5 de noviembre de 2008

Haiku y esencia




El ruiseñor
no conoce su nombre:
tan sólo canta

José Cereijo; La amistad silenciosa de la luna, ed. Pretextos, p. 16




Este haiku que evoca la esencia más pura del ser, más allá del nombre, nos trae a la memoria el recuerdo de un poema muy conocido de Pedro Salinas:

Para vivir no quiero...
Para vivir no quiero
islas, palacios, torres.
¡Qué alegría más alta:
vivir en los pronombres!

Quítate ya los trajes,
las señas, los retratos;
yo no te quiero así,
disfrazada de otra,
hija siempre de algo.
Te quiero pura, libre,
irreductible: tú.
Sé que cuando te llame
entre todas las gentes
del mundo,
sólo tú serás tú.
Y cuando me preguntes
quién es el que te llama,
el que te quiere suya,
enterraré los nombres,
los rótulos, la historia.
Iré rompiendo todo
lo que encima me echaron
desde antes de nacer.
Y vuelto ya al anónimo
eterno del desnudo,
de la piedra, del mundo,
te diré:
«Yo te quiero, soy yo».
Pedro Salinas, La voz a ti debida.

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