"Los sillones de mimbre en que se sentaban estaban igualmente repartidos" (p. 20).

De este modo el espacio se convierte también en un símbolo de la monotonía que rige la vida del balneario, monotonía que se refleja en la imagen de una rueda, de una noria en la que los acontecimientos son siempre los mismos. A lo largo de la novela aparecen numerosas metáforas y comparaciones que insisten en este aspecto:

"Todo giraba, se engranaba de por sí. Sería maravilloso tener un papel de verdad en aquella noria, no estar solamente imitando a los demás "(p. 45).

Nos encontramos, en definitiva, ante una obra cuidadosamente construida, como demuestra la perfecta adaptación entre el fondo y la forma, en la que la autora pone todos los medios para subrayar el tedio que preside la vida convecional de las gentes del balneario, quienes, al no sentirse plenamente satisfechas ante su situación, consiguen olvidar la misma huyendo por medio de la imaginación y los sueños, elementos que dan paso en la obra al código de lo «extraño», poco frecuente en la década en que se escribe la novela.

Cuento al cuadrado






Cuento que me contó una vez mi hija Adriana, fastidiada de que le pidiera un cuento: "Había una vez un colorín colorado"

José Antonio Martín

27 de noviembre de 2008

Lección de filosofía moderna

-"Quizá tenga razón aunque nosotros no le entendamos, pero ésas son cosas de filosofía de ciencia, y ¿qué tenemos que ver nosotros con la filosofía y con la ciencia?- preguntó el comisario.
-Según se mire, comisario, imagínese que se nos obligue por ley a ciertas cosas. Ya conoce las leyes nazis de eliminación de enfermos y subnormales, experimentación y eutanasia, y las leyes comunistas de liquidación de individuos y grupos. La ley es la filosofía y la ciencia encarnadas, y entonces obliga. Quizás estemos pronto ante una situación así. Yo creo que, andando un poco más desde donde estamos en este momento, hasta el incesto podría ser admitido como lo es el aborto. Según lo que oigo y leo, todo el asunto está en hacer pensable lo hasta ahora impensable, y legal lo hasta ahora prohibido, porque todo debe poder hacerse y toda prohibición es autoritaria y machista, o de clase explotadora."


José Jiménez Lozano: Agua de noria, RBA,2008.

Jane Austen

No es normal que al entrar en El Rincón de Alejandría me encuentre con peticiones y comentarios. Todavía no es un sitio famoso como La buena prensa. Por eso, cuando esta mañana he accedido a mi blog y he visto un comentario con una petición para que hable sobre una escritora me he puesto en seguida manos a la obra.

Me pide Izaskun que dedique una entrada a una escritora llamada Jane Austen. No es ésta una escritora desconocida para el gran público, que, por lo menos conoce de oídas su existencia gracias a la adaptación de algunas de sus obras a la gran pantalla –entre ellas Sentido y sensibilidad, en la que los personajes principales están encarnados por Emma Thompson y Hugh Grant-. (A la derecha retrato de Jane Austen)

No es sin embargo tan conocida la historia de la autora. Su padre, George Austen el reverendo de Steventon, Hampshire se casó con Cassandra Leight, con la tuvo siete hijos. Jane Austen, la más joven de ellos nace en el último cuarto del siglo XVIII (1775). Sólo tenía una hermana, pues todos los demás hijos del matrimonio fueron varones, hecho que creó entre ellas un fuerte vínculo.

A los ocho años fue enviada junto con su hermana Cassandra en a la casa de la Sra. Cawley, en Southampton, para que ambas tuvieran una educación completa. Sin embargo, la aparición del tifus, que hizo que Jane estuviera a punto de morir, motivó su regreso a casa de sus padres. Poco después fueron enviadas a un internado, donde Jane permaneció entre 1785-86.

Los cimientos de su educación los recibió en su propia casa, en la que su padre había formado una completa biblioteca que Jane devoró. La vida en familia era divertida. A todos les apasionaba la lectura y eran aficionados al teatro, por lo que organizaban con frecuencia representaciones teatrales de carácter familiar. (A la izquierda retrato de Cassandra Austen)

Aunque tuvo algún escarceo amoroso, Jane no se casó nunca; como tampoco lo hizo su hermana Cassandra.
En enero de 1805 murió su padre, que dejó a su mujer y a sus dos hijas en una situación económica precaria. Todos los ingresos de la familia provenían del sueldo del párroco, y al cesar éstos tras su muerte y no estar casadas sus hijas, pasaron a depender de las ayudas de sus hermanos.
Tras varias mudanzas, las tres mujeres acabaron residiendo en Chawton, donde su hermano Edward podía albergarlas en una pequeña casa dentro de una de sus propiedades. Esta casa tenía la ventaja de estar en Hampshire, el lugar de la infancia de Jane.
Ésta había comenzado a escribir siendo muy joven. En muchos casos retomó esbozos narrativos de su juventud y, tras reelaborarlos, los publicó con forma de novelas. Tal es el caso de Sentido y sensibilidad, obra que había escrito bajo el título de Elinor y Marianne inicialmente. Ésta fue la primera obra que publicó la autora, que consiguió gracias a ella un ingreso de 140 libras y dos críticas favorables. Jane Austen murió en 1817. En su testamento legó todo lo que tenía a su hermana Cassandra. Por aquel entonces no se supo cuál había sido la causa de su muerte, aunque en la actualidad se considera que fue la enfermedad de Addison.

Hay que decir que Jane Austen no era un mirlo blanco. Es decir, no era una mujer insólita por el hecho de escribir. Jane nació en un momento en el que ya existía una tradición de mujeres escritoras. Así conoció la obra de Fanny Burney, la de Maria Edgeworth y la de Ann Radcliffe. La primera escribió una novela epistolar sobre el descubrimiento del mundo por una jovencita, Evelina, que le granjeó un gran éxito. La segunda escribía novelas de tipo didáctico. La tercera cultivaba un tipo de literatura que a la creadora de Orgullo y prejuicio no le convencía en exceso: la novela gótica.

La obra de Jane Austen es fácil de caracterizar: todos sus argumentos giran en torno a la elección de marido por la protagonista de la novela.

Esta acción de gran trascendencia en la vida humana le sirve a Austen para profundizar en el carácter de las personas. Algunos de sus títulos más conocidos –Orgullo y prejuicio, Sentido y sensibilidad, Amor y amistad- señalan desde un comienzo cuál va a ser el rasgo que define a los personajes protagonistas, el que les va a acarrear problemas y va a ofuscar su juicio.
Jane Austen maneja con sabiduría la ironía –en algunas obras con mayor éxito y sutileza que en otras-, el sarcasmo y la descripción.

Marilyn Butler, al analizar las novelas de Austen establece una distinción entre aquellas en la que la protagonista tiene razón y en las que está equivocada. Dentro del primer grupo se encuadran Sentido y sensibilidad, Mansfield Park y Persuasión. En ellas, a través de la acción, los personajes de la obra llegarán a darse cuenta de cómo la protagonista estaba en posesión de la opinión verdadera. En el otro grupo encontramos obras como Orgullo y prejuicio y Emma. En ellas la protagonista es la que, gracias a su experiencia, reconoce que está en un error y cambia su opinión.

Con estas breves palabras queda caracterizada la obra de esta escritora. Si tuviera que recomendar alguna de las novelas anteriores, sin duda me decantaría por Orgullo y prejuicio. En ella en sentido del humor de la autora, la ironía y la observación de los caracteres de las personas alcanza una de sus cristalizaciones más notables a lo largo de unos diálogos divertidos y fluidos.

25 de noviembre de 2008

Los médicos

Leí Siempre en capilla hace ya muchos años. Creo que debía tener unos 13 ó 14 cuando el libro cayó en mis manos. La autora, Luisa Forrellad logró con él el Premio Nadal en 1953 y pensé que debía de ser bueno.
El tema me atrapó. Siempre había querido ser médico y el libro trataba de los primeros años de vida profesional de tres chicos, que acababan de licenciarse en Medicina, en un momento en el que ésta todavía carecía de los adelantos de los que disfruta hoy.
Puede que el libro no sea una obra maestra. Sin embargo desarrolla una historia muy humana y está lleno de sentido del humor. Todavía recuerdo cómo me sumergí en su lectura de un modo algo frenético y cómo me impresionó la descripción de la epidemia de difteria, a la que se tienen que enfrentar los protagonistas. Sólo las sonrisas que la autora de vez en cuando provocaba en mí impidieron que en aquel momento abandonara la lectura del libro.

Hoy retomo el libro con cariño. Lo cojo de la estantería. Las hojas se abren con facilidad en algunos capítulos y la encuadernación, que es buena, parece peligrar. Quiero compartir con los visitantes del blog un fragmento que me desconcertó y me hizo sonreír en su momento. Espero que todos disfrutéis con él.
Len, protagonista de la obra junto con Jasper y Alexander, es el narrador. Es tarde y acaba de ayudar en un complicado parto.



"Regresé de madrugada con la absoluta certeza de haber proporcionado por mi cuenta un nuevo miembro a la Humanidad. Ni el padre ni la madre habían sido más responsables que yo.
Iba mojado como un perro pero ya no sentía frío. El gabinete estaba alumbrado;Jasper y Aelxander me habían dejado un quinqué sobre la consola y una esquela que decía. "No olvides apagarlo. Buenas noches".
Fui a la cocina y calenté leche. No me apetecía pero le debía algo a mi estómago. La leche no la usábamos más que para Penique desde que Alexander descubrió que la "complicaban" y nos detalló las substancias empleadas. Con un químico en casa, teníamos la suerte de saber los fraudes del vino, de la manteca del azúcar y de mil artículos más. De este modo nos quedaba la alternativa de comprarlo todo al doble de precio o comerlo todo con asco.
Después pasé a mi escritorio y procedí al registro del recién nacido. Una vez hecho esto, volví junto a la consola, quité la esquela del quinqué y puse otra: "Ya lo he apagado. Buenos días".
Bostezando subí las escaleras, entré en mi habitación, me desnudé, me metí en la cama... Volví a levantarme, busqué las zapatillas, me puse la bata, salí del cuarto, bajé las escaleras, fui hasta el quinqué y soplé."


Luisa Forrellad: Siempre en capilla, Editorial destino, Colección Áncora y Delfín.

23 de noviembre de 2008

La fórmula preferida del profesor

Cuando me detengo a considerar cuál fue el motivo que me indujo a leer este libro, sólo una palabra se me viene a la mente: Pablo.
Pablo es un buen amigo mío, profesor de Filosofía y gran aficionado a las Matemáticas. Muchas de las cenas de las que nuestras familias han disfrutado juntas han terminado ya entrada la madrugada, con Pablo tratando de explicarme, a mí, que siempre aborrecí las Matemáticas, complejos teoremas, problemas que todavía no han sido resueltos y curiosas historias sobre científicos de esta materia.
Cuando La fórmula preferida del profesor en la biblioteca pensé para mis adentros: "si el libro es bueno, puede ser un buen regalo para Pablo". El problema era que para averiguar la calidad del libro había que leerlo.
Y eso hice. Al principio pensé que me encontraba ante otro libro con pretensiones de originalidad que no iba a proporcionarme nada especial. Pero no fue así y muy pronto conecté afectivamente con el argumento.
La novela nos cuenta una historia sencilla. Una asistenta cualificada de la agencia Kanedoto es destinada a realizar las labores domésticas de un ilústre catedrático de Matemáticas, por cuyo domicilio han ido desfilando una tras otra nueve empleadas de la empresa.
En la entrevista inicial, que tiene lugar entre la asistenta y la cuñada del profesor, ésta le informa sobre sus ocupaciones, que resultan ser bastante más sencillas en comparación con las de otros trabajos anteriores. Sin embargo, al finalizar la conversación se entera del que va a constituir su principal problema: en 1975 el profesor sufrió un accidente de tráfico como consecuencia del cual su memoria a corto plazo sólo dura 80 minutos, después de los cuales, el profesor olvida todo lo transcurrido durante ese tiempo.
El primer día de trabajo es complicado: le abre la puerta del pabellón en el que vive el profesor, un hombre vestido de manera algo descuidada, que le pregunta por el número de su pie.
"Yo" dice la protagonista y narradora, "siguiendo la regla de oro de toda asistenta, según la cual no se puede responder con una pregunta, contesté a su pregunta:
- El 24
-Vaya, es un número muy resuelto, la verdad. Es el factorial de 4.
El profesor cerró los ojos con los brazos cruzados. El silencio se mantuvo durante un momento.
-¿Qué es el factorial?
No sé por qué se lo pregunté, pero pensé que sería oportuno seguir hablando un poco más de aquello, ya que al parecer, el número del calzado iba a ser algo importante para mi empleador"

Como se puede observar, la asistenta advierte desde el principio la importancia que en el mundo del profesor tienen los números y sus propiedades y en su afán por desempeñar bien su trabajo sigue las apasionadas explicaciones del profesor, que le va guiando con palabras sencillas por el aparentemente árido mundo de las Matemáticas.

La relación entre la asistenta y el profesor se enriquece cuando éste se entera de que su empleada tiene un hijo de ocho años, que permanece unas horas solo en su casa, hasta que su madre llega de trabajar. Esto no es bueno para un niño, señala el profesor apasionadamente. Un niño tan pequeño debe tener cerca a su madre por si surge algún problema. Y le hace prometer que su hijo vendrá a casa después de sus clases. Para recordar la obligación que ha impuesto a su asistenta, el profesor recurre al mismo método del que se sirve para recordar los asuntos de importancia: escribe lo que debe recordar en un papel y lo prende con un alfiler de su traje.

La simpatía y el cariño que el profesor demuestra hacia el niño es inmediata; le bautiza como Root (raíz cuadrada), por la forma que tiene la coronilla del niño y consigue vencer las reticencias iniciales de éste, para acabar convirtiéndose en un amigo suyo.

El profesor ayuda en sus tareas a Root y le plantea problemas matemáticos, aparentemente inalcanzables para un niño de su edad. Para ayudarle, recurre a un método socrático: le hace preguntas y a través de las respuestas que éste le va dando le guía hacia la respuesta correcta.

Y es que una de las grandezas de esta novela es el modo en que se caracteriza la figura del profesor. Recuerda en cierto modo la figura de Sócrates por el modo de enseñar, por su afán pedagógico y su entusiasmo por la verdad. Su caracterización física en cierto sentido también nos evoca al filósofo griego: es austero en la comida, no gasta y apenas tiene amigos.

La fórmula preferida del profesor es, por otro lado una novela de crecimiento: nos muestra el desarrollo intelectual de un niño, Root, desde su infancia hasta su madurez. Es una novela sobre el trabajo bien hecho y sobre la importancia de los pequeños detalles.
Todo ello en un mundo tranquilo, no exento de problemas de todo tipo, pero sin prisas, con todo el tiempo y la paciencia del profsor para solucionarlos.


Yoko Ogawa nació en Okoyama, Japón, el 30 de marzo de 1962. Autora de más de 20 obras, con La fórmula preferida del profesor ha conseguido aunar dos campos aparentemente lejanos, el científico y el humanista, lo que le ha valido reconocimientos desde ambos ámbitos. Así la novela ha sido calificada como un acercamiento elegante al mundo de las matemáticas. Por su parte el premio Nobel Kenzaburo Oé ha dicho "Yoko Ogawa es capaz de dar expresión a las más sutiles formas del funcionamiento de la psicología humana en una prosa que es suave, pero penetrante".

21 de noviembre de 2008

Demos una oportunidad a lo clásico

A veces tenemos la impresión de que no vamos a ser capaces de leer escritores que tradicionalmente se han calificado como difíciles o inasequibles o, más coloquialmente, como rollazo.
Sin embargo, si comenzamos a leer alguna de sus obras, de pronto descubrimos que no son tan inalcanzables como siempre hemos pensado.
Por eso propongo dar una oportunidad a uno de estos autores, Fiódor Mijáilovich Dostoievski. Quizá alguno de vosotros deje de leer esta entrada nada más ver su nombre. Os pido que no lo hagáis. Abrid vuestra mente y con calma, tratad de leer el primer capítulo de la que se ha considerado su obra fundamental: Los hermanos Karamázov.
En nombre de Dostoievski, os lo agradezco.

PRIMERA PARTE

LIBRO PRIMERO

HISTORIA DE UNA FAMILIA

CAPITULO PRIMERO

FIODOR PAVLOVITCH KARAMAZOV

Alexei Fiodorovitch Karámazov era el tercer hijo de un terrateniente de nuestro distrito llamado Fiodor (Teodoro.) Pavlovitch, cuya trágica muerte, ocurrida trece años atrás, había producido sensación entonces y todavía se recordaba. Ya hablaré de este suceso más adelante. Ahora me limitaré a decir unas palabras sobre el «hacendado», como todo el mundo le llamaba, a pesar de que casi nunca había habitado en su hacienda. Fiodor Pavlovitch era uno de esos hombres corrompidos que, al mismo tiempo, son unos ineptos ‑tipo extraño, pero bastante frecuente‑ y que lo único que saben es defender sus intereses. Este pequeño propietario empezó con casi nada y pronto adquirió fama de gorrista. Pero a su muerte poseía unos cien mil rublos de plata. Esto no le había impedido ser durante su vida uno de los hombres más extravagantes de nuestro distrito. Digo extravagante y no imbécil, porque esta clase de individuos suelen ser inteligentes y astutos. La suya es una ineptitud específica, nacional.

Se casó dos veces y tuvo tres hijos; el mayor, Dmitri, del primer matrimonio, y los otros dos, Iván y Alexei, del segundo. Su primera esposa pertenecía a una familia noble, los Miusov, acaudalados propietarios del mismo distrito. ¿Cómo aquella joven dotada, y además bonita, despierta, de espíritu refinado ‑ese tipo que tanto abunda entre nuestras contemporáneas‑, había podido casarse con semejante «calavera», como llamaban a mi desgraciado personaje? No creo necesario extenderme en largas explicaciones sobre este punto. Conocí a una joven de la penúltima generación romántica que, después de sentir durante varios años un amor misterioso por un caballero con el que podía casarse sin impedimento alguno, se creó ella misma una serie de obstáculos insuperables para esta unión. Una noche tempestuosa se arrojó desde lo alto de un acantilado a un río rápido y profundo. Así pereció, víctima de su imaginación, tan sólo por parecerse a la Ofelia de Shakespeare. Si aquel acantilado por el que sentía un cariño especial hubiera sido menos pintoresco, o una simple, baja y prosaica orilla, sin duda aquella desgraciada no se habría suicidado. El hecho es verídico, y seguramente en las dos o tres últimas generaciones rusas se han producido muchos casos semejantes. La resolución de Adelaida Miusov fue también, sin duda, consecuencia de influencias ajenas, la exasperación de un alma cautiva. Tal vez su deseo fue emanciparse, protestar contra los convencionalismos sociales y el despotismo de su familia. Su generosa imaginación le presentó momentáneamente a Fiodor Pavlovitch, a pesar de su reputación de gorrista, como uno de los elementos más audaces y maliciosos de aquella época que evolucionaba en sentido favorable, cuando no era otra cosa que un bufón de mala fe. Lo más incitante de la aventura fue un rapto que encantó a Adelaida Ivanovna. Fiodor Pavlovitch, debido a su situación, estaba especialmente dispuesto a realizar tales golpes de mano: quería abrirse camino a toda costa y le pareció una, excelente oportunidad introducirse en una buena familia y embolsarse una bonita dote. En cuanto al amor, no existía por ninguna de las dos partes, a pesar de la belleza de la joven. Este episodio fue seguramente un caso único en la vida de Fiodor Pavlovitch, que tenía verdadera debilidad por el bello sexo y estaba siempre dispuesto a quedar prendido de unas faldas con tal que le gustasen. Pero la raptada no ejercía sobre él ninguna atracción de tipo sensual.

Adelaida Ivanovna advirtió muy pronto que su marido sólo le inspiraba desprecio. En estas circunstancias, las desavenencias conyugales no se hicieron esperar. A pesar de que la familia de la fugitiva aceptó el hecho consumado y envió su dote a Adelaida Ivanovna, el hogar empezó a ser escenario de continuas riñas y de una vida desordenada. Se dice que la joven se mostró mucho más noble y digna que Fiodor Pavlovitch, el cual, como se supo más tarde, ocultó a su mujer el capital que poseía: veinticinco mil rublos, de los que ella no oyó nunca hablar. Además, estuvo mucho tiempo haciendo las necesarias gestiones para que su mujer le transmitiera en buena y debida forma un caserío y una hermosa casa que formaban parte de su dote. Lo consiguió porque sus peticiones insistentes y desvergonzadas enojaban de tal modo a su mujer, que ésta acabó cediendo por cansancio. Por fortuna, la familia intervino y puso freno a la rapacidad de Fiodor Pavlovitch.

Se sabe que los esposos llegaban frecuentemente a las manos, pero se dice que no era Fiodor Pavlovitch el que daba los golpes, sino Adelaida Ivanovna, mujer morena, arrebatada, valerosa, irascible y dotada de un asombroso vigor.

Ésta acabó por huir con un estudiante que se caía de miseria, dejando en brazos de su marido un niño de tres años: Mitia. El esposo se apresuró a convertir su casa en un harén y a organizar toda clase de francachelas. Además, recorrió la provincia, lamentándose ante el primero que encontraba de la huida de Adelaida Ivanovna, a lo que añadía una serie de detalles sorprendentes sobre su vida conyugal. Se diría que gozaba representando ante todo el mundo el ridículo papel de marido engañado y pintando su infortunio con vivos colores. «Tan contento está usted a pesar de su desgracia, Fiodor Pavlovitch, que parece un hombre que acaba de ascender en su carrera», le decían los bromistas. No pocos afirmaban que se sentía feliz al mostrarse en su nuevo papel de bufón y que para hacer reír más fingía no darse cuenta de su cómica situación. ¡Quién sabe si procedía así por ingenuidad!

Al fin logró dar con la pista de la fugitiva. La infeliz se hallaba en Petersburgo, donde había terminado de emanciparse. Fiodor Pavlovitch empezó a prepararse para partir. ¿Con qué propósito? Ni él mismo lo sabía. Tal vez estaba verdaderamente decidido a trasladarse a Petersburgo, pero, una vez adoptada esta resolución, consideró que tenía derecho, a fin de tomar ánimos, a emborracharse en toda regla. Entre tanto, la familia de su mujer se enteró de que la desgraciada había muerto en un tugurio, según unos, a consecuencia de unas fiebres tifoideas; según otros, de hambre. Fiodor Pavlovitch estaba ebrio cuando le dieron la noticia de la muerte de su esposa, y cuentan que echó a correr por las calles, levantando los brazos al cielo y gritando alborozado: «Ahora, Señor, ya no retienes a tu siervo». Otros aseguran que lloraba como un niño, hasta el punto de que daba pena verle, a pesar de la aversión que inspiraba. Es muy posible que ambas versiones se ajustasen a la verdad, es decir, que se alegrase de su liberación y que llorara a su liberadora. Las personas, incluso las peores, suelen ser más cándidas, más simples, de lo que suponemos..., sin excluirnos a nosotros.


20 de noviembre de 2008

La casa de Asterión

Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera.

El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Los enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro, porque las noches y los días son largos.

Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos.) Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.

No sólo he imaginado esos juegos, también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce [son infinitos] los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes, la casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris, he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce [son infinitos] los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.

Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor, Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?

El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.

-¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.


Jorge Luis Borges: El Aleph



Magnífico el relato de Jorge Luis Borges, del que me gustaría resaltar el modo en que el Minotauro va revelando su identidad. Opera de modo gradual, captando la atención del lector hasta que éste descubre quién es en realidad el protagonista del cuento y queda atrapado por él.

Al final, en un quiebro, es recatado el lector por la entrada de un narrador extradiegético, que muestra en contraste con la visión que de sí mismo nos ofrecía el minotauro, la percepción fría que de él tiene el mundo.




18 de noviembre de 2008

El hombre invisible





Aquí nos encontramos con un microrrelato en el que la dilogía de la palabra invisible, desempeña el papel fundamental de la narración.


El hombre invisible
Aquel hombre era invisible. Pero nadie se percató de ello
Gabriel Jiménez Eman

17 de noviembre de 2008

La metamorfosis de Kafka



Interesante imagen en la que muestran los dos mundos presentes en La metamorfosis de Kafka. El evidente, el bicho desagradable en que Gregorio Samsa se ha convertido, que es el que se manifiesta en el nivel terrestre, y el inconsciente y elevado, que es el ser humano que se esconde tras los elitros de la cucaracha, y que no todos ven, es el que se puede observar en un plano superior.






Tomada de ocio.quitua.com.mx/blogs/media/kafka1.jpg

16 de noviembre de 2008

La ladrona de libros

Uno de los temas recurrentes en la literatura de los últimos años es el de la Segunda Guerra Mundial, como por ejemplo podemos ver en la conocida obra El niño con el pijama de rayas o en la colección de cuentos Los hijos de la libertad. En este clima literario aparece La ladrona de libros, un libro de Markus Zusak, un escritor australiano, hijo de una alemana, que decidió escribir una novela sobre "ese pequeño porcentaje" de alemanes que se apartó de los principios nazis y siguió los dictados de su propia conciencia en su actitud hacia los demás.

La acción comienza en 1939, cuando la protagonista, Liesel Meminger se traslada junto con su hermano enfermo en tren, a una casa de acogida. El padre de Liesel ha muerto y su madre es incapaz de mantenerlos a ambos. Sin embargo, antes de llegar a su destino, el hermano de Liesel muere debido a su enfermedad y la niña llega a la que va a ser su futura familia sola y desconsolada, aunque con un objeto nuevo: un libro que coge del suelo durante el funeral de su hermano. Su nuevo hogar está en Molching, una ciudad cercana a Munich, en casa de los Hubermann. Y la primera visión que tiene de ellos no es demasiado alentadora: una mujer inmensa, como un armario, que dice tacos continuamente y un pintor de brocha gorda.

Poco a poco Liesel va integrándose en la familia, en el barrio y en el colegio. Se hace íntima amiga de Rudy Steiner, un chico que se enamora de ella en el primer partido de fútbol que la niña juega en la calle.La novela va avanzando en el tiempo, incide en la evolución psicológica de la protagonista y de los personajes que le rodean y poco a poco da entrada en la narración al elemento distorsionador que supone la Guerra. Ésta irá cobrando importancia en la novela según vaya afectando a los personajes que rodean a la protagonista.

Uno de los logros de la novela es la perspectiva del narrador, que es la muerte, tratada de un modo particular por el autor. No nos encontramos ante una muerte desencarnada y fría, carente totalmente de sentimientos. Es una muerte con sensibilidad hacia los hombres y con sus propias opiniones sobre ellos. Según esta peculiar narradora, que cuenta la historia de Liesel dirigiéndose al lector, a veces no puede limitarse a su misión de recoger las almas para transportarlas a la cinta que lleva a la eternidad y queda cautivada por alguno de los supervivientes, cuya historia investiga y sigue, en la medida que le es posible. Y es lo que ocurre en el caso de Liesel y su familia.

El hallazgo de esta narradora tan peculiar y el tono que consigue darle el autor a la misma, ni demasiado sensible y humano, ni impersonal y terrorífico, fue uno de los grandes problemas a los que se tuvo que enfrentar Markus Zusak, que en una entrevista afirma cómo en las primeras páginas que escribió con la muerte como narradora no conseguía que el relato funcionara. "Su voz era un cliché, un personaje sádico que disfrutaba llevándose las almas". Entonces le dotó de sentimientos y la hizo algo vulnerable.
"¿Qué pasa si la muerte tiene miedo de nosotros? Es una ironía, pero está en los momentos más trágicos. Quería que la muerte fuese casi humana quizá un poco desviada", explicó el autor, en una entrevista concedida a Europa Press.

El libro es original desde el principio: la estructura de la narración no se realiza en los habituales capítulos sino en diez partes, que se subdividen a su vez en unidades más pequeñas, que pueden volver a dividirse de nuevo y dar entrada con diferente tipografía a aclaraciones sobre elementos de la historia. Por otro lado, la identidad de la narradora no deja de ser llamativa, sobre todo teniendo el cuenta el momento de la historia en que está situada la historia: la segunda guerra mundial. A este respecto Markus señala cómo "la guerra y la muerte van de la mano como si fueran amigos íntimos. Me pareció una buena narradora".

Por otro lado, y siguiendo con la estructura de la novela, ésta incluye los cuadernos y novelas que escribe un judío que acaba alojado en casa de los Hubermann, junto con sus dibujos. Finalmente, el tono de la obra es agradable, a pesar de que en ocasiones los acontecimientos que narra son duros. La protagonista, a pesar de su edad, es un personaje maduro. Pero su madurez no es algo increíble. Es una niña a la que le ha tenido que sufrir y que quiere sobrevivir en el mundo que le ha tocado.

Una lectura recomendable para adolescentes de 15 años en adelante, si tienen buenos hábitos lectores y también para adultos que quieran disfrutar de un buen rato con una novela fácil de leer y llena de sentimiento.

14 de noviembre de 2008

La aventura de los molinos

- Mire vuestra merced, respondió Sancho, que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que volteadas del viento hacen andar la piedra del molino.

-Bien parece, respondió Don Quijote, que no estás cursado en esto de las aventuras; ellos son gigantes, y si tienes miedo quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla. Y diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que sin duda alguna eran molinos de viento, y no gigantes aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho, ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran; antes iba diciendo en voces altas: non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete. Levantóse en esto un poco de viento y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por Don Quijote, dijo:

-Pues aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar.

Y en diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante, y embistió con el primer molino que estaba delante; y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo.


Grabado de Gustavo Doré

Amenazas



-Te devoraré –dijo la pantera.
-Peor para ti –dijo la espada




William Ospina

13 de noviembre de 2008

Los hermanos Karamazov

La última obra escrita por Fiódor Mijáilovich Dostoievski, Los hermanos Karamázov, es considerada tanto por la crítica literaria general, como por la especializada en este autor, como la novela cumbre de la creación de Dostoievski.
Concebida para ser publicada en entregas en un periódico, la obra está formada por un prólogo, doce libros y un epílogo. Toda ella se articula entorno a la familia Karamázov, cuyos miembros se mueven por una serie de pasiones, que el autor tensa hasta hasta el extremo. Son esos movimientos del alma de los personajes los que producen una serie de enfrentamientos que marcan el ritmo de la novela.
El gran conflicto de la novela es el que se plantea entre Fiódor Pávlovich Karamázov y su hijo Dmitri Fiodoróvich debido a la atracción que en ambos suscita una mujer. Hasta tal punto llega el deseo de Fiódor Pávlovich por posser a esta joven, que esconde en su habitación un sobre con tres mil rublos para entregárselos por una sola visita suya. Los celos de un enamorado Dmitri le llevan a vigilar constantemente a su padre y a jurar y perjurar que lo matará por todas las infamias que ha cometido contra él. Cuando Fiódor aparece asesinado, todas las sospechas recaerán sobre Dmitri.
Otro conflicto es el que surge entre Fiódor y su hijo Iván. La rivalidad entre ellos no es algo tan patente como la que se produce entre Dmitri y su padre, pero el desprecio y el asco que Iván siente hacia Fiódor, su personalidad bufonesca y sus actos resultan patentes.
El pequeño Alexei es el elemento luminoso de la familia. Frente a su padre, que vive en su casa rodeado de mujeres, bebida y comida, Alexei comienza su andadura en un monasterio, viviendo como un auténtico asceta. Por contraste a su hermano Dmitri es un ser disciplinado y reflexivo y se opone a la personalidad de su hermano Iván por su fe en Dios y su humildad.
Por otro lado, en Los hermanos Karamázov también aparecen dos mujeres en antítesis: Katerina Ivánovna, antigua novia de Dmitri, una dama de la alta burguesía, de gran corazón y magnanimidad, y Grúshenka, una joven de provincias, engañada por un hombre que le abandonó y que ahora vive bajo la protección de su amante, mientras se dedica a encandilar a Dmitri y a su padre. El sentimiento dominante entre ellas será el de los celos.
A lo largo de la novela, como se puede deducir de lo dicho anteriormente, las escenas tensas se suceden, los caracteres se oponen y son analizados en acción por un narrador omnisciente, sin que su labor llegue a resultar pesada.
Entre los enfrentamientos que se producen, no deja de introducir el autor elementos tiernos como la historia de la amistad de Aléxei con unos colegiales, a los que trata de ayudar y otros tan conmovedores como la historia del stárets Zósima desde su juventud hasta el momento actual.
En cuanto al lenguaje de la obra, se considera éste como uno de los grandes logros del autor que establece para cada uno de sus protagonistas un tono específico.
El libro no deja indiferente. No estamos ante una lectura fácil que pueda realizarse en cualquier momento de la vida. Conviene acometerla con calma, cuando se pueda disfrutar de al menos una hora diaria de lectura continua, y de instantes para reflexionar sobre el texto.

Para aficionados al haiku

Los miembros de ANAKU (Asociación Navarra de Haiku) están convocados el proximo viernes día 14 de Noviembre desde las 18'00 horas en la Biblioteca de Yamaguchi.
Pueden asistir todas aquellas personas interesadas en el género

Reposición de La Trova


LA TROVA
"El reverso del verso"

Por segunda vez en el teatro Gayarre tenemos ocasión de disfrutar de la presencia de la Trova con "El reverso del verso", obra humorística en la que se unen teatro y música en la línea de Le Luthiers. Los que no pudieron verla el año pasado, disfrutarán sin duda con este espectáculo, por un precio relativamente módico. Las entradas se agotan.

www.latrova.info


Domingo, 23 de Noviembre / 20.00










Final de otoño




Crujientes hojas
tiñen de oro el camino
fin del otoño.





© María Ángeles Lluch

12 de noviembre de 2008

Y los sueños, sueños son...


El sueño de la mariposa

"Soñó que era una mariposa y al despertar no supo si era un hombre que había soñado ser una mariposa o una mariposa que estaba soñando ser un hombre."

José María Merino

Tributo (Los cuatro elementos)








Se inclina el árbol
sumiso ante el río
que pasa ante él.









© María Ángeles Lluch

10 de noviembre de 2008

Dinosaurios literarios

Cuando empecé la sección Cajón de citas, mi objetivo era que todos los que entrarais en el blog tuvierais cada día un pequeño texto de buena literatura para leer. En este sentido, el cuento me pareció un buen género, dado el poco tiempo del que disponemos actualmente para leer a diario. Hasta tal punto se afincó en mí esta creencia que creé una etiqueta especial llamada "Va de cuentos", en la que incluyo narraciones breves y microrrelatos.

Lo que no esperaba era que en mis búsqueda de este último tipo de textos fuera a parar a una reserva arqueológica. La culpa fue de Augusto Monterroso, narrador y ensayista de origen guatemalteco, considerado como uno de los grandes maestros de este género diminuto. El autor de obras como La oveja negra y demás fábulas (1969), Movimiento perpetuo (1972), la novela Lo demás es silencio (1978); Viaje al centro de la fábula (conversaciones, 1981); La palabra mágica (1983) y La letra e: fragmentos de un diario (1987), fue capaz de realizar una reducción de tamaño digna de un jíbaro experimentado, cuando introdujo en un mini-cuento de una frase, la figura de un dinosaurio.

Su relato "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí", fue tenido como el más breve de la literatura durante años por la crítica literaria, hasta la aparición de "El emigrante" de Luis Felipe Lomelí.

Después de introducir en mi Cajón de citas el relato de Monterroso, proseguí buscando narraciones interesantes. Y cuál fue mi sorpresa cuando encontré otro dinosaurio. Al cabo de poco tiempo el asombro fue creciendo: los microrrelatos sobre dinosaurios se iban multiplicando como los múltiples tipos de animales que se encuadran bajo este término.

Para no agotar a los visitantes, cogí el pico y la pala internáuticos, o sea, Google fundamentalmente, y comencé a excavar. He ido guardando los ejemplares de relatos sobre dinosaurios en mi cajón particular, y ahora los expongo en esta muestra titulada "Dinosaurios literarios I ". Espero no defraudar al visitante.




El dinosaurio
Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

Augusto Monterroso,
Cien
Al despertar, Augusto Monterroso se había convertido en un dinosaurio. “Te noto mala cara”, le dijo Gregorio Samsa, que también estaba en la cocina.
José María Merino
Otro dinosaurio
Cuando el dinosaurio despertó, los dioses todavía estaban allí, inventando a la carrera el resto del mundo
Eduardo Berti

(Sin título)
Y cuando despertó, el dinosaurio seguía allí. Rondaba tras la ventana tal y como sucedía en el sueño. Ya había arrasado con toda la ciudad, menos con la casa del hombre que recién despertaba entre maravillado y asustado. ¿Cómo podía esa enorme bestia destruir el hogar de su creador, de la persona que le había dado una existencia concreta? La criatura no estaba conforme con la realidad en la que estaba, prefería su hábitat natural: las películas, las láminas de las enciclopedias, los museos... Prefería ese reino donde los demás contemplaban y él se dejaba estar, ser, soñar.

Y cuando el dinosaurio despertó, el hombre ya no seguía allí.

Marcelo Báez


Por qué hay que volver a escribir novelas-río
Porque ya todos los horteras presumen de leer a Monterroso.

Miguel Ibáñez

La culta dama
Le pregunté a la culta dama si conocía el cuento de Augusto Monterroso titulado "El dinosaurio". ¡Ah, es una delicia! -me respondió-, ya estoy leyéndolo.

José de la Colina

El dinosaurio
Cuando despertó, suspiró aliviado: el dinosaurio ya no estaba allí
Pablo Urbanyi


(Sin título)
Y cuando me desperté,Paula se había llevado ya el acondicionador
Daniel Ángel(blogger)











Noviembre, mes de difuntos

Supongo que se ha podido notar la nota siniestra y algo fúnebre que está caracterizando los textos de este mes de noviembre. Dentro de este tono escatológico, se encuadra este microrrelato, lleno de humor negro.



“Matiz”
-Era la mujer más hermosa de la tierra – gemía el viudo.
-Yo diría que la más sabrosa – reflexionó el gusano.
Hellen Ferrero.



Haiku en japonés

Gracias a Mar Ordónez, presidenta de ANAKU (Asociación Navarra de Haikus), he conseguido un haiku en japonés.

Espero que os guste.


嵐の夜に、焼き栗のにおい

Esta noche tormentosa, el olor a castañas asadas






9 de noviembre de 2008

Para escritores en ciernes

Para todos aquellos que estéis interesados en mejorar o aprender nuevas técnicas narrativas os puedo decir que he descubierto un sitio en Internet en el que os pueden ayudar a adquirir mayores destrezas como escritores. La ventaja es que parece un sitio serio. La desventaja, es que hay que pagar 60€ por hacer el curso. Os dejo aquí el link por si os sirve de algo:
http://www.portaldelescritor.com/taller-escritura-5.htm?gclid=CNGs25Xg6JYCFQWJ1QodaRxcOg

A vueltas con el dinosaurio

Parece mentira que una narración tan breve haya traído tanta cola. Pero es así. Cuanto más busco en la Red y en los libros, más alusiones encuentro al consabido cuento de Monterroso: El dinosaurio. (Cuando despertó el dinosaurio todavía estaba allí). Aquí está el descubrimiento del día:

“El dinosaurio”

Cuando despertó, suspiró aliviado: el dinosaurio ya no estaba allí.

Lauro Zavala; Relatos vertiginosos, p. 154

8 de noviembre de 2008

Don Quijote y Sancho Panza elaborados


Dedico hoy este microrrelato a Carlos Mata, a Mariela Insúa y a su hijo Jefferson, que tanto admiran al Quijote:


Sancho Panza, que por lo demás nunca se jactó de ello, logró, con el correr de los años, mediante la composición de una cantidad de novelas de caballería y de bandoleros, en horas del atardecer y de la noche, apartar a tal punto de sí a su demonio, al que luego dio el nombre de Don Quijote, que éste se lanzó irrefrenablemente a las más locas aventuras, las cuales empero, por falta de un objeto predeterminado, y que precisamente hubiese debido ser Sancho Panza, no hicieron daño a nadie.
Sancho Panza, hombre libre, siguió impasible, quizás en razón de un cierto sentido de la responsabilidad, a Don Quijote en sus andanzas, alcanzando con ello un grande y útil esparcimiento hasta su fin.

Kafka.

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