21 de octubre de 2008

La importancia de la literatura

La educación sentimental de un periodista

La luz es muy tenue pero estoy viendo a mi madre. En la cocina no hay lámpara. Una bombilla cuelga pelada, como un fruto paso y fosforescente. Vuelvo de buscar las zapatillas de mi padre debajo de la cama matrimonial. Una noche de invierno. El viento del norte aúlla en el tejado de uralita. El agua de la lluvia gorgotea en las junturas, como el mar en los trancaniles de un barco. Mi padre es albañil. Ha llegado empapado de la intemperie del trabajo. En el suelo, los zapatones parecen dos extraños seres exhaustos, escurriendo el lodo de una vida perra.

Mi madre me mira con un destello húmedo y, de repente, me dice: “Cuando seas mayor, busca un trabajo donde no te mojes”.

Pensé que el de escritor podía ser uno de esos trabajos. Por supuesto, me equivoqué. El destino de mi linaje es mojarse.

Digo escritor y no periodista a sabiendas. Para mí siempre fueron el mismo oficio. El periodista es un escritor. Trabaja con palabras. Busca comunicar una historia y lo hace con una voluntad de estilo. La realidad y parte de mis colegas se empeñan en desmentirme. Pero sigo creyendo lo mismo.

De mi primera experiencia “periodística” salí ya muy mojado. Fue en el instituto de Monelos, en un barrio de Coruña. (…) Conseguimos autorización para una revista a ciclostil. Cuando el primer número cayó en manos de la dirección, la prohibieron de inmediato. Para protegernos, insinuó el director: “Hay verdades que no se pueden decir”. Fue una lección inolvidable. De ahí en adelante supimos que había que optar entre el rey poder y la reina libertad. Decidimos hacernos clandestinos.

(…)

Otra escena. En la facultad de Ciencias de la Información de Madrid. Presento un ejercicio. El profesor me regaña: “Esto no es periodismo, ¡esto es literatura!”. Otra lección invertida. Yo ya sabía que tenía razón. Que nunca, nunca, le haría caso.

Hay un gran equívoco. Un problema de ignorancia. Periodistas que confunden la literatura con el retoricismo, escritores, literatos, que confunden el periodismo con la banalidad y que, como Kierkegaard, se apuntarían los primeros a un pelotón de fusilamiento para quitar del medio a los chicos de la prensa.

Lo que nunca olvidaremos de los periódicos, o de la radio y la televisión, es lo que tienen de literatura. Un empresario de la comunicación decía cínicamente que un periódico es un anuncio rodeado de noticias. Pero un pie de foto, como los que escribía Álvaro Cunqueiro en el Faro de Vigo, puede llegar a justificar una tirada. Al fin y al cabo, uno de los placeres de la civilización contemporánea es el que anticipaba el señor Bloom en el Ulises de Joyce. La huida al retrete con el periódico bajo el brazo.

Al escritor que es periodista se le supone una tumultuosa querella interna, como si trabajara con partes distintas del cerebro para escribir un reportaje o un cuento. Se supone también con frecuencia que la disposición mental es distinta cuando uno afronta una novela, una obra de arte, o un relato periodístico, que vendría a ser una artesanía menor. Me han preguntado muchas veces cómo llevo esa esquizofrenia. No tengo conciencia de esa fractura y por lo tanto me merezco el desprecio de algunos críticos y escritores puros que me sitúan en el purgatorio de la literatura. Vivo cualquier suceso con la perplejidad de un extraterrestre. Creo que el hecho más irrelevante puede esconder una piedra de toque, el comienzo de un asunto interesante. Prefiero seguir a un campesino en burro que a la comitiva motorizada de Manuel Fraga, pero si es Fraga quien va en burro procuraré estar a la altura de las circunstancias.

¿Y qué hay de la diferencia entre ficción y realidad? Esto no es un tratado, así que no me voy a poner pelma. El periodismo tiene unas exigencias, a las que no está sometida la literatura. Los protagonistas de una noticia deben figurar en el registro civil. En un relato literario, no. Pero, ¿son por ello menos reales Don Quijote o Emma Bovary? El hombre ha llegado a la luna, pero un escritor llegó antes sin moverse de su buhardilla en París. Exigencias de comprobación aparte, la historia del periodismo está llena de mentiras que a veces duran cuarenta años.

Cuando tienen valor, el periodismo y la literatura sirven para el descubrimiento de la otra verdad, del lado oculto, a partir del hilo de un suceso. Para el escritor periodista o el periodista escritor, la imaginación y la voluntad de estilo son las alas que dan vuelo a ese valor. Sea un titular que es un poema, un reportaje que es un cuento, o una columna que es un fulgurante ensayo filosófico. Ése es el futuro. Paradójicamente, muchos “profesores” siguen cortando alas, matando el escritor que debe anidar en cada periodista. La literatura, la metáfora, la mirada personal, es hermana de la precisión, como la verdad histórica es hermana de una cámara como la de Walker Evans o Sebastião Salgado. Por eso es inolvidable la literatura periodística de gentes tan dispares como John Reed, Gunter Walraff, Hunter S. Thompson, Corpus Barga, Manu Leguineche o Alfonso Armada.

Creo, como García Márquez, que éste es el oficio más hermoso del mundo. También, con el maestro Luis Pita, sabio y escéptico en su exilio, que el periodismo es un asco, donde abundan mercenarios que no creen en su oficio ni en el valor de la palabra. Los dos tienen razón. Que la diosa libertad me proteja para no traicionarlos.

(…)

De las preguntas clásicas a las que debe dar respuesta un trabajo periodístico, hay una, por qué, que se mantiene como una obsesión desde los tiempos de la educación sentimental. Quizá es esa perplejidad ante el mundo y la búsqueda de los porqués el verdadero nexo entre literatura y periodismo.

Manuel Rivas, El periodismo es un cuento, Alfaguara, Madrid, 1997, pp. 19-24.

Tomado de El periodismo literario (v. Enlaces de interés en la columna de la derecha del blog)

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