23 de noviembre de 2008

La fórmula preferida del profesor

Cuando me detengo a considerar cuál fue el motivo que me indujo a leer este libro, sólo una palabra se me viene a la mente: Pablo.
Pablo es un buen amigo mío, profesor de Filosofía y gran aficionado a las Matemáticas. Muchas de las cenas de las que nuestras familias han disfrutado juntas han terminado ya entrada la madrugada, con Pablo tratando de explicarme, a mí, que siempre aborrecí las Matemáticas, complejos teoremas, problemas que todavía no han sido resueltos y curiosas historias sobre científicos de esta materia.
Cuando La fórmula preferida del profesor en la biblioteca pensé para mis adentros: "si el libro es bueno, puede ser un buen regalo para Pablo". El problema era que para averiguar la calidad del libro había que leerlo.
Y eso hice. Al principio pensé que me encontraba ante otro libro con pretensiones de originalidad que no iba a proporcionarme nada especial. Pero no fue así y muy pronto conecté afectivamente con el argumento.
La novela nos cuenta una historia sencilla. Una asistenta cualificada de la agencia Kanedoto es destinada a realizar las labores domésticas de un ilústre catedrático de Matemáticas, por cuyo domicilio han ido desfilando una tras otra nueve empleadas de la empresa.
En la entrevista inicial, que tiene lugar entre la asistenta y la cuñada del profesor, ésta le informa sobre sus ocupaciones, que resultan ser bastante más sencillas en comparación con las de otros trabajos anteriores. Sin embargo, al finalizar la conversación se entera del que va a constituir su principal problema: en 1975 el profesor sufrió un accidente de tráfico como consecuencia del cual su memoria a corto plazo sólo dura 80 minutos, después de los cuales, el profesor olvida todo lo transcurrido durante ese tiempo.
El primer día de trabajo es complicado: le abre la puerta del pabellón en el que vive el profesor, un hombre vestido de manera algo descuidada, que le pregunta por el número de su pie.
"Yo" dice la protagonista y narradora, "siguiendo la regla de oro de toda asistenta, según la cual no se puede responder con una pregunta, contesté a su pregunta:
- El 24
-Vaya, es un número muy resuelto, la verdad. Es el factorial de 4.
El profesor cerró los ojos con los brazos cruzados. El silencio se mantuvo durante un momento.
-¿Qué es el factorial?
No sé por qué se lo pregunté, pero pensé que sería oportuno seguir hablando un poco más de aquello, ya que al parecer, el número del calzado iba a ser algo importante para mi empleador"

Como se puede observar, la asistenta advierte desde el principio la importancia que en el mundo del profesor tienen los números y sus propiedades y en su afán por desempeñar bien su trabajo sigue las apasionadas explicaciones del profesor, que le va guiando con palabras sencillas por el aparentemente árido mundo de las Matemáticas.

La relación entre la asistenta y el profesor se enriquece cuando éste se entera de que su empleada tiene un hijo de ocho años, que permanece unas horas solo en su casa, hasta que su madre llega de trabajar. Esto no es bueno para un niño, señala el profesor apasionadamente. Un niño tan pequeño debe tener cerca a su madre por si surge algún problema. Y le hace prometer que su hijo vendrá a casa después de sus clases. Para recordar la obligación que ha impuesto a su asistenta, el profesor recurre al mismo método del que se sirve para recordar los asuntos de importancia: escribe lo que debe recordar en un papel y lo prende con un alfiler de su traje.

La simpatía y el cariño que el profesor demuestra hacia el niño es inmediata; le bautiza como Root (raíz cuadrada), por la forma que tiene la coronilla del niño y consigue vencer las reticencias iniciales de éste, para acabar convirtiéndose en un amigo suyo.

El profesor ayuda en sus tareas a Root y le plantea problemas matemáticos, aparentemente inalcanzables para un niño de su edad. Para ayudarle, recurre a un método socrático: le hace preguntas y a través de las respuestas que éste le va dando le guía hacia la respuesta correcta.

Y es que una de las grandezas de esta novela es el modo en que se caracteriza la figura del profesor. Recuerda en cierto modo la figura de Sócrates por el modo de enseñar, por su afán pedagógico y su entusiasmo por la verdad. Su caracterización física en cierto sentido también nos evoca al filósofo griego: es austero en la comida, no gasta y apenas tiene amigos.

La fórmula preferida del profesor es, por otro lado una novela de crecimiento: nos muestra el desarrollo intelectual de un niño, Root, desde su infancia hasta su madurez. Es una novela sobre el trabajo bien hecho y sobre la importancia de los pequeños detalles.
Todo ello en un mundo tranquilo, no exento de problemas de todo tipo, pero sin prisas, con todo el tiempo y la paciencia del profsor para solucionarlos.


Yoko Ogawa nació en Okoyama, Japón, el 30 de marzo de 1962. Autora de más de 20 obras, con La fórmula preferida del profesor ha conseguido aunar dos campos aparentemente lejanos, el científico y el humanista, lo que le ha valido reconocimientos desde ambos ámbitos. Así la novela ha sido calificada como un acercamiento elegante al mundo de las matemáticas. Por su parte el premio Nobel Kenzaburo Oé ha dicho "Yoko Ogawa es capaz de dar expresión a las más sutiles formas del funcionamiento de la psicología humana en una prosa que es suave, pero penetrante".

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